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“Desarrollo, turismo y unidad”, el credo de Xi Jinping para el Tíbet

Jesús Centeno

Tsering Topgyal ha pasado toda su vida dedicado a la fabricación de artesanías en las tierras altas del condado de Nyemo, a 140 kilómetros de la capital del Tíbet, Lhasa, aunque ahora su máxima preocupación es saber si un día alguno de sus cinco nietos va a continuar con el oficio.

Incapaz de comunicarse en mandarín y sin habilidad para ampliar horizontes laborales, su familia le instruyó en la producción artesanal del tradicional papel tibetano, que se usa para plasmar escrituras religiosas, tiene más de 1.300 años de historia y emplea plantas venenosas como base para alargar su conservación.

A sus 73 años, Topgyal afirma orgulloso que si la cultura intangible del Tíbet se ha logrado preservar es gracias al sacrificio de sus residentes, pero agrega -ante la atenta mirada de los funcionarios gubernamentales- que en la región también se han recibido “ayudas de arriba” para ampliar los negocios.

“Mi deseo ahora es difundir este arte a las nuevas generaciones”, señala tras apuntar que su comercio puede facturar hasta 450.000 yuanes (62.300 dólares, 55.532 euros) al año gracias al creciente interés que el Tíbet genera entre los clientes chinos.

Un funcionario de la oficina cultural del condado interviene en la conversación para apostillar que el Gobierno chino “efectivamente otorga bonificaciones” de hasta 20.000 yuanes (2.760 dólares) cada año a quienes trabajan en este tipo de oficios como compensación por “sus esfuerzos en la preservación cultural” del Tíbet.

La visita forma parte de un viaje organizado por el Gobierno chino para periodistas extranjeros -la única manera de acceder a la región, a la que no hay libre acceso para la prensa- bajo la premisa de demostrar que el Tíbet, la región a la que el Partido Comunista chino (PCCh) envió tropas en 1951 para su “liberación pacífica”, es “próspero” y está “unido”.

Se trata también de esquivar las acusaciones de que el PCCh coarta las libertades religiosas y culturales de los tibetanos o de defender prácticas como la reubicación de aldeanos que, según el Gobierno, han sido clave para salvar las praderas tibetanas y ayudar a sus residentes a escapar de la pobreza, aunque el recelo crece entre las organizaciones de derechos humanos que creen que éstas son forzosas o que implican la inevitable pérdida de sus tradiciones.

También relatores de Naciones Unidas han advertido de que algunos programas, presentados como voluntarios, se utilizan para “controlar y adoctrinar políticamente a los tibetanos”, incluso con la apertura de centros de formación en los que, denuncian, a los locales no se les permite usar su lengua y se les anima a no expresar su identidad religiosa.

BUDISMO “ADAPTADO A UNA SOCIEDAD SOCIALISTA”

El majestuoso “techo del mundo”, erigido a 4.000 metros de altitud, con su aura mística y sagrada, es, gracias a sus paisajes y su cultura, uno de los destinos por excelencia de los turistas chinos cuya masiva llegada, según algunos expertos, entraña también un riesgo para su frágil ecosistema natural.

Con todo, supone también una fuente de ingresos para la población local: durante la visita se celebró la V Exposición de Turismo y Cultura del Tíbet, en la que participaron más de un millar de comerciantes para dar a conocer sus productos, desde artesanías hasta actividades turísticas, dejando acuerdos sobre 60 proyectos por valor de 7.400 millones de dólares, según las cifras oficiales.

Una de las joyas de la corona sigue siendo el Palacio de Potala, símbolo del budismo tibetano que, tras meses cerrado por la pandemia de la covid, vuelve a recibir a turistas enfrascados en sus fotografías y la compra de suvenires mientras los monjes presentan sus respetos y rezan arrodillados.

Mientras, en la prefectura de Shannan, una de las cunas de la civilización tibetana, otros optan por visitar el imponente lago Yamdrok, considerado sacrosanto y al que se atribuyen poderes espirituales.

Los monjes todavía peregrinan allí para cumplir con sus viejos rituales aunque, en pueblos aledaños como Tashi Quden, son las banderas rojas y los retratos del presidente chino, Xi Jinping, los que se han convertido en iconos cotidianos.

“El budismo tibetano debe adaptarse a la sociedad socialista y desarrollarse en un contexto chino”, zanjó el mandatario en una de sus últimas intervenciones en las que habló sobre el Tíbet, región en la que el Gobierno chino asegura haber invertido miles de millones de dólares para construir carreteras, aeropuertos, ferrocarriles, escuelas y hospitales, además de haber alargado la esperanza de vida y brindado nuevas oportunidades a una región históricamente retrasada.

En Tashi Quden, entre los retratos de Xi aflora un nuevo negocio, abrir casas rurales: “Creíamos que, si reconvertíamos nuestra casa en una vivienda turística, duplicaríamos nuestros ingresos. Pero entonces vino la pandemia”, relata Labayang, que ofrece la experiencia de pernoctar en su hogar por 60 yuanes (8,31 dólares) la noche.

La política del “covid cero” mantuvo a la región prácticamente aislada de China y del mundo durante meses, lo que provocó que el negocio apenas diera rendimiento: “Esperamos que ahora todo mejore”, explica la mujer mientras ofrece atentamente una taza de té de mantequilla de yak, históricamente base del sustento de las comunidades tibetanas.

Labayang espera hacer más dinero este año, y las cifras ya juegan a su favor: el Tíbet recibió a más de 11 millones de turistas en los primeros cinco meses de 2023, un aumento de cerca del 45 % interanual, y los ingresos por el turismo superaron los 13.000 millones de yuanes (1.810 millones de dólares), un 43 % más que en el mismo período de 2022, apuntan los funcionarios. EFE

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