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Complejidad migratoria: “Si pudiéramos trabajar, no estaríamos viviendo en las calles”

Orlando González
Orlando González

En los alrededores del Museo de Cera, el sol ilumina los negocios de comida italiana, japonesa, fusión, nacional, las tiendas de guayaberas y demás vestimentas, así como los salones de tatuajes, panaderías y los edificios de donde salen por un refrigerio los trabajadores y se juntan en las calles con los residentes que pasean a sus mascotas o se dirigen a algún lugar.

No existen muchas bodegas, la mayoría son supermercados o cadenas comerciales donde los precios corresponden al poder adquisitivo del rededor; sin embargo, si uno avanza algunos pasos más allá del museo y se detiene entre la iglesia Sagrado Corazón de Jesús y la plaza Giordano Bruno, observará un campamento de migrantes, quienes ingresan y salen de sus tiendas de campaña, cuidan a sus niños, se agrupan para platicar o transportan enseres, víveres o agua en garrafones.

El primer conglomerado de una veintena de tiendas al aire libre cubre la plaza completa; para ver el segundo hay que girarse porque es de menor extensión y ha tomado parte de la calle Roma que colinda con el templo católico; curiosamente, la taquería de mixiotes y los demás puestos siguen inalterables su venta, como un compañero más en la vía.

Las familias que allí viven comparten un único baño rectangular y largo, ubicado al centro del camino de la plaza Bruno, elaborado con unas maderas y que tiene una cobija gruesa como puerta; cuando llegué –al parecer– alguna fémina lo estaba ocupando, porque había una ronda de mujeres en custodia contra las miradas ajenas, debido a que el paso a un lado sigue libre y los nacionales y extranjeros lo atraviesan constantemente.

Dos niños de similar tamaño y edad jugaban a atraparse, sonreír y separarse, diversos juguetes y balones pequeños estaban desperdigados, tres niñitos junto a sus hermanos mayores usaban una pequeña bicicleta de diversas formas, la ropa se secaba sobre improvisados cordones y sobre las rejillas y muros de la plaza, una adolescente hablaba a su celular mostrando su faz sumamente triste.

Asimismo, varias señoras guisaban en sus cocinillas junto a sus tiendas; no obstante, cerca de la estatua del sabio italiano, un grupo de hombres dirigidos por uno de traje sostenían una corona de flores envuelta con el lema: “Recordaremos a nuestros hermanos del sismo de Haití”, su bandera natal y otra de mayor tamaño con la inscripción: “Mexicanos y haitianos son hermanos”; mientras, un grupo de periodistas televisivos los grababan porque ese era su homenaje a los fallecidos del fatídico terremoto que asoló Haití un día como hoy, hace 14 años –12 de enero de 2010.

“NECESITAMOS QUE EL GOBIERNO MEXICANO NOS ESCUCHE”

El hombre trajeado es el haitiano nacionalizado mexicano Wilner Metelus, Presidente del Comité Ciudadano en Defensa de los Naturalizados y Afroamericanos en México, quien, al abordarlo, me indicó que en México existen 140 mil haitianos, muchos que esperan de forma desesperada la visa humanitaria.

Respecto a los que pueblan la plaza Giordano Bruno, Metelus comentó que son parte de los 45 mil que se encuentran en la Ciudad de México, agregando que la mayoría está esperando la regularización de sus documentos migratorios para poder trabajar, pero que, desafortunadamente, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados y el Instituto Nacional de Inmigración, han dejado de emitir respuesta.

Ante ello, el martes 16 a las 10 de la mañana encabezará una manifestación en las afueras del Senado y de la Cámara de Diputados para exigir que se les brinde una audiencia y buscar soluciones a la situación migratoria del pueblo haitiano porque –expresó– “necesitamos que el gobierno mexicano nos escuche”.

“No es justo. Haití es un país olvidado por la comunidad internacional. Mis compatriotas son seres humanos que huyen de su país por la violencia. Después del sismo del 12 de enero, la ONU y todos los países que nos prometieron ayudarnos se han olvidado de nosotros. Todas sus promesas han sido falsas”, declaró Metelus.

“Le pido al gobierno mexicano que nos ayude. Hay muchos haitianos detenidos en puestos migratorios y otros en albergues que están colapsando. Así como varios en las calles viviendo como pueden y eso no puede ser. La independencia de México se planeó en Haití. Le pedimos la misma solidaridad al pueblo mexicano”, agregó.

“MI PAÍS PARECE EL INFIERNO”

Al preguntar a Metelus respecto a cuánta población haitiana en México habla español, respondió: “Muy poco. Menos de un tercio”; al repreguntar si había alguno que pueda entrevistar, miró hacia el campamento y, luego, hacia un joven que se aproximaba cargando dos garrafones, quien aceptó apenas fue consultado.

Nos presentamos, su nombre Máx Valcin (35 años); de pronto, habló una joven que no quiso revelar su identidad, pero que me comentó en un español iniciático que “vivir en la calle no es fácil”, ante la mirada seria de Valcin y de Metelus, quien aprovechó para despedirse, no sin antes pedirme que, por favor, difundamos su exigencia.

Le aseguré que estaríamos atentos y comprometidos en el Ángel Metropolitano, sonrió y se fue seguido por la joven y sus connacionales que habían presenciado la entrevista; al retomar la plática con Máx, nos sentamos en la banqueta, cerca de la iglesia, y le pregunté si había venido para pasarse a Estados Unidos; me respondió que había venido para escapar de la violencia y encontrar un lugar dónde poder trabajar.

Agregó que al inicio muchos tenían como objetivo llegar al país estadounidense, pero, ante las condiciones, ahora prefieren buscar establecerse en México; también me contó que en 2021 mataron al Presidente de su país y que desde esa fecha gobierna un partido al que no le interesa la gente, solo el poder, y que la muerte y la delincuencia son moneda corriente.

“Mi país parece el infierno. No hay seguridad ni ley. La gente de mi país viene escapando asustada. Mi gobierno no respeta su palabra. No hacen nada por la población. Solo tienen un acuerdo con otro partido político igual de corrupto. Aunque han dicho que el 7 de febrero se acaba el pacto, es decir, termina su mandato. La gente está haciendo manifestaciones, está esperanzada con ese cambio que no creo que cambie nada”, reveló el haitiano.

Valcin también me indicó que el mayor problema es que “en Migración y en el Seguro y en el SAT todo es una confusión”, no le entregan los documentos necesarios para trabajar, porque “si pudiéramos trabajar no estaríamos viviendo en las calles”; asimismo, me habló de lo difícil que han sido sus cinco meses viviendo en la calle junto a su esposa y a su comunidad que no cuentan con agua ni luz, menos aún, privacidad para realizar las actividades más básicas del ser humano.

Además, platicamos respecto a su trabajo como profesor de escuela en su país, su segundo trabajo como conductor de grúas, sus tres hijos que dejó con sus padres que los cuidan, las complicaciones del matrimonio y la esperanza de que su gobierno y el mundo mejoren; antes de despedirnos, una pareja de canadienses que cruzaba la calle comentó en su singular inglés: “Qué curioso es México, recibe a todos”; ambos nos miramos, sonreímos y nos despedimos.

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