/

Ser antirracista en un mundo globalizado

Foto EFE/EPA/TANNEN MAURY

Por María Cristina Hall

El último fin de semana de mayo, las protestas por la muerte de George Floyd a manos de la policía escalaron hasta alcanzar las afueras de la Casa Blanca. Desde México, miramos la televisión, criticamos a la policía o al vandalismo y después volvemos a nuestras vidas “normales” entre cuatro paredes (si tenemos suerte). Pero cuesta trabajo encontrar nuestra relación con todo ello, pues ser antirracista requiere de trabajo y cuestionamientos constantes.

El pasado 25 de mayo, George Floyd murió tras ser detenido por cuatro policías, uno de los cuales presionó su rodilla contra el cuello de Floyd durante más de ocho minutos – todo esto mientras Floyd decía “No puedo respirar”. El hombre murió. El policía responsable recibió cargos de homicidio de tercer grado, pero, aun así, más de 140 ciudades han estallado en protesta. Sucede que las personas negras mueren en manos de la policía con demasiada frecuencia. Ni si quiera es la primera vez que alguien muere al pronunciar la misma frase desesperada: “I can’t breathe”. Podríamos recordar el caso de Erik Garner.

¿Y nosotros, desde México, qué podemos hacer? En primera, tenemos que reconocer, cada quién, nuestros propios racismos. Muchos decimos “yo no soy racista”, simplemente porque nos abstenemos de provocar el sufrimiento directo de las personas negras por medio de epítetos. Sin embargo, la realidad es que vivimos en una sociedad en que los privilegios de la blanquitud se han propagado desde la conquista española. La Revolución, por supuesto, ayudó a repartir ciertos hacendados, pero no abolió el privilegio: el acceso a la educación de calidad (a menudo privada), los terrenos heredados, el acceso a la seguridad (también privada) y el transporte privado privilegian de manera desigual a los más blancos. Aceptar la desigualdad es una manera de ser racista. En México, el color de piel y la clase social a menudo coinciden. Entonces, ¿no somos racistas? 

El 21 de marzo, un vendedor ambulante también murió a manos de la policía, pero en la Ciudad de México. Aquí no hubo protesta alguna. Y hay maneras más discretas de ejercer la violencia sistémica: en las empresas, contratar a más personas de tez blanca que morena, es racismo. En las escuelas privadas sucede lo mismo. Decir que vivimos en una sociedad pos-racial también es racismo, porque niega las experiencias de discriminación vividas.

Lo que se requiere es un cambio sistémico, que comience con la acción afirmativa para promover la diversidad desde las escuelas, para que entonces todos tengamos acceso a los mismos trabajos. También es importante escuchar y leer perspectivas no blancas: no se trata simplemente de cooptar a las personas de color dentro de un sistema que ya existe, porque nuestro sistema siempre ha sido racista y patriarcal. No se trata de que todos leamos a Carlos Fuentes y Octavio Paz. Tampoco se trata de presumir los hermosos textiles de ciertos pueblos, pues las personas somos más que una atracción turística. Leamos a las pensadoras, de México y de otros países. Leamos a Zora Neale Hurston pero también a Yásnaya Aguilar, a Malcolm X y a otra autoras y autores que estamos por descubrir. La filosofía pública comienza cuando reconocemos y deconstruimos nuestros propios prejuicios para forjar, juntos, un mundo en que quepamos todos.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.