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Ríos de peruanos vuelven a festejar en el cementerio el Día de los Difuntos

Una cantidad incesante de personas provenientes de todas partes de Perú se abrió paso este martes, Día de Todos los Santos, por la colorida y caótica necrópolis de la Virgen de Lourdes, considerado por muchos el segundo cementerio más grande del mundo por detrás de Wadi Al-Salam (Irak).

Después de dos años cerrado en esta jornada por la pandemia, el cementerio popularmente conocido como Nueva Esperanza recibió las visitas de familiares y amigos de los más de un millón de difuntos que descansan en sus 60 hectáreas.

El desorden del humilde camposanto, situado en el popular municipio limeño de Villa María del Triunfo, lo convierte en un laberinto gobernado por las cuestas para los turistas y curiosos que este martes se han acercado, pero no para aquellos que conocen de memoria dónde descansan sus seres queridos.

Entre la polvareda que el suelo sin asfaltar levanta, Agustín cuenta a EFE que viene desde Juliaca, en el departamento sureño de Puno (fronterizo con Bolivia), para traerle “unas rositas” y a hacer “algo de compañía” a su madre, junto al resto de su familia.

Del mismo modo, Macedonia ha viajado con sus hijas desde Parinacucha, en el departamento central de Ayacucho, para colocar la cruz negra de madera que lleva a cuestas por el cerro en la tumba de su madre.

“¡Mientras que estamos vivos tenemos que visitar a nuestra familia y seres queridos!”, afirma rodeada por sus dos hijas.

Al igual que Macedonia y Agustín, muchas de las personas que este martes llegan al cementerio vienen desde otras provincias del país.

UN CEMENTERIO NACIDO DE LA MIGRACIÓN

Este es un camposanto nacido, precisamente, para que muchos de los migrantes que llegaron a Lima en las décadas de 1950 y 1960 tuvieran su última morada.

Por eso, muchos de los dos millones de visitantes que acuden cada año a rendir tributo a sus parientes son de otras regiones de Perú, el país con la tasa de mortalidad más alta del mundo por covid-19.

Entre los caminos irregulares que se han ido formado desde la creación del camposanto (1961) se escuchan, no sin algún llanto, músicos contratados por las familias para cantar a sus seres queridos.

Juan Sebastián recorre el cementerio junto a su guitarra para recordar a los difuntos con las canciones de su tierra. Acaba de tocar la canción “Aguacero de mi tierra”, de Los Errantes, para una familia del sur de Perú.

El sosiego de quienes ya han aceptado la pérdida de un ser querido contrasta con la pena de quienes aún están en proceso de superar el duelo.

Ese mismo duelo ha inundado el país durante los últimos años por la pandemia. Precisamente, Perú es uno de los países que más están tardando en recuperar la normalidad tras la covid-19 y, por eso, son muchos los que no han podido pasar el primero de noviembre junto a sus seres queridos durante dos años.

FLORES, CANCIONES Y ORACIONES

Entre tantas flores, canciones y oraciones, Marina vuelve con lagrimas en los ojos tras visitar la tumba de su nieta, quien, asegura, se fue muy joven.

Ella, igual que miles de personas que este martes recorren los polvorientos cerros de Nueva Esperanza, camina en soledad para no olvidar a todos los que se fueron.

A su alrededor, la gente aprovecha para pintar y decorar los nichos de sus seres queridos y así restablecer, poco a poco, la normalidad del Día de Todos los Santos en el cementerio de Nueva Esperanza.

Una normalidad marcada por la presencia de la muerte que, precisamente, la muerte causada por el coronavirus paralizó.

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