Henri Félix Petiot, doctor asesino de judíos

Por sí misma los periodos de guerra son oscuros por lo que ocurre en los campos de batalla, sin embargo, es sabido también que, tras bambalinas, en las sombras de las ciudades involucradas en la guerra la vida sigue y lo tétrico se extiende y no parará por lo bélico.

Henri Félix Petiot nació en 1897 al sur de París, y desde pequeño mostró señales de inestabilidad psicológica. A sus 10 años les hacía propuestas sexuales a sus compañeros, intercambiaba fotos íntimas y disfrutaba de torturar y asesinar animales. Llegó un punto en que después de la muerte de su madre en 1912 Petiot comenzó a robar.

Todo esto no impidió que en 1916 fuera reclutado para pelear en la primera guerra mundial en el bando francés. Sin embargo, no duró mucho puesto que fue herido lo que lo mandó al hospital, ahí se sometió a análisis psiquiátricos que determinaron que el hombre no se encontraba en sus cabales.

Pasaron 6 meses y varios brotes psicóticos que terminaban en tendencias suicidas para que el ejército le concediera la baja definitiva.

A pesar de todo esto, logró graduarse en medicina poco después y comenzó a ejercer, así, durante la segunda guerra mundial ayudó a compañeros a abandonar el ejército señalando que estaban incapacitados, además de otorgar opiáceos a otros que fueron heridos. Cuando fue descubierto sus acciones solo le ameritaron una multa.

Ya en la París ocupada por los nazis, se corría el rumor de que el Dr. Eugene, pseudónimo que utilizaba Petiot para evitar ser descubierto, ayuda a judíos a escapar hacia Latinoamérica con tan solo un pago de casi 4000 euros.

Sin embargo, todo estos era una cortina para que las víctimas llegarán a él con la finalidad de experimentar con ellas.

El proceso era sencillo, las víctimas llegaban con su equipaje listo para el supuesto traslado que les daría la libertad, pero al arribar, el doctor los “vacunaba” que en realidad implicaba una inyección letal, después de encerrarlos a que murieran, tomaba sus cuerpos y experimentaba con ellos, finalmente tiraba los restos al río.

Los rumores, junto con el creciente bolsillo del doctor llamaron la atención de la Gestapo, quienes lo arrestaron e interrogaron para que confesara las supuestas conexiones que tenía con la resistencia francesa, cosa inútil porque dichas conexiones no eran reales.

Una vez liberado, el doctor se dedicó a quemar los restos que aún conservaba, esto desprendió un olor único del cadáver incinerado que alertó a los vecinos quienes contactaron a las autoridades, quienes, a su vez, arribaron al lugar para descubrir la terrible escena del ahumadero de cadáveres.

Petiot se logró librar de la situación afirmando que era un líder de la resistencia francesa y que esos eran cuerpos de la Gestapo lo que convenció a los guardias del patriotismo del hombre y lo dejaron ir.

Sin embargo, una investigación a fondo concluyó que los cuerpos y pertenencias que estaban en el lugar correspondían a judíos, esto llevó a su persecución y arresto, se le vinculó con el asesinato de 27 personas, y finalmente en 1945 fue condenado a muerte en la guillotina, sus últimas palabras fueron: “Caballeros, les ruego que no miren. No va a ser bonito”.

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