La Política como Estafa

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Foto: Pixabay

En este video, el Dr. Estulin nos explica cómo la publicidad, en muchos aspectos, es una estafa también. La gente no necesita automóviles nuevos cada tres años; la televisión de plasma aporta poco enriquecimiento de la experiencia humana; un largo de vestido mayor o menor no repercute en la expansión del conocimiento, ni incrementa  la capacidad de amar.

No sorprende, entonces, que políticos y publicistas se hayan descubierto unos a otros. Y, una vez que reconocieron que el ciudadano, más que votar a un candidato, hace como una compra psicológica de él, comenzaran a trabajar juntos.

No resulta asombroso entonces, que la publicidad haya supuesto una modificación del mismísimo concepto de verdad. En su clásica novela, Un mundo feliz, Aldous Huxley postuló la aplicación universal de una droga para la manipulación del pueblo que llamó Soma. ¿Quién hubiera sospechado que llegaría en forma de televisión? La televisión, de hecho, ha otorgado un estatus a las “celebridades” que pocos hombres verdaderos alcanzan. Éste es el último éxito del siglo veinte y su persecución de la ilusión. Se ha hecho un molde nuevo, de forma que los modelos humanos vendibles —»héroes» modernos— pudieran ser producidos en masa para satisfacer el mercado, y sin el más mínimo impedimento.

Hace cuarenta años, en su libro La Imagen, Daniel Boorstin argumentó que la revolución gráfica en el periodismo había disociado la fama de la grandeza que requiere un período de gestación en el cual se realizaron grandes hazañas. Esta ruptura aceleró la caída de la fama hacia mera notoriedad, que es muy plástica y muy perecedera. A este medio llega la última cosecha de candidatos políticos: malhumorados, distantes e imperturbables. Podrían haber sobrevivido a la crítica de los intelectuales desplazados sólo con que hubieran sido capaces de encantar. Pero nadie los enseñó cómo. Son almibarados. Se adhieren a la lente de la cámara.

No hay el lugar para ellos en nuestra, europea cultura. Y aquí es donde hago mis predicciones para las elecciones nacionales de 2004. El Partido Popular está en peligro de perder las elecciones porque después de ocho años en el poder todavía no sabe cómo usar la televisión. Como en la campaña de Nixon, se puede culpar a la televisión subsiguientemente de todas las causas de los errores. Ellos dirán que fue el maquillaje y la iluminación, pero sus problemas están mucho más arraigados que eso. Sus problemas son ellos mismos. No lo que hubieran dicho, sino los hombres que son. La cámara los habrá representado claramente.

¿Qué deben hacer ambos grupos políticos dirigentes para convencer al electorado de la validez de su imagen populista? Presente ideales, cosas a las que la gente aspira, cosas con las que las personas necesitan identificarse (aunque si no viven por los ideales, deben hacer creer que sí lo hacen). El ganador de 2004 necesita reinventar cómo se pronuncian los discursos. Cortar en la mitad de una frase y saltar a algo del otro lado del mundo, que se soporte tangencialmente en lo que estamos diciendo. Necesita envolver a la audiencia en un calidoscopio de impresiones; esto es tridimensional. Esto, de hecho, puede ser la clave: envolver a la audiencia, atraerla, entrelazarla. La respuesta debe ser a la imagen, no al hombre. No es lo que se esconde, sino lo que se proyecta, y llevarlo un paso más allá, no es lo que él proyecta sino lo que el votante recibe. No es el hombre que ellos tienen que cambiar, sino más bien la impresión recibida. Y esta impresión a menudo depende más del medio y de su uso que de la impresión que el candidato causa por sí mismo.

La TV en color es mucho más tridimensional que la prensa escrita en blanco y negro. Una imagen en blanco y negro es de baja definición, y el espectador tiende a concentrarse en algunas de las cosas principales y deja que su mente llene el resto. En color, el ojo percibe los otros detalles. Recordamos el drama mejor en blanco y negro, aunque los colores realzan mucho más la figura humana.

