Humanismo y ciencia

Por Andrés Moya

Si empezamos por el final, convendremos en que la ciencia es una institución al servicio del aparato productivo de las naciones y del sector privado, desde las pequeñas empresas hasta las multinacionales. Con toda la evidencia a favor, podemos afirmar que la ciencia es la más poderosa aliada para el crecimiento económico y el progreso. No voy a entrar, no obstante, en qué significa exactamente crecimiento económico y progreso. Por una razón, esos dos términos quedan pobres si no precisamos quién es el beneficiario de los mismos. Es decir, hay que adjetivarlos e indicar quienes son: ¿las naciones? ¿Los pueblos? ¿Los ciudadanos? ¿Toda la humanidad? El debate está servido si entramos, que se puede medir si todos esos colectivos se benefician.

Sostengo, con cierto encono, aunque estoy dispuesto al debate, que la ciencia es probablemente la institución social que más bienestar proporciona a toda la humanidad; es decir, a todos y cada uno de los miembros de nuestra especie. En una supuesta carrera por ver quién gana en este loable empeño afirmo que la ciencia, con respecto a otras instituciones, gana a distancia. Pero fíjese querido lector que estoy haciendo una formulación en términos relativos. No estoy formulando la idea de que la ciencia aporta bienestar absoluto. Momentos a lo largo de la historia, o diferentes colectivos, han podido sufrir las consecuencias negativas de la ciencia. Pero, insisto, desde la perspectiva de la perfectibilidad creciente, de que todo es mejorable, la ciencia lidera la contribución al bienestar humano.

Pero de la ciencia que he hablado aquí es la ciencia positiva, cuando la ciencia en realidad es mucho más, no solo hay que examinarla bajo la perspectiva de su contribución, o no, al bienestar humano o la salvaguarda del planeta. Es importante esto que aquí indico porque es muy manida la crítica a la ciencia bajo la exclusiva perspectiva de que sirve a los intereses de unos pocos más que a toda la colectividad. Cuando se identifica la ciencia con crecimiento económico o con progreso corremos el riesgo de dejar de lado aquello que es genuino de la ciencia: una apertura sin fin al conocimiento del mundo.

Hay que recordar una y otra vez cómo surgió y qué hay detrás de todo aquel movimiento que durante el siglo XVI transformó para siempre nuestra forma de entender y explicar el mundo. Lo positivo en ciencia es un añadido que ha corrido paralelo a su desarrollo, y ha tomado tanta prestancia que ya no hay institución pública o privada que se precie que no recurra a ella. Pero existe un sentido más profundo, más fundamental, muy propio de cada individuo, de lo que supone hacer y conocer la ciencia que creo que es factible considerarla bajo el paraguas del humanismo. La ciencia como liberación por el conocimiento es antitética a la idea de que ciencia y humanismo son incompatibles.

Antes que hablar de economía basada en el conocimiento o progreso de la humanidad debido a la ciencia o, en otras palabras, la ciencia positiva, tenemos la ciencia tal cual, la que nos ayuda o nos hace cuestionar cualquier asunto. En ese sentido, es crítica incluso con respecto a la propia ciencia positiva. No es objetivo de ella, aunque lo consiga en mayor o menor grado, fomentar el bienestar. Por tanto, educarnos en ciencia, no necesariamente en ciencia positiva, abre una vía de conciliación con el humanismo, incluido el más beligerante y crítico que siempre la posiciona al servicio de los diferentes poderes.

En muchos lugares del planeta se encuentran haciendo ciencia los individuos más desprendidos y bondadosos que nos podamos imaginar, sin otro interés que ir tras la explicación o el hallazgo. Y también, en cualquier lugar, por remoto que sea, se encuentran muchos otros tratando de entender y explicar eso tras lo que andan los científicos. Es bajo esa doble perspectiva, la de aquel que la hace por vocación y el que la sigue por devoción, que la instrucción en ciencia se hace tan necesaria. La liberación por medio de la ciencia compete a ambos, y ambos deben estar instruidos, no porque con ello vayamos a ser elementos que contribuyamos a la cadena de producción, el consumo, el crecimiento o el progreso. Por cierto, y sin una posición preponderante frente a otras formas de conocimiento. No se ajusta a la realidad el que se muestre a la ciencia como una institución exclusivamente volcada y devota de los poderes que la financian.

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