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Luis Echeverría Álvarez, el ser humano. Una historia inédita. Parte dos

EL PRESIDENTE QUE HABLABA EN TERCERA PERSONA

A decir verdad, no estaba impactado tener frente a mí al Presidente de la República, al final de cuentas, era un hombre tan normal como cualquier otro. Pero me preguntaba por dentro: ¿Cuánta gente de todo el país quisiera estar en mi lugar en estos momentos, para exigirle un sinfín de cosas y pedirle ayuda? Lo que más me llamaba la atención del Presidente, era que, en ningún momento, se expresaba en primera persona, es decir, “yo hice esto. Yo inauguré o construí aquello”, al contario, en cada una de las cosas que me expresaba, siempre era en tercera persona, “como nosotros”.

A escasos cinco minutos, hasta el despacho presidencial llegó su séptimo hijo, Benito, a quien le dijo: “Mira, Benito, este chico se llama Edmundo Cázarez, va a concursar en el programa de televisión ‘El Gran Premio de los $64,000.00’, con el tema ‘Actuación y Trayectoria Política del presidente Luis Echeverría’. Quiero que lo lleves a conocer toda la residencia, pero también, que vea unos trabajos fílmicos en la sala de proyecciones y los esperamos comer”. 

Colocando su mano izquierda sobre mi hombro, el presidente me preguntó: “¿Te vas a quedar a comer con nosotros, verdad?”, a lo que de inmediato le respondí: “Pues usted envió unos motociclistas a la casa en donde me estoy quedando provisionalmente, aquí traigo la tarjetita en donde me invitaba a comer”.

Antes de iniciar mi “tour” por la casa del poder presidencial, acompañado por su hijo. Ante la también presencia de los entonces secretarios de Gobernación y Educación Pública, los licenciados Mario Moya Palencia y Víctor Bravo Ahuja, respectivamente, con voz fuerte, el Presidente exclamó: “Antes de que se vayan, Edmundo, quiero que me digas, ¿quién está detrás de ti?”. Su pregunta, fulminante y con un tono acusatorio, así de inmediato, se me hizo un tanto sin sentido. Voltee la cabeza hacia atrás de mi lado derecho, acto seguido, hice lo mismo del lado izquierdo, justo en donde se encontraba de pie, junto a mí, su hijo Benito y le respondí: “¡No hay nadie, señor Presidente!”. Echeverría soltó una sonora carcajada y me dijo… “A qué muchachito, está bien. Ya váyanse”.

Durante el recorrido por los salones de Los Pinos y Casa Presidencial, Benito me explicaba que lo que su papá quería saber, era que le dijera quién o quiénes me habían aconsejado para que concursara en ‘El Gran Premio de los $64 mil pesos’, con el tema sobre su vida y obra. Por espacio de dos horas después de haber caminado por los jardines y visitado las instalaciones del Estado Mayor Presidencial en Molino del Rey, concluimos el “tour” en la sala de proyecciones, en donde pude ver diversas visitas presidenciales de Luis Echeverría a China, con Mao Tse Tung. Al Vaticano, donde fue recibido por el Papa Paulo VI. A Cuba, con una reunión muy amigable con Fidel Castro, así como infinidad de giras de trabajo por todo el país.

Poco antes de las 3 de la tarde, sonó el teléfono rojo de la “red presidencial”, colocada justo a un lado del asiento en donde estaba Benito. Era su papá, avisándole que ya nos fuéramos a comer.

COMIDA CON LA FAMILIA ECHEVERRÍA

Al llegar al comedor de la casa presidencial, me percaté que estaba finamente decorado, pero sin lujos exorbitantes, con muebles y anaqueles de madera tradicionales de la cocina mexicana. Al centro del comedor, una mesa rectangular, en donde, uno a uno, fueron llegando los ochos hijos que procrearon el matrimonio Echeverría-Zuno. 

En un acto por demás de cortesía, antes de sentarnos a comer, el propio Presidente de la República, tuvo a bien presentarme con sus hijos, explicándoles el motivo de mi visita y que era el invitado especial. En la mesa, no había absolutamente nadie más que la familia presidencial y su invitado.

A la cabeza de la mesa, estaba el lugar destinado al Jefe del Ejecutivo, mi lugar, junto a él, a mi lado derecho, siempre junto a mí, Benito. Del lado izquierdo de la mesa y frente a mí, estaba sentada la señora María Esther Zuno, una mujer extraordinaria, sencilla, amable y generosa. Los lugares contiguos, por ambos lados, los ocuparon sus hijos Luis Vicente, Álvaro, Rodolfo, Pablo, María Esther, María del Carmen y Adolfo. Para abrir boca, nos sirvieron unas deliciosas quesadillas de flor de calabaza, huitlacoche con quesillo, chicharrón y papa con queso. De beber, agua de Jamaica y Kiwi con fresa.

