
EFE/EPA/NYEIN CHAN NAING
Las imágenes que llegan desde Myanmar, tras el devastador terremoto que sacudió el país el pasado 28 de marzo, son desoladoras. Edificios colapsados, caminos destruidos, familias separadas y miles de personas intentando recomponerse entre los escombros. Según el reporte de France 24, el balance preliminar supera las 1.700 personas fallecidas, 3.400 heridos, 300 desaparecidos y más de 100 millones de euros que son necesarios para cubrir la ayuda humanitaria urgente.
Todo esto con el contexto de una guerra civil en donde bandos militares e insurgentes civiles se enfrentan con armas en un conflicto que ya arriba a los cuatro años.
Más allá de las cifras, que duelen, lo que realmente estremece es la fragilidad de la vida. En un instante, todo puede cambiar. En un segundo, la estabilidad que creíamos tener puede desmoronarse. Y es ahí cuando nuestra compasión, nuestra capacidad de conectar con el dolor ajeno, debe activarse sin excusas ni fronteras.
En momentos como estos, es inevitable recordar que no podemos controlar los movimientos de la tierra, pero sí podemos elegir cómo reaccionamos como sociedad. La solidaridad no debería ser una reacción ocasional, sino una actitud permanente. Es en el caos donde descubrimos quiénes somos como especie, y si hay algo que aún puede salvarnos como humanidad, es la empatía activa.
Las catástrofes naturales nos igualan. No distinguen idiomas, religiones ni nacionalidades. Por eso, el sufrimiento de una comunidad lejana también es una invitación a mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿qué estoy haciendo por los demás? ¿Dónde puedo aportar? ¿Cómo puedo servir?
No todos podemos estar en Myanmar ayudando físicamente, pero todos podemos hacer algo. Donar, difundir, rezar, meditar, acompañar, enviar buenas energías y mucha luz para los que sufren ten este momento… porque el dolor humano es uno solo y no respeta distancias.
Hoy, más que nunca, recordemos que la compasión también es una forma de resistencia. Cuando el mundo parece quebrarse, sigamos apostando por la reconstrucción, no solo de ciudades, sino también de los lazos que nos unen como una gran familia humana.
Mi corazón está con Myanmar, con cada madre, cada niño, cada anciano que hoy duerme bajo un cielo incierto. Que la tierra tiemble si quiere, pero que no tiemble nuestra capacidad de amar y actuar.
¡Luz y amor para los que sufren!
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