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La emergencia climática se cuela en el arte público de Nueva York

La emergencia climática se coló esta semana en todas las conversaciones en Nueva York y también en sus calles, donde numerosas obras de arte público, incluyendo pinturas, esculturas, fotografías e instalaciones interactivas, buscaron concienciar a la población sobre este problema.

La llamada Semana del Clima por los ambientalistas abarcó numerosos eventos en torno a la Asamblea General de la ONU, donde el cambio climático persiste como uno los asuntos más acuciantes pero sin generar una respuesta unificada y rápida, sobre todo por parte del hemisferio norte, el gran responsable.

“Hemos abierto las puertas del infierno”, dijo con contundencia el secretario general, António Guterres, que enumeró olas de calor, incendios, sequías, inundaciones, enfermedades y desplazamientos masivos; señales inequívocas que parecen permear el ámbito político.

No muy lejos de donde los dirigentes mundiales se reunían, en Midtown, una ballena de acero sorprendía a las hordas de trabajadores y turistas que seguían con su vida por la avenida Broadway, en muchos casos parándose a comer en recipientes de usar y tirar que hacen rebosar los cubos de basura, para deleite de las ratas.

La ballena, de unos 16 metros de largo, es obra de Mathias Gmachl, y al caer la noche ofrece un espectáculo de luces y sonidos que replican los “ecos” de estos animales mezclados con una capa de ruido, para hacer reflexionar sobre “la dañina invasión de la sociedad en los ecosistemas”, según una nota del artista.

Con una temática similar, una exposición fotográfica al aire libre en un muelle del barrio de Seaport, al sur de Manhattan, retrata los cambios en los paisajes marinos de la zona y ensalza a unos de sus habitantes más notables: la ostra, manjar predilecto de la ciudad, que ayuda a filtrar las aguas y mejora la resiliencia costera.

Subiendo hasta la avenida Madison, que atraviesa una de las zonas más pudientes en el Este de la isla, la kilométrica mediana que separa dos carreteras luce cuidados jardines de flores, pero en un cruce llaman la atención unos enormes candelabros junto a los que esperan el semáforo los viandantes.

Vistos de cerca, resultan estar hechos de botellas de plástico: un total de 9.000, que son las que el artista Willie Cole empleó para elaborar cuatro esculturas que muestran dos caras de una misma moneda: la necesidad de agua potable y el daño ambiental que generan estos contenedores tan comunes.

También ha utilizado residuos la artista Susan Stair para una instalación que se puede ver en medio de la naturaleza, en el parque de Morningside, que presenta escenas de desastres elaboradas con maderas, cerámica o plásticos desechados, y pretende convertirse en punto de actividades para la concienciación climática.

En el parque del High Line, una vía verde que discurre por el antiguo paso elevado de ferrocarril en el Oeste de Manhattan, se alza un imponente árbol rojo, escultura de Pamela Rosenkranz, que evoca las arterias del cuerpo humano y recuerda la conexión entre las personas y las plantas.

Caminando unos metros, los visitantes se topan también con dos carteles ilustrados de tono apocalíptico: un “Arca de Noé” sin personas, solo con la flora y fauna nativa de California, de donde es la artista Jessie Homer French, y una plataforma petrolífera en llamas observada desde el mar por los peces.

No hay más que buscar entre las decenas de obras públicas que pueblan la ciudad para darse cuenta de que los artistas miran a la Tierra al inspirarse muy frecuentemente, como en la escultura que luce en el extremo del Puente de Brooklyn, en ese barrio, y que dice LAND (tierra), similar a las de Robert Indiana.

Es obra de Nicholas Galanin, artista nativo americano, que utilizó el mismo material del que está hecho el muro fronterizo con México y la ha llamado “En cada lengua hay una Tierra” para recordar la labor de cuidado de los indígenas y reivindicar la sostenibilidad frente al nacionalismo y el capitalismo, indicó en una nota. EFE

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