Salvaje y mágica: los orígenes de la Mujer

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Por Ximena Prieto

En kínder, tenía un amigo que se llamaba Iván quien, aparte de morder todas las crayolas, siempre quería insultar a las niñas diciéndoles que se parecían a la Bruja del 71. Una vez quiso molestarme a mí, pero yo sonreí. A mí me caía bien la Bruja del 71. Era una señora que vivía en una vecindad como cualquier persona normal, pero que tenía un departamentito lleno de secretos. A lo largo de la vida, me di cuenta de que ese era el insulto común: “bruja”.

Definitivamente, la magia se asocia con la mujer. En la antigüedad, múltiples representaciones femeninas se relacionaban con seres mágicos, ya fueran bondadosos o malévolos. Muchas de ellas se basaban en la fertilidad (pocos debatirían que la creación de vida es algo magiquísimo). Pero ser mujer no es ser madre, ni viceversa, y las niñas también fueron asociadas con lo místico. Entonces, ¿de qué se trata? Personalmente, veo una conexión entre la mujer y el poder de la observación: conocimiento que hemos adquirido por nosotras mismas y a través de generaciones, todo él obtenido por medio de la observación y experiencia minuciosa.

En un viaje a Colombia, el gerente de una finca cafetera nos comentaba: “el trabajo más complicado de la finca lo tienen las mujeres. Ellas se encargan de detectar los catorce errores que pueden echar a perder un grano de café. Errores que ni los recolectores ni las máquinas pueden encontrar; ellas los ven porque ellas ven todo”. Y, como ellas, las brujas que tanto quemaron por siglos eran aquellas que podían aprender a leer sin que les enseñaran, o sabían de medicinas herbales que nadie había visto, o lograban convencer a un pueblo entero de que el regente los estaba engañando sin que antes lo hubieran cuestionado.

La observación de la mujer a lo que nadie más ve puede convertirse en magia.

A raíz de todas estas asociaciones, el lenguaje ligó la feminidad a ciertos símbolos: lo húmedo, lo oscuro, lo mágico. Símbolos ejemplares de ello son la luna, los lobos y las cuevas. Así lo identificó Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que Corren con los

Lobos, en el que introdujo el concepto de La Mujer Salvaje: la psique, el alma, el instinto de las mujeres. No es salvaje porque es burda, poco inteligente o fuera de la realidad: es salvaje porque es genuina y está muy oculta.

La Mujer Salvaje, escribe Pinkola, se manifiesta en los momentos que requieren de fuerza, de creatividad, de invención, de encontrar el origen, de ser nosotras mismas. Es el alma antigua que se nos hereda, que nos conecta. La Mujer Salvaje se revela (y se rebela) a lo largo de toda nuestra vida, pero solemos olvidarnos de ella. Pinkola dice que la Historia ha tratado de borrarla por medio de la purificación de los valores religiosos, es decir, por miedo al potencial de esta capacidad de fuerza y observación.

Tenemos el poder, y el deber con nosotras mismas, a explorar a la Mujer Salvaje; a explorar esa parte de la psique donde podemos reinventarnos, donde podemos realmente observar nuestro alrededor y adquirir conocimiento ajeno y propio. Pinkola comenta que nos reconectamos con ella cuando convivimos con otras mujeres, cuando experimentamos el arte, cuando somos genuinas con nuestros placeres, cuando escuchamos desde el corazón.

Es una forma distinta de sentir la vida, definitivamente diferente a lo que nos pueden haber enseñado. Pero vale la pena.

Y a ti, ¿qué te dice la Mujer Salvaje?

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