Genealogía del pensamiento

Por Andrés Moya

Me encuentro leyendo “El sentido del pensamiento” del filósofo alemán Markus Gabriel. Todavía me queda un largo trecho hasta finalizarlo, pero no tanto porque lleve leídas pocas páginas, que no es el caso, sino porque cada una de ellas me invita a la reflexión. Me detengo a pensar sobre las ideas que el autor me va proporcionando, ideas que me sirven para reconsiderar o refinar las mías propias, especialmente todas aquellas que tienen que ver con la ciencia.

El hecho de que la obra de Gabriel verse sobre el pensamiento y su sentido y que yo trate de reflexionar sobre el pensamiento a la luz de la ciencia me lleva a pensar que algo en común guardan ambas aproximaciones. Y ese algo en común es el propio ser humano, porque pensamiento y ciencia son dos genuinos productos del mismo. Desde mi “pensar desde la ciencia” llego con facilidad a la genealogía del pensamiento humano. Para Gabriel, por otro lado, el pensamiento es algo genuinamente humano, como un sentido más, aunque expuesto de forma creciente en los últimos tiempos a su propia destrucción por falta de uso. Dejar de pensar, suspender el pensamiento, es más fácil de lo que pueda parecer y hacerlo, en efecto, conduce de forma inexorable a la extinción de la humanidad en pro de otro tipo de entes. Pero, siendo nosotros entes conscientes: ¿cómo vamos a ser capaces de abandonar nuestra cualidad más destacable?

Gabriel formula dos leyes, que llama antropológicas, que pueden ayudar a entender el amenazante peligro al que estoy haciendo referencia. En su primera ley sostiene que: “el ser humano es el animal que rechaza su propia condición como tal”. Yo reformularía la ley en los siguientes términos: “el ser humano es el único animal que puede rechazar su propia condición como tal”. Asumir nuestra animalidad, que haya llegado a formar parte de nuestra naturaleza, es una de las grandes aportaciones de la ciencia. Tesis previas siempre han posicionado al ser humano como un ente libre de animalidad. Pero también la ciencia va desgranando cómo llegamos a desarrollar el pensamiento que nos caracteriza. Sobre el trasfondo evolutivo de nuestra evolución animal podemos trazar la genealogía, yo diría que sinuosa, de cómo el pensamiento ha llegado a la especie humana.

Por otro lado, rechazar nuestra animalidad es una aspiración cuanto menos dudosa. No sabría decir si tal rechazo es un deseo no explicitado por parte de algunos de volver a épocas pre-científicas, simplemente abominando de ella, o más bien, por parte de otros, de aspirar a lo mismo, pero sobre bases científicas no del todo asentadas. Ambas posiciones, como digo, pueden desear prescindir de ella, erradicarla, pero no se puede eliminar, así como así, nuestra real animalidad. Dicho de otra forma: cualquier intento por erradicar nuestra condición animal, que no es otra cosa que erradicar nuestra propia biología, requiere tener un conocimiento de la misma que, a mi juicio, dista mucho de ser completo. Ya Heidegger caracterizó bien cómo es el proceder de la ciencia, en este caso la ciencia sobre nosotros mismos: por aproximaciones sucesivas y multifacéticas, nunca partiendo de una aprehensión o intuición fundamental de aquello que pudiera ser.

Puede ayudar a entender mi argumento, querido lector, el explicar la segunda ley antropológica de Gabriel, a saber: “el ser humano es un ser espiritual libre”. Esta tesis del filósofo podría dar la impresión de que trasciende la ciencia, pero tengo mis dudas porque tanto el concepto de espíritu como el de libertad admiten una interpretación racional por parte del autor. Para Gabriel el espíritu es “lo que representa la capacidad de vivir la vida a la luz de una imagen que refleja lo que es el ser humano”. Y el poder realizarla, sustanciarla, constituye la dimensión de libertad. ¿Quién tiene capacidad de hacerse una representación sobre sí mismo y además de ser libre, que no sea el ser humano?

Ahora pensemos donde podemos llegar en caso de prescindir del pensamiento o, mucho peor, en el caso de ir más allá de nuestra biología cuando todavía no la conocemos y nos recreemos en seres que ya no son nosotros. De manos de la segunda ley o, mejor, de su ausencia, nos dirigimos hacia entes que, probablemente, no tengan posibilidad alguna de desarrollar una imagen de sí mismos ni, por lo tanto, de ser libres.

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