Hacia la sororidad

Por Daniela Arias

“El peor enemigo de una mujer es otra mujer”: el mantra que a muchas de nosotras nos enseñaron desde pequeñas y que hemos repetido durante años, porque es más fácil que nos enseñen a pelear a que nos enseñen a crear redes de apoyo. Es frecuente escuchar, o decir con cierto tono de orgullo, que te llevas más con hombres que con mujeres, porque alejarse de relaciones femeninas y “acercarse” a los hombres está bien visto. Nos aplauden “no ser como las otras” y eso dificulta que rompamos estereotipos y trabajemos de la mano.

Durante años hemos tenido que disputar nuestro lugar en el colegio, la universidad y el trabajo como si de una competencia se tratara porque se restringen nuestras participaciones a cuotas. Por eso parece tan fácil obligarnos a rivalizar por escasos lugares “para mujeres” y vendernos la idea que tenemos que demostrar constante y arduamente nuestro valor para “ganarnos” nuestro lugar. Esa lógica aplica para casi cualquier área de nuestra vida y nos enseña a ser egoístas y agresivas con nuestras compañeras para poder “codearnos” con hombres, para que no nos vean ni nos traten “como a las demás mujeres”.

A los hombres, en cambio, les enseñan a ser fieles a sus amistades masculinas a toda costa y estigmatizan sus relaciones de amistad con mujeres. Y no, no es un “tema de mujeres” es un problema de socialización, de educación y de estereotipos, pilares que sostienen al patriarcado. Por eso es tan importante que entre mujeres comencemos a crear y a fortalecer redes de apoyo, que aprendamos que no es normal que tengamos que esforzarnos el doble respecto de nuestros compañeros y que no tenemos que seguir imponiendo obstáculos o complicaciones a mujeres que, como nosotras, quieren alcanzar un mejor puesto, un logro académico o uno personal.

Dejemos de asumir que si una mujer llegó a un puesto mejor que el nuestro es porque “algo hizo” y no por su capacidad; dejemos de pensar que entre mujeres tenemos que odiarnos por ser la “ex de” o la “nueva pareja de” alguien; dejemos de tratar mal a otras mujeres por “quedar” bien con los hombres o cumplir expectativas sociales -no tenemos que santificarlas, pero no podemos sumarnos a los descalificativos; dejemos de estigmatizar a las feministas y las pequeñas luchas que hacen desde sus trincheras; dejemos de aplaudir el esfuerzo mínimo de los hombres mientras exigimos estándares casi imposibles para las mujeres -por ejemplo, ser una súper-mujer que debe poder con todo.

Es fundamental que logremos entender que todas pasamos por experiencias similares -sin ignorar privilegios de raza y clase- y que el problema es el sistema impuesto por el patriarcado que nos obliga a rivalizar entre nosotras. La sororidad -hermandad entre mujeres- existe sin que tengamos que ser mejores amigas y necesitamos expandirla para que entendamos que si agreden a una respondemos todas.

Dejemos de creer que no se pueden crear vínculos significativos entre mujeres. Aunque es difícil porque las mujeres somos diversas, no somos seres perfectos ni podemos pasar por alto conductas violentas, tenemos que aprender a respetarnos y a acuerparnos aunque parezca que no tenemos nada en común. Estamos juntas en esto a pesar de todo.

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