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El feminismo no es un club social

Por Sara M Cabello

Si eres feminista, o por lo menos te llama la atención la idea del feminismo, probablemente has escuchado una de las consignas más taquilleras: lo personal es político. Y claro que sí. Por ningún motivo pretendo negarla. Nuestras vidas personales y nuestras acciones tienen repercusiones, y la forma de tirar el patriarcado es atacándolo tanto en el espacio público, como dentro de nuestros hogares y en nuestras relaciones cercanas. Esto, sin duda, no excluye a nuestras relaciones sexo-afectivas.

Las feministas pasamos de creer en los cuentos infantiles del príncipe azul a destruir mitos sobre la princesa rescatada y, poco a poco, con nuestro despertar feminista, fuimos intentando librar la batalla contra el horrible monstruo del amor romántico. Escuchamos que sentir celos estaba mal, que la monogamia tenía que ser cuestionada y así, muchos de los discursos que intentamos llevar a la práctica se fueron convirtiendo en ejes de acción. Se transformaron y hoy nos indican qué es lo que deberíamos estar haciendo porque “tenemos un deber feminista”.

Nos repiten que, si no tenemos relaciones sanas, deberíamos de huir de ahí. Y por supuesto que esto es lo deseable. Pero, por lo menos algunas, poco a poco, dejamos de escucharnos y cambiamos la aprobación masculina por la aprobación feminista. Y es que claro, ¿qué “buena feminista” estaría en una relación donde la minimizan, o donde sus necesidades no vayan primero?

Pues déjenme decirles que las “malas feministas” existimos. Y bueno, antes de que se espanten, no somos del todo malas. Sí, tenemos – o tuvimos – relaciones imperfectas, patriarcales y que siguen las líneas del amor romántico. Y por supuesto que nos damos cuenta de ciertos patrones problemáticos, pero la pena de aceptar que nos pudiera pasar a nosotras nos invade.  Nos inunda la sensación de que, si confesamos que fallamos, quedaremos excluidas del club de las buenas y ¡adiós!

Sin embargo, cuando hacemos esto, estamos cometiendo el acto más patriarcal. Y es cuando nos juzgamos que nos convertimos en malas feministas. Juzgarnos a nosotras mismas jamás será liberador ni deseable. Suficiente tenemos con un mundo entero haciéndolo. Es ahí donde debemos recordarnos la consigna taquillera: lo personal es político. No podemos tapar el sol con un pulgar. Destruir el amor romántico no es solo actuar otra vez como las personas a tu alrededor quieren que actúes ni repetir un discurso solo por quedar bien.  Erradicarlo implica ponernos a nosotras mismas en el primer plano y rechazar cualquier tipo de imposición.

Debemos cambiar la necesidad de cualquier tipo de aprobación por auto aceptación y entender que todas tenemos un proceso, que nadie viene al mundo siendo feminista y que no podemos volver a exigirnos la perfección que el heteropatriarcado nos exige.  Entendamos que a veces cuesta pasar del discurso a la práctica, pero que pretender la perfección no nos llevará a la misma. Así que seamos imperfectas; fallemos a veces, pero no dejemos que la perfección del discurso nos robe la verdadera liberación, porque el feminismo no es un club social, sino una lucha política donde buscamos la libertad.

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