No era paz, era silencio

Por Ana Sujeiri

Estamos en un momento que está marcando al país, las mujeres estamos haciendo historia; ya no nos vamos a quedar calladas y vamos a señalar que no es normal vivir esta violencia de género, que ser mujer en México no debe ser nuestro mayor peligro a enfrentar, que lo que vivieron nuestras abuelas, o nuestras mismas madres no era paz, era silencio.

Marchar el 8 de marzo tiene que ver con ello, con los 10 feminicidios de mujeres con nombre y apellido que mueren todos los días en México, con la violencia que se replica tanto en el espacio público como en el privado, con el hostigamiento sexual y la falta de credibilidad hacia las mujeres. La marcha del 8 de marzo fue una marcha diferente, ahí no existía el acarreo partidista ni el liderazgo único, era un reclamo al Estado, al sistema patriarcal, penal y mediático, no al presidente en turno. Es un grito que sobrepasa la política y las personalidades actuales.

El impacto fue enorme, para muchas era su primera marcha y en un inicio fueron con miedo y con muchas dudas, pero estando ahí se dieron cuenta de la energía, de los testimonios y de la sororidad que las mujeres tenemos. Éramos miles de mujeres denunciando la violencia que vivimos a diario, compartiendo nuestras experiencias con lágrimas, enojo, risas, pero sobretodo esperanza de un mejor mundo para nosotras y para las que vienen.

Paramos el 9 de marzo para cuestionar el rol de las mujeres en una sociedad que nos mata. Para hacer una reflexión del impacto que cada una de nosotras tiene, y no solo si faltan todas, que el simple hecho de que falte una, le cambia la vida a todos. A los hombres que se están colgando la medalla de aliados, queremos decirles que los estamos observando, que tienen que ser coherentes con lo que están predicando y sus acciones, porque no seguiremos permitiendo sus actitudes misóginas y machistas.

Así son las formas, porque la indiferencia es un privilegio de clase, porque si muchas no hubiéramos nacido con todas las comodidades que la estructura nos da, nuestras luchas cambiarían radicalmente. Porque estar inconformes y parar al país es un privilegio. Paramos por las que no pueden hacerlo porque no están y por las que se ven obligadas por este sistema a vivir al día. 

En este 8 de marzo, no existió divorcio entre las que tiran y las que marchan, entre las radicales y las liberales, entre las mujeres mayores y las niñas. El movimiento feminista rompe la polarización de clases que nos han impuesto y nos ayuda a entender que hay múltiples formas de ser mujer, que no existe un monopolio del feminismo y que todas las mujeres de este país y del mundo somos igualmente valiosas.

Nunca olvidaremos a las que no están, a las que nos faltan, ni a los que nos las quitaron. Si la paz era silencio, entonces que no exista paz.

Mejor “violenta” que violentada sin vida.

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