De pronto, se levantó Benito de la mesa y corrió a una sala cercana, cosa de dos minutos, regresó trayendo consigo una grabadora portátil y me dijo: “Toma Edmundo, para que grabes todo lo que te va a contar mi papá”. Sin darnos oportunidad de nada, Echeverría le oredenó con tono de voz fuerte: “Nada que va a grabar, si acaso, tráele una libreta y una pluma para que anote”. Uff, cuando nos sirvieron el primer tiempo, una sopa de verduras con tapioca, el Presidente me relataba que había nacido un 17 de enero de 1922 en la calle de Querétaro número siete de la colonia Roma, así como sus datos generales y los de sus hermanos y padres. Apurado y como pude, recuerdo que engullí la sopa a toda prisa para no perder detalle y escribir correctamente el relato que me hacía el Presidente de la República de manera exclusiva.

Cuando me sirvieron una pechuga de pollo rellena de mariscos en salsa de mango, sorpresivamente, la señora María Esther me dijo: “Hijo, pásame tu plato para partir tu pechuga en pedacitos y puedas comer, porque no vas a poder escribir y hacer todo…”. ¡Qué honor!, la Primera Dama del país, me estaba dispensando una serie de atenciones para que pudiera comer. Por espacio de casi dos horas, entre otras muchas cosas, el Presidente de México me contó las aventuras de juventud que vivió a bordo de un barco pesquero que zarpó desde el puerto de Veracruz hacia Santiago de Chile y Argentina, junto con su gran amigo: José López Portillo, recalcándome, una y otra vez, que López Portillo sería el próximo Presidente de la República, pero haciéndome la advertencia que no se lo podía contar a nadie. ¡Así fue! Ese puberto michoacano, era el primer mexicano en saber quién sería el próximo Presidente de México.

Una vez concluida la comida, Echeverría me pidió que lo acompañara hasta su despacho, en donde ya lo esperaban el ingeniero Eugenio Méndez Docurro, entonces secretario de Comunicaciones y Transportes; el licenciado Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación; el licenciado Fausto Zapata Loredo, subsecretario de la Presidencia y el licenciado Juan José Bremer, que era su secretario particular. 

Me presentó a parte de su equipo de colaboradores, les indicó que estuvieran muy atento al desarrollo de mi participación en el programa de televisión, el cual se transmitía todos los sábados a las ocho de la noche, a través de la señal del Canal 2, perteneciente a la naciente Televisa, después de la fusión de Televisión Independiente de México –TIM– Canal 8 y Telesistema Mexicano.

Echeverría me invitó a sentarme en uno de los sillones frente a una mesa de trabajo de madera circular, color vino y con cubierta de piel. En presencia de los señores secretarios, con voz firme y fuerte, me preguntó: ¿Por qué escogiste el tema sobre la Actuación y trayectoria Política del Presidente? A lo que, simplemente, le respondí que yo consideraba que era muy importante que el pueblo en general, supiera quién era el hombre que nos gobernaba. ¿Cómo se llevaba con sus hijos? ¿Cómo era en su vida privada?, y no solamente como la máxima autoridad del país, era lo único que aparecía tanto en los periódicos, en la televisión y radio, pero nunca, sabíamos con exactitud quién era el ser humano.

Dirigiéndose a los ahí presentes, el jefe del Ejecutivo Federal les dijo a los ahí presentes… 

–¡Carajo!, este chamaco tiene apenas 16 años y su visión me sorprende, será un excelente jefe de prensa y publicista presidencial. ¿Ya escuchaste, Fausto? ¡Te puede quitar tu chamba… ¡ehhh!

Quizá, y aunque Echeverría se caracterizó por confiar plenamente en los jóvenes, me hizo la siguiente pregunta: ¿Te gustaría ser diputado por Michoacán?… ¡Es tu estado!

Sin pensarlo ni un segundo, mi respuesta fue un rotundo y tajante ¡NO!, a lo que me replicó: ¡Mira chamaquito! ¿Te atreves decirle que no al Presidente de la República? Mi respuesta nuevamente fue reiterativa y contundente: ¡No! Señor Presidente, le vuelvo a repetir que, mi única ilusión, es llegar a ser un periodista de los buenos.   

Antes de despedirme, del presidente Echeverría, me indicó que ya le había dado instrucciones a Mauro Jiménez Lazcano y Fausto Zapata Loredo, para que me brindaran todo el apoyo y facilitaran toda la información necesaria para documentarme y hacer un buen papel durante mi participación en El Gran Premio. 

Por cierto, en voz baja, me dijo: “Cuando estés con Pedro Ferriz, por favor, dale este mensaje: ‘Dice el presidente Echeverría, que, por favor, cuando entre a la cabina, me pusieran un chicharito (un audífono inalámbrico). Esto, te lo digo solo a ti, por si acaso te llegaras a equivocar, yo me comunico por teléfono y te digo la que debes de responder. Pero se lo dices ehhh”. Una indicación presidencial que no podía olvidar.

