Entendamos la respuesta mexicana al COVID-19

Por María Cristina Hall

En la Médula entrevistamos a Rodrigo Ville, internista e infectólogo egresado del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, para entender cómo va la respuesta mexicana al COVID-19.

¿Por qué no se han hecho más pruebas de COVID-19 en México?

De acuerdo con el modelo de vigilancia epidemiológica que tiene México, no es un requisito hacer pruebas de COVID a todos los pacientes que tienen síntomas. El modelo se basa en “centinelas”: sólo se hacen pruebas a personas que llegan a ciertos centros, que se llaman “centinelas”, y eso nos puede dar una idea de cómo se está comportando el virus en la comunidad. Hacer pruebas a todos los pacientes sospechosos de tener COVID no sería práctico ni costeable en este país.

¿Por la baja cantidad de pruebas, es posible que haya muchos más casos de COVID-19 de los que se han reportado?

Por supuesto. En un primer escenario, puede haber personas que tienen síntomas tan leves que jamás van a darse cuenta de que están enfermos, pero estas personas sí pueden esparcir el virus.

En un segundo escenario, que funciona igual con la influenza y es parte del modelo centinela, habría que tomar en cuenta que todas las enfermedades respiratorias que llegan a los centros centinelas son notificables. No necesariamente se tienen que hacer pruebas para poder decir que existe una incidencia mayor de enfermedades respiratorias. Por ejemplo, en esta temporada del año, ya está por terminar la temporada de influenza y se espera que haya pocas enfermedades respiratorias reportadas. Entonces, si los hospitales “centinela” empiezan a reportar pacientes con enfermedad respiratoria, uno puede asumir que se trata de otra enfermedad – en este caso, de COVID-19 – aunque no se les hagan las pruebas. La cantidad de hospitalizaciones por neumonía “atípica” (diferentes a las bacterianas) y, por supuesto, las muertes por neumonía también serían indicadores.

Así pues, existen estos dos escenarios. Por un lado, sí puede haber personas asintomáticas esparciendo la enfermedad, pero, por otro lado, puede ser que las personas reporten sus síntomas, vayan al hospital y, aunque no se hagan la prueba, se diagnostiquen como COVID-19.

¿Vamos atrasados en nuestra respuesta al COVID-19?

Yo creo que no vamos atrasados. El plan de contingencia está predefinido con base en la experiencia con influenza y otras enfermedades del pasado. Existen fases epidemiológicas claras en que se van instalando diferentes medidas. México, en cuanto detectó casos comunitarios, dictó la fase 2. Quizá haya un retraso de 24 o 48 horas, porque se tiene que tomar una prueba, procesarla, corroborarla y subirla a la jurisdicción sanitaria.

¿Qué pasa después de haber achatado la curva?

Lo que se intenta buscar no es que la población no se enferme, porque eso es inevitable. La pandemia no se puede detener y va a haber casos. Buscamos que los casos no se presenten en un pico y que estén dispersos a lo largo de mucho tiempo, para que el sistema de salud tenga la capacidad de responder. Si sólo se dispone de un número pequeño de camas de terapia intensiva con ventiladores y el pico supera esa cantidad de camas, mucha gente no alcanzaría la atención. En cambio, si se enferman a lo largo de varios meses, la gente tendrá mayor posibilidad de recibir la atención que necesita.

¿Cómo acaba esto?

Esto es impredecible. Sabemos que es imposible detener una pandemia, pero esperamos que se pueda aplanar la curva y dar la atención a todas las personas. Lo que sí sabemos es que todas las pandemias terminan. Esto eventualmente va a acabar y todos vamos a salir adelante.

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