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María Callas, la voz operística más extraordinaria del siglo XX

La vida de la soprano de ascendencia griega y que conquistó al mundo con su talento es un rosario de momentos espectaculares y sufrimientos íntimos que revelan su humanidad.

La soprano mundialmente conocida como María Callas (1923 – 1977) nació en Nueva York, un 2 de diciembre, con el nombre Maria Anna Cecilia Sofía Kalogeropulu, apellido que, por motivos prácticos, sus padres, George Kalogerópoulos y Evangelia Dimitriadis, ambos griegos recién emigrados en busca de mejores oportunidades, resumieron en “Callas”.

El desprecio que le profesó su madre desde su nacimiento fue un signo que la Diva tuvo que asimilar, pues al nacer se negó a mirarla y a tenerla en brazos durante cuatro días; preludio de lo que ocurriría cuando, a los cuatro años, su retoño la sorprendiera con su voz prodigiosa y un talento innato para dar conciertos escolares.

Evangelia Dimitriadis vio en ese don una fuente posible de dinero, por ello, la sometió a una disciplina férrea en piano y canto, sin dejar de recriminarle al más pequeño error y decirle “gorda” y “poco agraciada”, y compararla constantemente en forma negativa con su hermana mayor.

A los 14 años sus padres se divorciaron y regresó a Grecia con su madre y su hermana, donde continuó sus estudios musicales en el Conservatorio Nacional de Atenas, donde fue formada por la reconocida cantante belcantista Elvira de Hidalgo, quien le enseñó los grandes secretos de la pulida y brillante ejecución vocal del bel canto.

Su debut profesional fue el 27 de septiembre de 1940, en el Teatro Real de Atenas, donde interpretó la opereta “Boccaccio” de Franz von Suppé, un hecho que marcó su despegue; sin embargo, a pesar de su reconocimiento, los recursos económicos logrados no fueron suficientes para mantenerse debido a la Segunda Guerra Mundial, hecho que la decidió a viajar a Estados Unidos en 1944 para vivir con su padre.

EL AUGE DE “LA DIVINA”

En 1946 contrató como agente a Eddie Bagarozy y en enero del año siguiente interpretó la ópera “Turandot” en Chicago, junto a un reparto de cantantes europeos célebres; experiencia que la acercaría al tenor italiano Giovanni Zenatello, director de la Arena de Verona, que la contrató para cantar “La Gioconda” de Ponchielli.

Al culminar la presentación en Verona, Callas fue presentada a un fascinado Giovanni Battista Meneghini, millonario italiano de la construcción, con quien, pese a sus treinta años de diferencia y tras dos años de estrecha amistad, se uniría en matrimonio en 1949 y, quien se encargaría de conectar e introducir a su talentosa esposa en los espacios artísticos de su época.

Su primer paso fue interpretar al difícil personaje de Serafin en “Tristán e Isolda” de Richard Wagner, que se estrenó en el teatro La Fenice de Venecia; tras su éxito, hizo de Brunilda en “La Valquiria”, en las temporadas de 1948 y 1949; al año siguiente, cantó “Norma” y “Aida” en el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, donde sería recordado su célebre Mi bemol al final del segundo acto de la segunda ópera, conocido como “el agudo de México”.

No obstante, su consagración ocurrió el 7 de diciembre de 1951, cuando interpretó “Aida” de Verdi en el Teatro de “La Scala” en Milán, también conocido como el “Templo de la Ópera”, donde la crítica la coronó como “La Divina”.

Después de esta presentación, el fenómeno Callas arrasó en los teatros más importantes de Francia, Estados Unidos, Italia, Grecia, España, Austria y Alemania; sin embargo, también creció su fama de ser muy temperamental, lo que le valió ser despedida de la Ópera Metropolitana de Nueva York en 1958 por negarse a decidir entre cantar a Verdi o a Shostakóvich.

ONASSIS Y EL FINAL

Un 3 de septiembre de 1957, la periodista y anfitriona de la noche, Elsa Maxwell presentó a María Callas y al multimillonario naviero Aristóteles Onassis, en una fiesta de máscaras celebrada en el lujoso hotel Danieli en Venecia, Italia; este encuentro marcó la separación de su esposo Meneghini.

Callas, según sus cartas y diversas biografías, cayó profundamente enamorada del que llamaría su “Ari”, por quien, a pesar de tener entre 20 y 25 presentaciones al mes, prefirió alejarse de los escenarios para navegar por el mar Mediterráneo en el costoso buque “Christina” y descansar en la isla privada de Skorpios, en Grecia, ambas propiedades de su segunda pareja.

Además de las constantes acusaciones de desventuras amorosas que incluyeron barbitúricos y depresión en la soprano, el 30 de marzo de 1960, murió su primer hijo a las dos horas de haber nacido, debido a su prematuro alumbramiento.

Este golpe devastó a la cantante que, en su póstuma película autobiográfica, titulada “Maria by Callas” (2017) de Tom Volf, indica: “Hubiera preferido tener una familia feliz y tener hijos. Hubiera renunciado a esta carrera con mucho gusto, pero el destino es el destino. No hay salida”.

Sin embargo, el final de la relación vendría ocho años después, cuando la diva, que deseaba casarse con Onassis, se enteró por los periódicos que él, a sus espaldas, había conquistado a la viuda Jacqueline Kennedy, con quien se casó el 20 de octubre de 1968.

Después de este episodio, “La Divina” volvió a los escenarios, pero la brillantez de su voz se había opacado por la falta de práctica y, aunque lo intentó, no pudo recuperar su belleza y se despidió de las presentaciones el 11 de noviembre de 1974, en Sapporo, Japón, tras grabar una gran cantidad de óperas y recibir la Estrella del Paseo de la Fama de Hollywood, la Orden al Mérito de la República Italiana y, póstumamente, el Premio Grammy a la carrera artística en 2007.

(CON INFORMACIÓN DEL DOCUMENTAL
“MARIA CALLAS: A BIG DESTINY” Y DE LA AGENCIA EFE)

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