A partir de esa fecha y durante toda mi participación en el programa de televisión, prácticamente estuve viviendo en Los Pinos. Inclusive, tenía acceso a la biblioteca presidencial y cualquier funcionario del gabinete presidencial me podía recibir de manera inmediata. Lo único malo, era un casi niño de 16 años y sin malicia. Mi trato con el Presidente era constante, por cierto, y quizás, para “probarme” de que estaba estudiando su vida, de repente, me llamaba hasta su despacho y me formulaba preguntas con fechas precisas, tales como: ¿Cuándo me reuní con el Papa Paulo VI? ¿Cuándo recibí a Pablo Neruda? ¿Cuándo fue mi primera intervención en la ONU?, etc.

HISTORIAS Y PERSONAJES EN LOS PINOS

Previo a mi participación en el prestigiado programa de televisión “El Gran Premio de los $64,000.00”, que no solamente hizo historia, sino que dejó una huella imborrable en los anaqueles de la televisión mexicana, verme inmerso en toda la infraestructura y factor humano que se mueve alrededor de un Presidente de la República, es simple y sencillamente impresionante. 

Durante ocho largos meses, y desde la precaria visión de un adolescente provinciano, pude percatarme de cómo se manejaban las cosas desde lo que era la sede del poder presidencial: la Residencia Oficial de Los Pinos. La cosa por más sencilla que dijera “el Señor Presidente”, era una orden que se cumplía a como diera lugar.

Sin temor a equivocarme, la oportunidad que me permitió la vida para adquirir esta irrepetible experiencia, para mí, simple y sencillamente fue única, excepcional e inolvidable. Aunque mi única tarea era aprender todo lo referente a la trayectoria desarrollada por el presidente Echeverría, debido a la propia inexperiencia de un chico de tan solo 16 años de edad, no podía percibir el tamaño de la envergadura del tema que había escogido para desarrollarlo dentro de un programa de televisión, mismo que tenía enormes índices de audiencia y que se transmitía todos los sábados en punto de las ocho de la noche, a través del entonces único canal de televisión que existía en el país con cobertura nacional: Canal 2, de la naciente Televisa.

Durante el tiempo de preparación para participar dentro de El Gran Premio, todos los días, aprendía algo nuevo: Tuve la enorme oportunidad de ser testigo del trato afable y respetuoso que se brindaba desde la Presidencia de la República, a cada uno de los reporteros que cubrían “la fuente”.

Como simple reportero, no soy nadie para estar defendiendo al gobierno de Luis Echeverría, porque a final de cuentas, era casi un niño de 16 años de edad, pero sí, era testigo presencial de como en el Salón Presidentes, ubicado en planta baja de la Residencia Oficial de Los Pinos, se atendía con esmero y respeto a cada uno de los reporteros, facilitándoles toda la información que solicitaban para su cotidiana actividad periodística. 

Recuerdo haber visto al entonces muy joven reportero Joaquín López-Dóriga, así como a Miguel Reyes Razo y Pedro Talavera, entre otros muchos más, ofreciendo una disculpa por no recordar bien los nombres de todos ellos; la verdad, estaba muy chavito.

Lo que recuerdo perfectamente, era que Mauro Jiménez Lazcano, director de Información y Relaciones Públicas de la Presidencia de la República, todos los días, incluyendo sábados y domingos, llegaba casi de madrugada al Salón Presidentes para conversar con cada uno de los reporteros, proporcionándoles la información que necesitaban. Era un trato de reportero a reportero. Con su inconfundible frase: “Cómo cosa tuya”. Su función y responsabilidad era ser la de un verdadero vocero presidencial. Le “sugería” a los reporteros, cuando iban a entrevistar al presidente: “Como cosa tuya”, pregúntale esto al Presidente, sin que ello, significara que estuviera sometiendo al reportero, sino que lo hacía para lograr que la entrevista tuviera una mayor productividad. 

Por cierto, exactamente frente del Salón Presidentes, había un comedor del Estado Mayor Presidencial, en donde se brindaba alimentos, café, refrescos y agua a los reporteros sin ningún costo. Era un trato digno y humano.    

También, tuve la suerte de conocer a un chamaco casi de mi edad, él, tenía 19 años y era nada más ni nada menos que el bolero consentido del Presidente de la República, me refiero a Pedro Valtierra, quién, con el paso del tiempo, se convirtió en un extraordinario fotógrafo, gracias a que aprendió a la perfección las enseñanzas de otro legendario fotógrafo como lo fue el inolvidable Agustín Pérez Escamilla (QEPD), mejor conocido como “El Chino Pérez”, un hombre simpático, agradable y con una creatividad envidiable “el ñorse de la sapren”, que era: “el señor de la prensa”, todo lo hablaba al revés.

Otras de las cosas que no podré olvidar, eran esos intrépidos y arriesgados viajes a bordo del avión destinado para el transporte de los periodistas, bautizado como “El Pancho Fayucas”, tantas historias quedaron petrificadas en sus pasillos y asientos. Mudos testigos de la entrega del café, bocadillos, aperitivos, y por supuesto, no se me pueden olvidar los “sobres” o “chayos”. A mis escasos 16 años, yo no lo percibía como delito, sino como un apoyo económico al reportero para “alivianar” un poco los miserables sueldos que percibían… ¡y que siguen percibiendo!

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