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El dilema de los virus

Por Andrés Moya

Nos encontramos ahora mismo bajo la expansión epidémica de un brote de coronavirus, que es una nueva cepa respecto a otras aparecidas en el pasado. Hace poco también apareció otro nuevo brote de ébola y anualmente estamos al tanto de si entra una nueva cepa del virus de la gripe. Son virus los que están tras múltiples infecciones, desde el resfriado común hasta el virus del SIDA. 

La lista podría hacerse interminable porque aquí y allá, en muchos puntos del planeta, también se registran casos de infecciones provocadas por virus que ya están identificados. Bueno, identificados hasta cierto punto porque, aunque se les puede clasificar por su parecido genético con virus previos, ocurre que los brotes suelen corresponder a nuevas cepas. Por pequeños que sean los genomas de los virus, son casi infinitas las variantes, y es alguna de ellas la que hace acto de presencia, tiene éxito para proliferar y expandirse. Así vistos, aunque no se les considere seres vivos autónomos, los virus son los más darwinianos en esa cuestión tan fundamental y cara a la propia vida: sobrevivir.

Hemos de abandonar la idea de que las infecciones y los brotes de virus y sus epidemias o pandemias es algo que nos pilla lejos, que se producen en lugares recónditos o exóticos. Querido lector, los virus están en todas partes, viven alojados en todo tipo de especies, la nuestra incluida y, con cierta probabilidad, pueden saltar entre ellas. 

Si brotes de cepas muy infectivas en nosotros aparecen en algún lugar, hemos de ser conscientes que los virus, máxime en un mundo globalizado con las facilidades que tenemos para el desplazamiento, van a expandirse por todo el planeta cual tercer invisible pasajero. Es verdad que unos son más peligrosos que otros y que, en promedio, medido por la capacidad que tienen, por ejemplo, para acabar con la vida del hospedero humano, se puede hacer un ranking de peligrosidad. Pero pensemos en lo que he comentado anteriormente: los virus, como cualquier otro ente vivo, tratan de maximizar su supervivencia.

No hay nada consciente en tal proceso, todo es cuestión de replicarse y replicarse. Pero los virus necesitan de otros seres vivos para hacerlo. Si acaban con ellos, con ellos desaparecen. A no ser, claro está, que antes de matarlos puedan transmitirse a otros seres vivos. Un virus puede ser muy virulento, con capacidad para causar enfermedad y acabar con la vida del hospedero. Y, lógicamente, el virus se transmite, puede pasar de un hospedero a otro, también con mayor o menor facilidad. No parecen ser dos propiedades que vayan a la par. 

Son algo antagónicos; veamos. 

Es un principio general a los seres vivos: los recursos para mantenerse vivos y para dejar descendientes son limitados. Si los recursos se emplean, por ejemplo, para dejar muchos descendientes supervivientes cuando se es joven, va a ser a costa de tener una vida menos longeva.

Pero ser longevo puede ser una buena alternativa, porque los descendientes que se van a dejar van a ser escalonados y, si se vive mucho, al final es posible que hayas dejado un número similar al de descendientes supervivientes que dejó el menos longevo. Ahora bien, no parece que se puedan tener muchos descendientes y ser muy longevos.

A los virus les pasa algo parecido con su virulencia y su transmisión. Ser muy virulento es ventajoso para el virus porque se replica mucho en su hospedero, pero eso puede comprometer su transmisión porque acaba matando al hospedero antes de que se transmita. Y ser muy transmisible también es ventajoso para el virus porque se garantiza pasar de unos hospederos a otros, pero a costa de reducir su virulencia, su replicación en cada hospedero. El virus ideal, desde la óptica del virus, sería aquel que fuera a la vez muy virulento y muy transmisible, porque ambos factores contribuirían a su mayor replicación. Pero la investigación sobre ellos no revela hasta el momento que existan o vayan a existir ese tipo de virus. 

El actual brote de coronavirus parece tener una particularidad respecto del último que hubo: pacientes portadores asintomáticos parece que pueden transmitirlo. Es una excelente estrategia para el virus, claro, el pasar desapercibido de esta forma y transmitirse. Pero, y esto es lo importante, su virulencia no es tan grande, parece que la mortalidad que provoca está por debajo de la de cepas de brotes anteriores.

Aunque el tema de la transmisión por asintomáticos supone un monumental problema de salud pública, hay que hacer notar la magnífica forma en cómo se está acometiendo la investigación y la adopción de medidas a escala mundial para atajar el actual brote.

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