Reforma electoral

Aceptemos que, en materia democrática, se han dado avances, más no todos los deseables. Jamás serán suficientes las palabras para agradecer a Cuauhtémoc Cárdenas su participación esencial en el tema electoral, que al fin y al cabo desemboca en la anhelada democratización, que es la participación del pueblo en la decisión de quienes deberán gobernar.

Durante decenas de años, México se mantuvo sujeto a un sistema tiránico, al que muchos denominaron “la democracia arreglada”, donde los altos mandos decidían los procesos y la ficción electoral era contundente, esto es, la ciudadanía no tenía intervención, ir a votar era pleno trámite, ya que de antemano se sabía quién sería el ganador. El partido creado por Plutarco Elías Calles, Partido Nacional Revolucionario, (PNR), que llegó a convertirse en el Partido Revolucionario Institucional, (PRI), elegía sin mayor recato a los triunfadores en cargos de elección popular y aunque las protestas no se hacían esperar, al final quedaban en “aspavientos”, incluso hubo conflictos que llegaron a la violencia, pero la “partidemocracia”, era absoluta.

Para nada importaba quien fuera el candidato, bastaba ser propuesto por el Partido Revolucionario Institucional para asegurar un éxito contundente; incluso se dio el caso, en que José López Portillo, fue candidato único e inició su mandato el 1 de diciembre de 1976. Bien entendieron los partidos de oposición que nada podían hacer y que participar en un proceso electoral, era perder el tiempo.

Durante décadas el PRI marcó las reglas del juego, ocasionando el fenómeno de “un gobierno de partido”, que se transformó en lo que es “un partido del gobierno”, así, el PRI formó parte de un simple órgano bajo el mandato del Presidente de la República y el Presidencialismo alcanzó su máxima expresión.

México se manejó a través de una dictadura política, en la que al igual que en una monarquía absoluta, el que mandaba, ordenaba, disponía y hacía lo que quería, era el Jefe del Ejecutivo.

Volviendo a Cárdenas, él, junto con un grupo de seguidores, se reveló y triunfó de manera impactante en las elecciones presidenciales de 1988, pero apareció la perversidad de un energúmeno, Carlos Salinas de Gortari, quien usurpó la silla presidencial con el apoyo del entonces mandatario Miguel de la Madrid, así como de las fuerzas militares y económicas de México. Ese fraude electoral de grandes dimensiones, marcó el antes y el después de la democratización del País y aún de manera insipiente, punteó derroteros que culminaron cuando en 1997, Cárdenas alcanzó una victoria impactante en la capital, de esta manera se impulsó el respeto al voto, que dio como resultado que en el 2000, llegara a la primera magistratura un opositor al tradicional PRI, siendo observada la voluntad popular, algo que quedó en entredicho en el 2006, año en que de manera sospechosa, apareció Felipe Calderón Hinojosa, “vencedor” sobre Andrés Manuel López Obrador, pero la realidad es que nunca quedó en claro el supuesto triunfo de Calderón.

En 2012 regresa el PRI al poder y se reavivan fenómenos nada convincentes de lo que tanto se anhela en la democracia, que es precisamente la limpieza. Por fin, sin mayor duda, en 2018 triunfa el actual mandatario y es aquí donde debemos reflexionar si se observa algún cambio importante entre el proceder del antiguo PRI y de quien ahora ostenta el poder. Lo deseable es que no se repita el presidencialismo absoluto, donde la única voz que impera e impone, es la del titular.

De pronto basta con ser candidato del importante partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), para ganar una elección, sin analizar si los abanderados de dicho partido son los mejores. Es fundamental para que la democracia alcance sus mejores niveles, que se analice la calidad de quienes participan en el proceso electoral.

En otro renglón, una característica nada deseable, es el tema de los llamados “chapulines”, aquellos que brincan de un partido a otro solo por asegurar un triunfo. El actual Presidente de México goza de una influencia política desbordante y por tanto, sin mayor cuidado los candidatos propuestos por el partido en el poder, triunfan arrolladoramente, insistimos, sin analizar su calidad; en ese sentido, se presenta el riesgo que se repita el absolutismo político.

El Lic. Andrés Manuel López Obrador deberá considerar la urgente necesidad de no caer en esa fenomenología del partido único, con lo cual deberá darse una mejor forma de entender el cambio electoral, para que la ideología de los partidos se precise, pero más aún, la “madera” de los candidatos, que tengan honorabilidad, moralidad y más aún, respetabilidad social. Se habla mucho de la Reforma Electoral y si bien es cierto, disminuir el gasto en ese renglón es fundamental, también debe cuidarse la eficacia, ideología y capacidad de los candidatos, algo esencial en los inminentes cambios que se avecinan.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *