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En barrios marginados y también en fraccionamientos cerrados, el “cristal” corre sin freno. Esta droga sintética, derivada de las metanfetaminas, se ha convertido en la sustancia de mayor impacto en México. Ya no es el alcohol ni la marihuana. Es el cristal, también llamado “ice” o “meta”, el que más puertas toca, el que más hogares rompe.
De acuerdo con cifras de la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama), solo en 2023 se atendieron 179 mil 342 personas por consumo de sustancias, y cerca de la mitad de ellas (49.1%) buscaron ayuda por consumo de metanfetaminas. La crisis es tal que, en menos de una década, esta droga ha desplazado a todas las demás en centros de atención públicos.
Con su bajo costo –menos de 100 pesos por dosis– y alta disponibilidad, el cristal se ha convertido en la droga predilecta de adolescentes y adultos jóvenes. El 84.8% de quienes buscan ayuda son hombres, con una edad promedio de 30 años. Muchos comienzan a los 15 o incluso antes, y llegan a los centros de atención tras años de uso ininterrumpido, en estados mentales devastados.
“Sentía que tenía gusanos en la cara”, dice Samantha, una joven de 21 años en rehabilitación en Jalisco. Comenzó a consumir a los 13, y a los 16 ya era adicta. “A veces me prostituía para conseguir una dosis”, relata con voz baja y la mirada ida. Hoy intenta reconstruir su vida en un centro especializado para mujeres.
DAÑOS FÍSICOS Y PSICOLÓGICOS
El daño de las metanfetaminas no es solo físico, también psicológico. Provoca alucinaciones, psicosis, paranoia, ansiedad y un deterioro cognitivo que suele volverse crónico. Gerardo, un extrailero de 36 años, lo describe así: “La primera vez sentí euforia, pero después era pura locura. Iba manejando con días sin dormir, viendo luces que no existían. Pensé que me moría”.
Uno de los testimonios más duros es el de José Eduardo, deportado de Estados Unidos y adicto desde los 17. “Mi papá también era drogadicto. Yo crecí vendiendo cristal desde los 14, y terminé igual. Ahora estoy aquí encerrado, tratando de no ver a mis hijos hasta que esté limpio”, cuenta desde un centro de rehabilitación en Baja California.
Los efectos de esta droga no solo golpean al consumidor, también a su entorno. Familias enteras se rompen. Hijos que ven a sus padres perder el juicio, esposas que duermen con cuchillos bajo la almohada por miedo, madres que ya no reconocen a sus hijas.
Los Centros de Integración Juvenil (CIJ) ofrecen atención ambulatoria y hospitalaria en 117 unidades a nivel nacional. Sin embargo, la demanda los rebasa. Hay listas de espera, falta de personal capacitado y una carencia estructural de centros especializados en atención a mujeres. Según Conasama, el sistema de atención está desbordado y el problema crece cada día.
A la par, organizaciones civiles han creado espacios como “Un Proyecto de Vida y Libertad”, donde se atienden exclusivamente mujeres con adicciones a metanfetaminas. “Muchas llegaron aquí huyendo de la violencia, del abuso sexual, de la calle”, explica una de las terapeutas. “El cristal las convirtió en fantasmas de sí mismas”.
El impacto social también es profundo. Esto no solo alimenta la violencia del narcotráfico, sino que también genera una red de microtráfico local que penetra hasta en las escuelas.
Graciela, de 25 años, lo vivió en carne propia. “Primero fue curiosidad. Luego me alejé de mis amigos, me encerré con los que consumían como yo. Perdí el control de mi cuerpo. No dormía, no comía, me veía al espejo y no me reconocía”. Hoy intenta salir adelante por segunda vez, después de una recaída.
ESFUERZOS INSUFICIENTES ANTE EL TAMAÑO DEL PROBLEMA
La respuesta del Estado ha sido insuficiente. Aunque existen líneas de atención como la Línea de la Vida (800 911 2000), muchas personas no se atreven a pedir ayuda. El estigma es fuerte, y los recursos, escasos. El Gobierno federal ha reconocido la gravedad del problema y promete una Estrategia Nacional de Prevención de Adicciones, pero los esfuerzos aún parecen insuficientes frente al tamaño del flagelo.
Mientras tanto, el cristal sigue su avance imparable. Está en los barrios pobres y en las universidades privadas. En los ejidos y en los antros. Se oculta en mochilas, bolsillos, carteras. No distingue clase social ni geografía. Es el enemigo que avanza en silencio y que, cuando muestra su verdadero rostro, ya es tarde.
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