Entonces, ¿Qué significa todo esto en términos políticos prácticos? De alguna manera, hablamos al mismo tiempo a dos generaciones bastante diferentemente condicionadas: la visual, lineal generación más vieja, y la auditiva, táctil, difusa generación más joven —miles de jóvenes seguidores de partidos que quieren que su hombre sea presidente para tenerlo en la pantalla de TV y pasar los dedos por la imagen de su cabello. Los que están condicionados de forma auditivo-táctil son más emocionales, más tribales; para ellos, la información es una colección, un ensamblaje de impresiones fortuitas.

Todo esto es especialmente pertinente en un momento en el que la gente no está intensivamente concentrada en la política. La razón requiere un alto grado de disciplina, de concentración; la impresión es más fácil. La razón asalta al espectador, demanda que él esté de acuerdo o no; la impresión lo puede envolver, lo invita, sin hacer una demanda intelectual, o sin requerir su energía intelectual. Porque para la mayoría de la gente éste es el trabajo más difícil de todo. Pensar es duro; pensar profundamente es más duro aún; sentir es fácil, así que la mayoría optará por sentir si tiene la posibilidad de elegir. De hecho, cuando la mayoría de la gente dice “yo pienso”, estaría siendo mucho más precisa si dijera, “yo siento”. Hoy, la política es la televisión; aquellos que la usen bien, que son los que apelen a los sentimientos acumularán generalmente los votos.

Hoy el ambiente de la televisión nos hace retroceder a algo como el antiguo equilibrio tribal de los sentidos; esto es lo que los publicistas debían de querer decir cuando empezaron a hablar del mundo “transformándose en una aldea global.” El sentido del oído es una vez más dominante. La gente que obtiene su información auditivamente es más dependiente de lo que se le dice, y recibe el argumento con la dimensión extra de la inflexión —la cubierta emocional que la voz puede dar, pero la palabra impresa no. El estilo llega a ser sustancia. El medio es el masaje y el masajista recibe los votos.

Una cosa que todo esto significa es que, en televisión, los candidatos deben detenerse ocasionalmente, para buscar a tientas —implicar al espectador en la búsqueda de la palabra correcta o compartir con él el proceso participativo de ver la televisión. La selección de un presidente tiene que ser un acto de fe (la racionalidad es claramente opcional). El impulso nivelador de la democracia es servido por la poderosa, aunque voluble, maquinaria de elevación de dicho régimen político a través de la publicidad. Los españoles no son una  excepción. Quieren la realeza de su propio hacer y deshacer. Esto está incrementándose en la misma medida que el negocio del gobierno se vuelve aún más incomprensible para el votante medio. Esta fe no se logró por la razón; se ganó por carisma, por un sentir de la confianza que no puede ser discutida ni razonada. Las palabras son importantes, pero menos por lo que realmente dicen que por el sentido que transmiten, por la impresión que causan.

La mayoría de las “celebridades” políticas parece haber entendido que para ellos la vida es un constante juego de manos. ¿Por qué? Porque todo el mundo, y más en nuestra cultura basura, se apropia de conceptos profundos para fines superficiales. El mundo que hemos estado escudriñando está de algún modo más allá de lo bueno y malo. Es un mundo de sentimentalismo, de maquillajes, de gente que está dispuesta a derramar una lágrima momentos antes de una interrupción comercial, y entonces regresa con inspiradoras visiones de una vida en familia instantes antes de que acabe el programa.

El filósofo Vico mantuvo que cada civilización obtiene el drama que merece. Los griegos empezaron las aterradoras y grandes tragedias. Los españoles perdonan más, son más acomodados y más burgueses. Y eso es lo que cosechamos, en los peligros de Anarosaquintanas, Jesusvazqueses y Teresacamposes de nuestro mundo, un día de cautivadora y atractiva televisión, que probablemente todos olvidaremos al final de la noche. Por consiguiente, la imagen de la televisión de hoy ha llegado a ser tan real para el ama de casa como su esposo, la verdad se ha retorcido en una diversión maleable, un ideal que se administra en dosis frustrantemente más pequeñas, un bien intercambiable de la vida real y la ficción en el que el telón antes que después caerá con estruendo.

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