El Ejército nunca fue incorruptible

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Por Sara M Cabello

Twitter: @sara_mcabello

El arresto del General Salvador Cienfuegos ha puesto a temblar a la clase política y a uno de los mitos más antiguos de nuestro país: la incorruptibilidad de las Fuerzas Armadas.  Se ha dicho en la opinión pública que este es un punto de inflexión y que el mito corre riesgo de ser destruido, pero ¿No bastó con las innumerables violaciones de derechos humanos y abusos contra las mujeres y otras poblaciones vulneradas?

En el caso específico de México, la Revolución y el papel del hombre revolucionario ha desencadenado en la idea de que el “hombre de Estado” es aquella persona que lucha por su pueblo y la soberanía de este. Por lo menos hasta 1946, la costumbre fue la existencia de presidentes militares. Esto ayudó a crear la idea de que, al ocupar un rango en las Fuerzas Armadas, su interés principal estaría en proteger a la nación, como lo hacen los soldados.  En otras palabras, los militares serían vistos como salvadores y personas bondadosas que darían su vida para proteger y como consecuencia, se construyó la idea de que son personas de honra e incorruptibles.

Si bien la presencia militar en la política acabó con Miguel Alemán, el mito de incorruptibilidad prevalece hasta hoy.  La separación entre las fuerzas políticas y las militares que trajo la creación del PRI ha dado pie a la necesidad de comprar la lealtad de las fuerzas armadas para evitar que estas regresen a la silla presidencial. Para ello, los gobiernos han mantenido esta amistad con la milicia y han otorgado un número de concesiones, justificadas ante la opinión pública bajo este mito de incorruptibilidad. Entre ellas está, por ejemplo, el fuero militar, que permitía la impunidad de militares que hubiesen cometido violaciones a derechos humanos contra civiles. Este fuero descansa sobre la idea de que los militares no abusarían del poder y, por ende, no sería cuestionado hasta que el caso Rosendo Padilla Pacheco llegase a la CIDH.

Sin embargo, el ideal del militar como Hombre de Estado no es exclusivo de México, sino que prolifera en la mayoría de los países occidentales. Esto se debe precisamente a que las Fuerzas Armadas tienen su justificación en la idea de la existencia de una nación por la cual se tiene lealtad, respeto y que es digna de defenderse o de emprender luchas. Y es justamente la idea de lucha y de defensa la que resulta problemática, pues uno lucha para vencer y vencer implica dominación.

La consecuencia inmediata de esta construcción es que la dominación se vuelve algo deseable y con ello, el ejercicio de esta sobre quienes son vulnerables. Esta alta valoración de la dominación quiere decir que quien es considerada como una persona dominante o con la legitimidad para dominar se convierte en una figura idealizada y, eventualmente, incorruptible. Esto le dará legitimidad para ejercer la dominación sobre cualquiera que se muestre vulnerable – como mujeres, personas racializadas, migrantes, etc.- sin ser cuestionado o juzgado. En pocas palabras, la construcción de este mito de la incorruptibilidad de las Fuerzas Armadas nos ha causado ceguera sobre las atrocidades que han cometido las Fuerzas Armadas.

Es tal vez esta glorificación de la figura militar la que nos ha impedido responder ante el hecho de que, en México, el 72% de las mujeres arrestadas por fuerzas armadas y/o policiales ha sufrido violencia sexual por parte de los mismos (Amnistía Internacional, 2016) y es el mito de la incorruptibilidad una herramienta más del aparato legitimador de la violencia contra las mujeres. El caso Cienfuegos nos muestra que las Fuerzas Armadas no son incorruptibles; sin embargo, el historial de violaciones de derechos humanos y de abusos sexuales es evidencia de que nunca lo fueron.

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