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El seísmo de Marruecos, una tragedia y una oportunidad para la mujer en una región aislada

El terremoto que sacudió varias regiones del sur de Marruecos el pasado día 8 dejando casi 3.000 fallecidos desencadenó una tragedia sin precedentes en un área que abarca zonas aisladas de las montañas del Alto Atlas, y que ha golpeado con una mayor intensidad a las mujeres, cuyo papel está relegado a las tareas del hogar.

El espacio público en las escarpadas aldeas es masculino y la mujer, si sale de la esfera familiar de la casa, lo hace normalmente acompañada de un hombre.

Pero el terremoto lo ha trastocado todo, incluida esta situación, favorecida por una sociedad tradicional y conservadora y, ahora, en los campamentos improvisados que acogen a miles de desplazados ya no hay privacidad. La vida de hombres y mujeres, a la fuerza, se vuelca hacia la calle.

Por eso, algunas asociaciones de la sociedad civil como Alianza por la Solidaridad también ven en esta catástrofe una oportunidad para acercarse a la mitad olvidada de la sociedad y empoderarla para contribuir a que juegue un papel más importante en la vida pública de sus pueblos y aldeas.

LA ÚNICA ASOCIACIÓN DE Y PARA MUJERES

“Es zona conservadora, tradicional, podemos decir que la mujer ha sido siempre un elemento invisible en la vida pública de la región y hemos constatado en este viaje que hay mucha dificultad de encontrar asociaciones de mujeres. Hemos encontrado una en todo el valle”, asegura a EFE el coordinador de la Alianza por la Solidaridad en Marruecos, Oussama Chakkor.

Chakkor ha viajado hasta Tahnaout, a unos 40 kilómetros al sur de Marrakech, para reunirse en un restaurante con Samira Errhoui, la directora de Tamghart Noudrar (La mujer de la montaña, en español), la única ONG administrada por mujeres y dirigida a mujeres de la región.

Con ella busca encontrar maneras de colaborar en favor de la mujer en esta difícil situación.

“Ahora estamos traumatizadas, pensamos solo en el día a día: si vamos a seguir vivas o no, porque la tierra tiembla dos veces, tres veces al día y tenemos miedo de perder nuestra vida y de no poder volver a nuestras casas” dañadas o derrumbadas, dice a EFE Errhoui, cuya organización nacida en 2006 llegó a operar en ocho pueblos de la cercana zona de Imlil, pero que ahora solo posee una sede por falta de financiación.

UNA CAMPAÑA DE AYUDA QUE IGNORÓ LAS NECESIDADES DE LA MUJER

Tras el seísmo de magnitud 7, la población de todo el país se volcó en llevar ayuda humanitaria a las poblaciones afectadas, hasta el punto de que las numerosas caravanas provocaron atascos y bloqueos de carreteras en las zonas más recónditas, donde la comunicación entre los pueblos se reduce a estrechas vías desatendidas y pistas forestales.

Pero esta ayuda, dice Chakkor, es improvisada y no tiene en cuenta las necesidades específicas de la mujer, que en los campamentos levantados para acoger a los desplazados no cuentan con las instalaciones básicas para lavarse o hacer sus necesidades.

“El terremoto afectó a la privacidad de las mujeres, su intimidad, tampoco hubo un cuestionamiento sobre cuáles son las necesidades de las mujeres. La respuesta, que yo llamo fiebre nacional, está bien, pero fue más como una respuesta ante las necesidades de un ganado al que hay que darle de comer, sin pensar si hay una categoría especial, como los baños y duchas para las mujeres”, apunta Chakkor.

Para él, en una “sociedad patriarcal, un hombre para ducharse e ir al baño lo tiene fácil, pero una mujer no”.

Por eso, insiste, es necesario que “la solución de la crisis tenga una dimensión feminista y que se abra espacio a las mujeres para que participen” en la reconstrucción.

Errhoui subraya que no puede haber oportunidades sin recursos económicos para organizar talleres de sensibilización que faciliten el cambio y, sobre todo, para desarrollar actividades y proyectos con los que las mujeres “puedan ganar dinero para ayudar a su familia” y que contribuyan a su avance hacia una mayor independencia. EFE

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