Entre lo necesario y lo accidental

Por Andrés Moya 

Dos publicaciones científicas han aparecido en la tercera semana de enero de 2020, lo que me ha llevado de nueva cuenta a reflexionar en torno a la cuestión sobre lo necesario y lo accidental en la evolución de la vida. Por un lado, el hallazgo reportado en la revistaNaturede una especie de arquea que vive en los fondos marinos, a más de 2 mil 500 metros de la superficie, y que está en la interfase entre los procariotas y los eucariotas, aportando evidencia sobre cómo se pudo formar la primera célula eucariótica. Se trata de la arquea detectada, hasta el momento, más próxima evolutivamente a los eucariotas. 

Al parecer, algún tipo de arquea similar a ésta tuvo la capacidad de enredar entre sus tentáculos alguna bacteria, engullirla y hacerla endógena; es decir, con capacidad de quedar y reproducirse dentro de aquella. Es así como parece haberse formado la célula eucariota. 

El otro resultado, publicado en la revista Science, parece dar soporte a las tesis de los impactistas (entrada e impacto en la Tierra de meteoritos) frente a los vulcanistas (emisión de productos propios de los volcanes) de que el meteorito de más de 10 kilómetros de diámetro que impactó hace unos 66 millones de años en la península de Yucatán y que formó el cráter Chicxulub, de unos 200 kilómetros de diámetro, es el responsable primario de la última gran extinción masiva, que llevó a los dinosaurios a desaparecer. Aunque hay que comentar que han habido otras extinciones masivas previas donde la acción de los volcanes ha sido determinante. 

Uno no puede dejar de sentir perplejidad y estupor a la hora de pensar lo que para la vida supone estos dos fenómenos y otros parecidos, que han acontecido a lo largo de la evolución en nuestro planeta. En primer lugar, la persistencia y tenacidad de la vida para continuar y evolucionar a pesar de tan graves accidentes antivitales. Con denodado ímpetu, la vida continua, en realidad una especie de nueva vida o neo-vida. 

Las grandes extinciones han sido responsables de pérdidas enormes de biodiversidad, aunque no viene al caso entrar en detalles sobre qué se perdió y qué continuó, pues lo cierto es que la vida se mantiene. Ya sabemos que en nuestro planeta no habrá vida dentro de unos diez mil millones de años, cuando el Sol se agote y estalle. El trecho que le queda es largo todavía, porque si apareció hace unos tres mil quinientos millones de años, solo ha recorrido un 25% de su camino, y aún le resta un 75%.

Y en segundo lugar: ¿qué ha ido descubriendo la vida en ese primer trecho? Muchas cosas, en realidad. Se suele sostener que esos descubrimientos son accidentes también del mismo tipo, pero con efectos totalmente contrarios a los que han provocado la desaparición de vida en forma masiva. Pero a mí me da, querido lector, que son accidentes de distinto tipo; es más, diría que en su evolución la vida se dota de las condiciones para que, de forma necesaria, vayan apareciendo aquí y allá novedades progresivamente más complejas.

Con cierta arrogancia, probablemente antropocéntrica, se afirma en los medios que la aparición de la célula eucariota representa la entrada en la vida compleja. No obstante, es verdad que a partir de ella, luego aparecieron plantas, hongos y animales.

Mucho hay que investigar todavía, sobre cómo y por qué, si, también por qué, ha sido la evolución de la vida como ha sido. Aquí y allá, en el gran árbol de la vida, cuando los estudiamos en toda su dimensión, nos encontramos con la repetición de fenómenos, convergencias evolutivas, que parecen darnos a entender la existencia de una cierta necesidad cuyas leyes todavía nos son ajenas.

Esa misma complejidad a la que hago referencia: ¿es inevitable cuando la vida ha aparecido en un planeta? Nosotros hemos aparecido hace casi nada. Es mucho lo que nos queda por investigar para saber cuánto tenemos de accidentalidad y cuánto de necesidad. Ahora bien, si nos atenemos a lo que le queda, a nuestro planeta para albergar vida, vamos a pensar que también es vida inteligente, es mucho el camino que nos queda por recorrer y, muy probablemente, para poder responder a tan importantes cuestiones. 

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