Quien conoce el pasado, conoce el presente

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En nuestro país, no podemos ni debemos olvidar el pasado cercano de corrupción, que además se ha dado en todos los niveles, a conveniencia de todos los actores que intervienen en esa obra de malas prácticas.

¿En donde se refugiaron?, en las reglas y leyes a modo, y al cobijo de estas entraban y salían raterillos, secuestradores, asesinos y demás delincuentes de reclusorios, que hacían de las cárceles sus aposentos temporales o residencias de poca estancia, gracias a los jueces que les permiten entrar y salir cual hoteles de paso.

Miles son los ejemplos de los mal llamados “readaptados sociales”, que salen y vuelven reformados… pero a la inversa. Como el hampón que en días pasados le disparó al chofer de un transporte público colectivo por no entregarle las llaves, mientras su cómplice asaltaba a los pasajeros.

Este chofer, al salir de su casa para ir a su trabajo, jamás pensó –mucho menos su familia– que hoy se debatiría entre la vida y la muerte, a causa del disparo que recibió en la cabeza por un estúpido robo.

En este caso, bien por la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, en el gobierno de Alfredo del Mazo, al tener a este sujeto ya detenido. Y también muy bien por la ciudadanía, que a través de las redes sociales dieron con este delincuente.

Sin embargo, ¿cuántos más siguen libres, y de ahí para arriba?

¿Cuántos funcionarios públicos han hecho verdaderos imperios de corrupción y siguen hoy disfrutado su pan de muerto o en centros vacacionales de alta gama? ¿Cuántas leyes tenemos que modificar para que no sigan delinquiendo con impunidad?

Esta es una tarea enorme, donde todo mundo debe participar desde su parcela. No dejemos solo al presidente que hoy nos tocó de buenos principios, Andrés Manuel López Obrador, debemos ayudar entre todos para que este país cambie.

Claro que hay que reclamar lo que se deba reclamar, pero dejar los legisladores deben dejar el histrionismo y los falsos mesías para novela, y hacer las cosas en realidad.

La vergüenza se perdió desde hace mucho tiempo, y es reprobable que muchos actores legislativos hagan y digan tonterías por llamar la atención.

Como la diputada que asegura no hay evidencias de falta de medicamentos oncológicos, o aquél que invitaba a menores de edad a un hotel para abusar de ellos, y el que dice no se robó nada y huyó a un país sudamericano, o la ahora exsecretaria de Estado que dice no apoyó a su hermano para ser candidato a gobernador de Guerrero, y la cantidad de alcaldes que dejaron secas a sus demarcaciones antes de irse. Y qué decir de los estados y el país entero…

O como el expresidente que dejó una estela de luz, ahora conocido como el monumento de la corrupción. La lista y las historias son interminables. México ocupa un lugar de honor en los países con mayor corrupción.

Las críticas son bienvenidas, pero ¿qué hacemos para resolver? ¿Creer en la cultura de la Rosa de Guadalupe? ¿O exigir desde los congresos lo que al pueblo le corresponde?

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¿Debemos aceptar a miles de migrantes enfermos y engañados, y estar en foros internacionales con la falsa bandera de humanitarios?

Quisiera saber cuántos funcionarios tienen algún migrante en su casa, o lo ayudan de su sueldo, si es que son tan generosos. ¡La caridad empieza por tener bien a nuestra gente en casa y no ser ya demagogos de redes sociales!

En nuestro país, no podemos ni debemos olvidar el pasado cercano de corrupción, que además se ha dado en todos los niveles, a conveniencia de todos los actores que intervienen en esa obra de malas prácticas.

¿En donde se refugiaron?, en las reglas y leyes a modo, y al cobijo de estas entraban y salían raterillos, secuestradores, asesinos y demás delincuentes de reclusorios, que hacían de las cárceles sus aposentos temporales o residencias de poca estancia, gracias a los jueces que les permiten entrar y salir cual hoteles de paso.

Miles son los ejemplos de los mal llamados “readaptados sociales”, que salen y vuelven reformados… pero a la inversa. Como el hampón que en días pasados le disparó al chofer de un transporte público colectivo por no entregarle las llaves, mientras su cómplice asaltaba a los pasajeros.

Este chofer, al salir de su casa para ir a su trabajo, jamás pensó –mucho menos su familia– que hoy se debatiría entre la vida y la muerte, a causa del disparo que recibió en la cabeza por un estúpido robo.

En este caso, bien por la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, en el gobierno de Alfredo del Mazo, al tener a este sujeto ya detenido. Y también muy bien por la ciudadanía, que a través de las redes sociales dieron con este delincuente.

Sin embargo, ¿cuántos más siguen libres, y de ahí para arriba?

¿Cuántos funcionarios públicos han hecho verdaderos imperios de corrupción y siguen hoy disfrutado su pan de muerto o en centros vacacionales de alta gama? ¿Cuántas leyes tenemos que modificar para que no sigan delinquiendo con impunidad?

Esta es una tarea enorme, donde todo mundo debe participar desde su parcela. No dejemos solo al presidente que hoy nos tocó de buenos principios, Andrés Manuel López Obrador, debemos ayudar entre todos para que este país cambie.

Claro que hay que reclamar lo que se deba reclamar, pero dejar los legisladores deben dejar el histrionismo y los falsos mesías para novela, y hacer las cosas en realidad.

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Como la diputada que asegura no hay evidencias de falta de medicamentos oncológicos, o aquél que invitaba a menores de edad a un hotel para abusar de ellos, y el que dice no se robó nada y huyó a un país sudamericano, o la ahora exsecretaria de Estado que dice no apoyó a su hermano para ser candidato a gobernador de Guerrero, y la cantidad de alcaldes que dejaron secas a sus demarcaciones antes de irse. Y qué decir de los estados y el país entero…

O como el expresidente que dejó una estela de luz, ahora conocido como el monumento de la corrupción. La lista y las historias son interminables. México ocupa un lugar de honor en los países con mayor corrupción.

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