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Familias católicas y el aborto, una brecha difícil de unificar

Familias católicas y el aborto, una brecha difícil de unificar

Ana López, hija de una familia mexicana católica, tenía 14 años cuando su madre compartió algunos chismes sobre una mujer en su vecindario de Huntington Beach que, según se rumoreaba, se había hecho un aborto.

“¿Cómo pudieron matar a ese bebé inocente?” Bertha Valdez le preguntó a su hija. “Los católicos no hacen eso”. “Se va a ir al infierno”, recuerda López que le dijo su madre. “Se va al infierno”.

Ana López menciona que nunca habló de sexo con su madre, pero ya en aquel momento a pesar de que ella no comentó nada al respecto de aborto de aquella mujer, pensó que las mujeres debían tener derecho a decidir qué hacer con sus cuerpos.

Actualmente, con 40 años de edad, Ana López menciona que desde siempre para ella fue un reto romper con los estereotipos tan arraigados en su familia. Sin embargo, se ha propuesto enseñar a sus dos hijas y su hijo sobre la salud reproductiva y el aborto.

Recientemente, López y su hija de 15 años lamentan el hecho de que ese derecho de la mujer para decidir sobre su cuerpo, dependa de las decisiones de los políticos.

Los expertos en ciencias políticas y consultoría predicen que la controversia catalizará a los demócratas e inspirará a muchas jóvenes latinas que no son demócratas acérrimas, y que de otro modo podrían haberse saltado la votación en las elecciones intermedias, a llenar sus boletas.

Pero para López, el derecho al aborto también está en el centro de una dinámica familiar que ha evolucionado durante 50 años. El tema ha dividido y unificado a las mujeres de su familia y ha dado lugar a algunos cambios de perspectiva que nunca podría haber imaginado cuando era una niña de 14 años.

Ana López, una demócrata registrada que trabaja en un centro de llamadas para una tienda de comestibles, es una de las que probablemente elija a un candidato que se alinee con sus puntos de vista sobre los derechos reproductivos. Su perspectiva política, dijo, surge de las experiencias de su infancia, ensombrecida por el catolicismo, el conservadurismo y Valdez, su estricta y escéptica madre inmigrante. Y Valdez, a su vez, fue moldeada por su propia infancia y desafíos.

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Bertha Valdez tenía 25 años cuando dejó su hogar en la zona rural de Huetamo, a unas 150 millas al suroeste de la Ciudad de México, en 1980 y llegó a Huntington Beach. No hablaba ni leía inglés, pero con la ayuda de una amiga alquiló un departamento y encontró trabajo cerca como ama de llaves en un hotel. Fue una de los primeras en establecerse en lo que se convertiría en el barrio predominantemente latino de la ciudad costera de Oak View y dos años después, tuvo a Ana y posteriormente a su hijo.

López dijo que la relación con su madre se volvió tensa cuando entró en la adolescencia. Pues su madre nunca quiso hablar de sexo o salud reproductiva. Cuando su escuela primaria solicitó permiso para que ella asistiera a una clase de educación sexual, su madre se negó a firmar el formulario. López tuvo que obtener su información de sus amigos y sus tías, al igual que Valdez una vez aprendió sobre la menstruación de su tía.

Ella tenía 14 años cuando tuvo su periodo por primera vez y se encontraba muy asustada, pues ni su padre ni su madre le habían hablado de eso nunca.

En la vida rural de México, la prioridad de los padres es brindarle a los hijos alimento y un lugar para vivir, por lo que no hay interés de darles a sus hijos educación acerca de la salud reproductiva y el aborto. De ahí la importancia del trabajo que desempeña Olga Mejía, profesora asociada de consejería en Cal State Fullerton quién se especializa en trabajar con familias inmigrantes latinas. Si bien EE. UU. presenta su propio conjunto de desafíos, dijo, crea espacio para que la mayoría de los inmigrantes piensen más allá de esas prioridades y discutan “temas tabú” como el sexo, el aborto y la salud mental.

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