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De la delincuencia a las espadas de esgrima en un barrio marginal de Nairobi

EFE
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Nadie en el barrio imaginaba que Mburu fuera pandillero, hasta que un día la policía lo fichó y le disparó a bocajarro. Fue entonces cuando el primer esgrimista en representar a Kenia decidió cambiar radicalmente su vida y la de decenas de chavales de Nairobi que, como él, podrían haber tomado “el camino equivocado”.

Hoy el club Tsavora Fencing Mtaani tiene 45 alumnos y es una referencia para el suburbio de Mathare, en Nairobi, gracias a la ilusión y el tesón de su fundador, Mburu.

“Quería cambiar para ser un ejemplo en la comunidad, una figura positiva”, declara a EFE en el pequeño espacio del centro social donde entrenan.

Isaac Mburu Wanyoike nació hace 28 años en el barrio marginal de Huruma, uno de los que conforman Mathare, el segundo mayor suburbio de la capital keniana con alrededor de medio millón de habitantes.

Es muy fácil que, entre estas estrechas callejuelas llenas de ajetreo, basura y casas con tejados de chapa, los jóvenes se dejen influenciar por las malas compañías y entren en el mundo de la droga e incluso del crimen. Como le sucedió a Mburu. O en el de la prostitución y los embarazos adolescentes no deseados, en el caso de las chicas.

“La gente de mi barrio no sabía que estaba metido en la delincuencia. Me camuflaba en cierto modo porque no quería que supieran quién era”, narra el joven.

Pero un día la policía lo fichó mientras planeaba un robo con unos amigos y, horas más tarde, cuando volvía a casa por la noche, un agente lo acorraló y disparó cinco veces contra él, según recuerda.

Las balas ni lo rozaron y salió vivo del encontronazo de milagro: “Dios tenía una razón para que no me mataran aquel día, una segunda oportunidad, y esa razón es Tsavora”.

¿Por qué la esgrima?

“Es un deporte único. La esgrima es el deporte del que me enamoré incluso antes de conocerlo, solo de verlo en las películas”, argumenta Mburu sobre una disciplina tan poco popular en Kenia que, después de ser pupilo durante año y medio del secretario general de la Federación de Esgrima keniana, Stephen Okalo, tuvo que seguir aprendiendo con videotutoriales.

Obtuvo una beca para formarse como entrenador y especializarse en esgrima en Sudáfrica y volvió al barrio de Huruma, desde donde se convirtió en el primer keniano en representar a su país en competiciones internacionales: en los campeonatos del mundo de Egipto (2022) e Italia (2023) y, a finales de este mes, en el preolímpico africano en Argelia.

A él empuñar la espada le sirvió para dejar atrás una vida que se dio cuenta de que no quería llevar: “Es una forma de expresarme, de escapar del barrio y de un entorno negativo”, describe a EFE.

Lo mismo desea para los treinta chicos y quince chicas a partir de los cinco años a los que entrena gratis y enseña valores como el respeto y la disciplina desde que fundó Tsavora en 2021.

Más allá del deporte

Los resultados del club hablan por sí solos: sus atletas obtuvieron los primeros puestos en varias categorías en un torneo nacional en marzo.

“Sé que estoy formando campeones”, sostiene orgulloso Mburu. Pero no quiere quedarse solo ahí, porque sabe que el deporte debe ir de la mano de la formación.

Por eso Tsavora se hace cargo de las tasas escolares de los alumnos más necesitados y ofrece también la posibilidad de estudiar cursos que van desde finanzas hasta programación.

Y por eso está en la mente de Mburu conseguir que el proyecto sea cada vez más grande para alcanzar a muchachos de otras zonas marginales de Nairobi, como el gran asentamiento chabolista de Kibera, considerado el mayor de África oriental.

Lucha en las calles para recaudar fondos

Cae la tarde -y, a ratos, también la lluvia intensa- en el siempre ruidoso centro de Nairobi, y Eline, Brian y varios de sus compañeros del club exhiben sus dotes ante cientos de curiosos. Algunos preguntan, otros se paran sólo unos segundos y pasan de largo.

Tsavora depende en parte de la voluntad de la gente, aunque mucho de su presupuesto proviene de programas de pago en escuelas internacionales y de clases privadas.

Estos espadachines se lo pasan en grande mostrándole a la ciudad un deporte casi desconocido que a ellos les “ha salvado”.

Para Eline, es una manera de “estar ocupada la mayoría del tiempo”, mientras que a Brian lo mantiene alejado de malos hábitos como las drogas.

“No quisiera que estos jóvenes viviesen la misma vida que viví yo”, resume Mburu. Está convencido de que son muchos los que tienen talento; “solo les falta este tipo de oportunidad”. EFE

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