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El viacrucis de los pacientes psiquiátricos

La historia de Juan Carlos es la misma de miles de pacientes, con un sistema de salud que se cae a pedazos, sobre todo para con los pacientes psiquiátricos, con un trato por demás indigno e inhumano.

Carolina Hernández es madre de Juan Carlos, de 18 años de edad, quien desde pequeño fue diagnosticado con múltiples trastornos, como autismo, síndrome de Asperger, déficit de atención, dismorfia corporal de la imagen, trastorno límite de la personalidad (TLP), bipolaridad, trastorno de personalidad múltiple y esquizofrenia, entre otros.

Sin embargo, es médicamente imposible que una persona tenga todas estas patologías; lo que sucedió, en su caso y en su momento, es que Juan Carlos fue mal diagnosticado por psiquiatras.

Esta es su historia, contada a Ángel Metropolitano.

El viacrucis para Carolina y su hijo empezó desde que el niño era un bebé y fue malamente diagnosticado como autista, en el Centro Integral de Salud Mental –CISAME– de la Secretaría de Salud capitalina.

Desde los dos hasta los 6 años de edad, Juan Carlos fue tratado contra este síndrome, pero su condición empeoró, pues los medicamentos recetados para que su familia se los comprara –

Olanzapina y Rivotril– “jamás le funcionaron y se alteraba más”.

En busca de otra opinión, Juan Carlos fue llevado al Hospital General de México, donde le dijeron que no era autista, sino que su padecimiento era déficit de atención. “Le recetaron Ritalín, pero lo único que pasó es que empeoró, además de que los anteriores medicamentos le habían causado secuelas y adicción, pese a que en realidad nunca los necesitó”.

En un momento de crisis –autolastimarse, lloriqueos, etc–, Juan Carlos, de 8 años en ese entonces, fue llevado por su madre al Hospital Federico Gómez, donde le dijeron “que son berrinches de niño consentido”, y le negaron la atención médica, pese a que fue al área de urgencias y es también un hospital público para niños.

La familia de Juan Carlos, harta de los malos tratos y de los diagnósticos erróneos, decidió llevarlo al Hospital de Traumatología de Xochimilco, donde le dijeron lo mismo: “es un berrinche solamente. Y no podemos darle un lugar porque sería quitárselo a alguien del que depende su vida estar en el hospital”.

DIAGNÓSTICOS ERRÓNEOS

Posteriormente, el niño fue tratado en el Hospital de Pediatría del Centro Médico Siglo XXI del IMSS. Ahí le hicieron una resonancia magnética. Sin embargo, el neurólogo, al interpretar el estudio, no le quiso decir a Carolina qué tenía su hijo, sólo se concretó a darle su tarjeta para que lo fuera a ver a su consultorio particular y ahí lo atendería… con las placas que ya le habían tomado.

Así sucedió, y el niño fue revisado en el consultorio particular del médico, y dijo que la resonancia era normal, que no tenía daño neurológico. Lo canalizó a Psiquiatría en el Centro Médico Siglo XXI.

Ahí lo volvieron a diagnosticar con TDA, y lo medicaron otra vez con Ritalín, pero al no manejar ese medicamento, la familia lo compró en una farmacia comercial.

Nada de esto funcionó para Juan Carlos. Su familia hizo un esfuerzo en su deteriorada economía, para llevarlo con el doctor Jorge Escotto, en ese entonces máxima autoridad médica para diagnosticar autismo y síndrome de Asperger, a la par que fungía como director del CISAME. Después de que le hicieran un test, donde calificó 88 de 100 puntos, “Juan Carlos fue diagnosticado con síndrome de Asperger, y empezó a tomar medicamentos para tratarse ”..

Estos fueron Ziprexa y Rivotril, que no costaban nada baratos. Juan Carlos seguía igual o peor que antes. El primer medicamento le causaba desesperación, ansiedad y depresión. Otra vez, no funcionaban los tratamientos.

Los padres del paciente, al no ver resultados favorables, lo llevaron al Hospital Psiquiátrico Infantil Dr. Juan N. Navarro. Ahí Juan Carlos fue atendido con los mismos medicamentos, pero no le dieron un nuevo diagnóstico. En medio de una fuerte crisis de enojo, el niño fue amarrado con vendas, acostado y amordazado a una camilla. El paciente, a gritos y bañado en llanto, pidió permiso de hacer sus necesidades fisiológicas, pero las enfermeras le dijeron que se aguantara, burlándose de él delante de su madre.

