El silencio en la filosofía

Por Rosario Sarmiento

Hacia el siglo VI a.C. se fundó en la Antigua Grecia la escuela pitagórica. Pitágoras de Samos creó una secta matemática y espiritual en torno a una serie de rituales que hicieron de sus discípulos grandes pensadores filosóficos. Para ellos, el origen de todas las cosas son los números, unidad de todo y principio de la realidad.

Todo en el universo se puede entender con los números y las figuras geométricas. Por ejemplo, el 1 representa un punto, el dos la línea, con el tres se forman las superficies y llegando por fin al 4, tenemos el volumen. Todo en el universo contiene estos números y si los sumamos 1, 2, 3 y 4 nos dan el 10 que representa el cosmos en general.

Los pitagóricos tenían que esconderse porque políticamente eran perseguidos; para los tiranos del tiempo, y no sólo del tiempo de Pitágoras, el conocimiento era peligroso y no querían permitir que las personas salieran de su ignorancia.

Pues bien, para protegerse formaron esta secta secreta en donde practicaban una alimentación muy rigurosa, enseñaban matemáticas, tocaban música, aprendían astronomía y formas ascéticas de vida.

Estrella Pitagórica

La costumbre que más me llama la atención de los pitagóricos es la práctica de guardar silencio. Los alumnos principiantes debían guardar silencio durante dos años, por eso se conocían como los acusmáticos (oyentes) y sólo podían participar y adquirir el grado de matemáticos pasada esta etapa. El que no escucha no aprende y sólo con el aprendizaje adquirido se puede empezar a dialogar.  Esta práctica del silencio la hemos perdido al menos en las grandes ciudades, todo el tiempo hay ruido, sonidos no siempre armónicos y antes de escuchar tendemos a interrumpir al otro que inició la conversación. Un estudio indica que muchas veces ni tan siquiera esperamos 10 segundos y ya estamos hablando a la par del otro.

Recuerdo una canción cuyo título es “el silencio es oro”, o un dicho que afirma que: “si lo que vas a decir no es más importante que el silencio, entonces calla” o el filósofo austriaco del siglo XX, Wittgenstein, quien afirma: “Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. También Byung Chul Han, del que ya hemos hablado, que dice que vivimos en un enjambre de ruido y que debemos desconectarnos en algunas ocasiones durante el día.

Silencio, pero no agresivo, no la “la ley del hielo”, silencio prudente, conscientes de que muchas veces gastamos energía en hablar y hablar en lugar de escuchar con atención.

Al guardar silencio escuchamos los sonidos exteriores, ruidosos y no; al cabo de un tiempo de práctica nos escuchamos a nosotros mismos, quizá lleguemos a oír la voz de nuestra conciencia, y de manera más profunda lleguemos a escuchar lo que el Universo o Dios, como tú lo prefieras llamar, tiene que decirnos.

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