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El legado chino de Wifredo Lam brilla en su primera gran retrospectiva en Asia

EFE
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La primera gran retrospectiva asiática del pintor cubano Wifredo Lam puede verse estos días en Hong Kong bajo el título “Regreso a casa”, que reúne grabados, pinturas y recuerdos personales de uno de los artistas más influyentes del siglo XX, a la vez que ofrece una reflexión sobre el arte de la diáspora china.

El Centro Asia Society acoge la muestra, que hasta el próximo 2 de junio estará abierta para acercar al público no solo la figura del artista, sino la conexión personal con su herencia asiática y con su linaje paterno, ya que Lam era hijo de padre chino y madre afrocubana de origen español.

“Nos gustaría transmitir el mensaje de que la diáspora puede ser positiva e iluminadora, como una suerte para esas personas con coraje que pueden impulsar el contacto intercultural y las culturas transnacionales”, explicó a EFE el hijo del artista Stephane Lam, satisfecho de la buena acogida de la muestra.

Además, confió en que la iniciativa ayude a que la figura de Wifredo Lam cuente con un mayor reconocimiento en Asia, donde el artista no es tan célebre como en Occidente.

Herencia multicultural

Lam nació en Cuba en 1902 – año de la independencia definitiva y a pocos años de haberse abolido la esclavitud en la isla (1886) -, y esa herencia multicultural dejó una profunda impronta en su visión artística que le llevó a desarrollar un estilo vanguardista fusionando elementos del surrealismo, el cubismo y la rica imaginería afrocubana.

Su progenitor, no sólo le transmitió la ciudadanía china -Lam no se nacionalizó cubano hasta los veintiún años, justo antes de partir hacia España a finales de 1923-, sino que también le sirvió de conducto hacia el linaje espiritual y artístico del país asiático.

El multifacético artista inició su camino en el mundo del arte tras una etapa de estudio de derecho y pintura en La Habana, un periodo en el que plasmó su fascinación por el mundo natural en sus bocetos de plantas en el Jardín Botánico y tras el cual inició una aventura académica en Madrid.

Durante su estancia en la capital española aprendió tanto la tradición artística clásica europea como el modernismo de vanguardia, mientras pasaba las noches trabajando en círculos artísticos jóvenes y radicales.

Además, en la Guerra Civil española produjo carteles para el bando republicano, para el que también luchó.

De España a París pasando por Picasso

Después de trasladarse a París en 1938, entabló amistad con artistas notables como Fernand Léger, Henri Matisse, André Breton y, sobre todo, Pablo Picasso, quien le animó a forjar su propia versión del modernismo y se convirtió en una fuente inagotable de inspiración.

Cuando regresó a Cuba en 1941, en medio del estallido de la Segunda Guerra Mundial, se animó a crear una serie de obras inspiradas en la difícil situación de la población afrocubana, y trató de preservar a través de su arte lo que consideraba una tradición en vías de extinción.

En una época de creciente interés por la cosmología afrocubana, liderado por los antropólogos Lidia Cabrera y Fernando Ortiz, comenzó a componer una iconografía de la santería, la religión sincrética que había estudiado de niño con su tía materna, Mantonica Wilson, una sacerdotisa lucumí.

Entre las pinturas icónicas de este periodo, destaca “La jungla” (1943) -adquirida por el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1945, lo que le convirtió en el primer artista chino en entrar en su colección-, donde los rostros de los seres deformes poseen geometrías que recuerdan a las máscaras africanas, o a las “Señoritas de Aviñón” de Picasso evidenciando su influencia cubista.

En las obras creadas a partir de finales de la década de 1950 y principios de la de 1970, las figuras se vuelven cada vez más atenuadas y ramificadas, como en “Personnage” (1970) , una pieza que se sitúa entre las esculturas totémicas de Louise Bourgeois y la falta de espacio de las pinturas de Joan Miró.

Las imaginativas bestias de sus cuadros se hicieron más finas y afiladas, con caras triangulares, ojos huecos y cuerpos demasiado estirados, “unas figuras que en Hong Kong a menudo se identifican con dragones”, explicó a EFE su hijo.

Instalado de nuevo en París en 1952, siguió trabajando y exponiendo por todo el mundo hasta su muerte en 1982, en una última etapa en la que amplió sus creaciones a la escultura, la cerámica y el grabado. EFE

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