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CaBayo de Troya – Lecciones de la pandemia

La pandemia por el Covid-19 nos ha dejado muchas lecciones e historias de vida. A muchísimas personas les ha cambiado el panorama, dando un giro de 180 grados.

La falta de oportunidades laborales, la crisis que acarreó esta emergencia sanitaria, no sólo cambió nuestros hábitos, sino también el esquema y expectativas.

Tengo un amigo –Tomás– que esta crisis le sacudió la vida. De tener dos trabajos, y vivir sin lujos pero bien, sufrió el recorte en uno de ellos. Y en el otro centro laboral, pese a que desde el inicio de la pandemia les dieron la opción de hacer home office, los pagos se retrasaron, pues a su patrón también le afectó la crisis.

Una vez que agotó sus pocos ahorros y saturar sus tarjetas de crédito, el siguiente paso de Tomás fue pedir apoyo económico de sus familiares más cercanos, para tener qué llevar a su mesa y pagar los servicios básicos en su hogar.

Obviamente al ya no contar con recursos cuando inició la pandemia, tuvo que sacar a su hijo de la escuela particular a donde asistía, y por consiguiente el niño ya no pudo seguir con sus clases en línea.

Esa situación sumió al jovencito en una profunda depresión, que hizo crisis con el encierro obligado.

Esa depresión en su hijo, y el tratar de adaptarse a una nueva realidad, hizo mella en su salud mental, y sus padres tuvieron que internarlo en una clínica particular, pues se corría el riesgo de que en los hospitales de gobierno se infectara de Covid-19.

Esa nueva situación obligó a Tomás a empeñar algunas de sus posesiones, para salir del paso de manera momentánea. Sin embargo, ya está en la lista negra, pues al no refrendar sus prendas en empeño, ya no puede llevar más.

Cada semana, su familia le presta dinero para abonar algo en la clínica particular por la estancia y tratamiento de su hijo, pero aún no puede liquidar la deuda para llevárselo a casa.

En su casa, ya le cortaron la luz, el gas, el internet, y Tomás debe salir a buscar dónde seguir trabajando a distancia. Por la cuarentena, no puede ir a casa de sus padres, pues al ser personas de edad se encuentran en riguroso confinamiento. Su automóvil está guardado, pues ni para gasolina tiene.

Hace poco lo apoyaron con un monedero electrónico de 5 mil pesos, que vendió en 3 mil 500 pesos a un amigo suyo, y el dinero sirvió para pagar el gas, el mantenimiento y darle un abono a la clínica donde está su hijo. Tomás no puede darse el lujo de mostrarse mal delante del resto de su familia.

Está deprimido, y me dice que llora por las noches a escondidas, esperando que pase pronto esta situación. Así como la de Tomás, hay miles de historias de personas que perdieron sus trabajos, no encuentran otro y su vida cambió de manera radical.

A todos ellos, nuestra solidaridad y empeño para que salgan ya de este impasse y se recuperen pronto…

carlos.bayo@angelmetropolitano.com.mx

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