DOS INTERNAMIENTOS

En un largo pegrinar por médicos particulares, la familia de Juan Carlos acudió con la doctora Patricia Ancona, quien tiene una clínica privada en la calle de Acoxpa 156 colonia Toriello

Guerra, en la zona de Tlalpan, a la par que era subdirectora del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, del sector salud.

La doctora diagnosticó a Juan Carlos con dismorfia corporal, y lo medicó con Rivotril, Quetiapina, Olanzapina, Velanxafina, Prozac, Epival y Aripiprazol, entre otros “tranquilizantes”.

Juan Carlos aumentó de peso a causa de la Quetiapina, Olanzapina y Epival, lo que acrecentó su agresividad e impulsividad e hizo que dejara de asistir a la escuela.

Fue entonces cuando la doctora Ancona recomendó internarlo… en su clínica de Acoxpa 156.

A la familia se le prometió que el tratamiento de Juan Carlos sería multidisciplinario, con consultas psiquiátricas, terapias psicológicas, terapia de vida, ejercicios con horarios, un trato digno y comidas bien balanceadas.

Pero resultó que la comida era de porciones miserables, de mala calidad, los baños sucios de excremento, bullying, maltrato físico y verbal de algunos enfermeros –como Roberto Gómez–, quien incluso amarró a Juan Carlos, amenazándolo que llamaría la policía si no se dejaba, y amagando y cumpliendo con la negación de visitas familiares y llamadas telefónicas. Cuando castigaban al paciente por no estar de acuerdo con alguna regla o el mal trato recibido, era castigado sin recibir alguna terapia.

La psicóloga, Jessica, cuya atención era casi nula, ignoraba a sus pacientes y se ponía a platicar y a jugar con los enfermeros; desde entonces, ya tenía su cuenta de OnlyFans.

A la familia del paciente, le argumentaban que era parte de tratamiento y por el bien del menor. Mientras tanto, la cuenta seguía acumulándose, pues cobraban hace tres años 12 mil pesos a la semana, más la consulta de la doctora Ancona y los medicamentos, es decir, unos 5 mil pesos más cada semana, más 1 mil pesos cada 7 días, para la “tienda”, donde le compraban al paciente una paleta de caramelo.

En un lapso de dos años, Juan Carlos estuvo internado en dos ocasiones; la primera estancia fue de 7 semanas, y la segunda de 4 meses. El paciente salió peor, con muchos miedos, fobias, traumas, insomnio, pesadillas y con la autoestima destrozada, siempre engañado con que cámaras de seguridad lo estaban vigilando las 24 horas del día, lo cual no era cierto.

Ahora es atendido por otros especialistas particulares, quienes refieren que el tratamiento que recibió durante aproximadamente 8 años con la doctora Ancona es obsoleto, toda vez que ella diagnosticaba a casi todos sus pacientes con dismorfia corporal, o TLP, y los medicamentos que recetaban eran muy viejos, de los primeros que existieron hace 50 o más años.

La historia de Juan Carlos, es la misma de miles de pacientes en todo el país, con un sistema de salud que se cae a pedazos, sobre todo para con los pacientes psiquiátricos, agudizado por la falta de medicamentos de alta especialidad. Pero esa es otra historia… <<

David Casco Sosa estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la generación 1988-1991.

En la misma escuela fungió como profesor en las materias de Sociedad y Comunicación y Propaganda y Opinión Pública.

Reportero desde 1990, ha pasado por las redacciones de revistas y periódicos como Quehacer Político, México HOY, Tabasco HOY, Campeche HOY, Milenio, Novedades, El Gráfico, Impacto, IQ Magazine, Diario BASTA, etcétera, donde se ha desempeñado como reportero, jefe de redacción, editor, subdirector y director. Actualmente es director editorial del semanario digital Ángel Metropolitano, desde su fundación.

En 2008, ganó el Premio Nacional de Periodismo, en el género de Entrevista, y en 2019 en el género de Nota más oportuna, ambos entregados por el Club de Periodistas de México.

Ha sido consultor de proyectos editoriales para la formación de varios diarios en provincia, pero siempre ha regresado a la Ciudad de México, donde incursionó también en la edición y cuidado editorial de libros sobre el tema de la delincuencia organizada.

También ha impartido conferencias sobre el tema de periodismo en diversas universidades, y colabora como dictaminador literario para dos editoriales.

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