¿Cómo es vivir en el país con más muertos?

Por Roberto de la Madrid

De la noche a la mañana, aquí donde estoy, se convirtió en el país con más muertos por Coronavirus después de China. Y claro, la gente tiene miedo. Un miedo que tiene un rostro que quiero compartir. Como Irán es un país islámico, hay ciertas características muy singulares. A primera vista, las calles. Figuras envueltas en tela, que desde lejos parecen cucuruchos moviéndose, moviendo un pico blanco como si fueran pájaros. Son las mujeres que por ley nacional van cubiertas con el velo islámico o con el chador negro —que es la manta de pies a cabeza—, y ahora, además de por la epidemia, llevan una mascarilla blanca que cambia el paisaje.

Así como en las avenidas, oficinas o el metro. Después de lo pintoresco, viene lo creativo, la superstición, el rumor y la anécdota. En medio de la emergencia, uno de los máximos mandos de la fuerza especial para frenar el Coronavirus, se contagió de Coronavirus, el Viceministro de Salud, quien apareció en una conferencia de prensa diciendo a la gente que no se preocupara que todo estaba controlado. Al día siguiente, dio positivo.

La Vicepresidenta del país también se contagió. Y uno se pregunta, si eso le pasa a los que deben frenar el virus, qué será para la gente de a pie. Para continuar con la fuerza de la fe, en la mezquita de Qom, la ciudad con más casos, el clérigo que la cuida pedía no cerrarla, al ver que los protocolos epidemiológicos recomiendan cerrar todos los centros de reunión como escuelas, iglesias, cines, eventos religiosos y sociales. Su argumento era que la mezquita estaba protegida del virus, y que de hecho tenían que ir ahí los enfermos para curarse milagrosamente. En el terreno del remedio y la opción, en las redes sociales apareció otro famoso clérigo —quien normalmente desafía a la medicina moderna—, afirmando que tenía la medicina contra el Coronavirus.

Su remedio establece: comprar aceite de violeta, ponerlo en un pedazo de algodón, enrollarlo, y antes de dormir, metérselo en el ano; toda la noche, si es posible y uno queda curado. Atravesando todas estas pinturas surrealistas, incluyendo a alguna autoridad que decía que poner en cuarentena una ciudad era de la “edad de piedra”, está lo más grave. Los muertos, la ansiedad en los contagiados y la incertidumbre en los sanos. Las mascarillas o tapa bocas, el alcohol, desinfectantes, sprays, se agotaron totalmente, y si existe uno, cuesta 10 veces más.

Los países vecinos cerraron sus fronteras, estamos cercados. La mayoría de aerolíneas suspendieron sus vuelos a y desde Irán no podemos salir. La vida sigue, el número de muertos crece, el de infectados también, y a la mala economía, de por sí aplastada por las sanciones de Donald Trump, hay que agregarle el desaceleramiento productivo por la epidemia, la inestabilidad del petróleo —su principal fuente de ingresos—, inundaciones, dos terremotos, la amenaza de guerra y el derribo de un avión de 176 pasajeros con un propio misil de casa. Ante todo esto, solo queda la conclusión de que la vida tiene la belleza y la fragilidad simultánea de una flor, claro, no me refiero a la violeta que propone el clérigo.

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