Pensar despacio en la ciencia

Por Andrés Moya

Es de saberse que actualmente existe una gran presión sobre los científicos para la publicación de los resultados de sus investigaciones. Los que nos movemos en este mundo sabemos la importancia que tiene mostrar un descubrimiento a la comunidad lo antes posible. 

Como cualquier persona perteneciente a un colectivo, el de los científicos no es ajeno a esta doble circunstancia de hacer currículo con base a resultados originales, o que sus miembros quieran ser los primeros en reportarlos. Por desgracia hay muchos peligros detrás de estas aspiraciones, porque “hacer currículo” o “ser el primero” no son las razones fundamentales que deben subyacer o motivar al científico, por legítimas que nos puedan parecer. 

El quehacer de la ciencia es, o debe ser, otro, y conviene no olvidarlo. Por quijotesca que parezca, aquí va la advertencia y la firme propuesta de enfrentarnos a la lacra en que se está convirtiendo el famoso dicho: “publica o perece”. 

No dejemos en manos terceras lo que es un claro compromiso de todo aquel que se considera científico: el luchar contra esa lacra, porque lo legítimo, lo consustancial para la ciencia es tratar de descubrir y explicar los fenómenos de la naturaleza; recordemos que las variables tiempo y oportunidad para adentrarnos en ellos son accesorias, cuando dejan de serlo y anteceden o se imponen a lo que es el proceder objetivo de la ciencia, entramos en aguas peligrosas, que casi siempre son demasiado abundantes. Repito, no dejemos en manos de terceros, ni recurramos a un supuesto efecto de la superestructura de la ciencia actual –contra el que no se puede ir– para argumentar que nada podemos hacer al respecto. Yo creo que no solo se puede, sino que se debe.

La propia ciencia como institución se organiza hoy, en buena medida, alrededor de los méritos curriculares de aquellos que quieren formar parte de la misma. Nada que objetar a un mundo de recursos limitados, en este caso los puestos y el dinero en los centros de investigación y las universidades, para que esos recursos los obtengan los más cualificados.

He aquí el gran asunto: ¿cómo dar con ellos? No es un tema fácil, porque el sistema es perverso y al final puede darnos gato por liebre.

Lo primero es la ciencia y optar entonces por aquellos que tengan las mejores competencias intelectuales y emocionales para crearla, pero… ¿cómo descubrirlos? Los investigadores más jóvenes se ven envueltos en una dinámica frenética por obtener resultados que puedan publicarse, para acrecentar sus méritos y así obtener puestos estables dentro de alguna institución. 

Los jóvenes científicos no son el único colectivo dentro de la ciencia más afectado por esa plaga, también los científicos consolidados entran en la dinámica de reportar lo antes posible sus resultados en las revistas de mayor prestigio, tanto por aumentar su renombre, como por conseguir los competitivos fondos que les permitan seguir con la investigación.

Los primeros tienen en mente desarrollar su currículo y los segundos, ser los primeros. Aunque les asistan distintas y dudosas razones, subyace una común, también dudosa en sí misma: la rapidez. Aquí me refiero a la pronta “salida a la prensa” del resultado. Querido lector, quedaría sorprendido al comprobar el bajo porcentaje de repetitividad de muchos de los resultados de la ciencia que se publican en las grandes revistas.

Ni tan siquiera merece la pena que dé ese número, porque la ciencia se basa, precisamente, en su repetitividad. Si ese porcentaje existe, algo falla en la estructura. En ningún lugar está escrito que la ciencia deba hacerse deprisa y
corriendo, todo lo contrario. Hay que repetir y contrastar una y otra vez hasta tener certeza de la consistencia de aquello que hemos descubierto o explicado. 

Y si el sistema impone una dinámica diferente, contra ello debemos de ir y poner los medios a nuestro alcance para volver a la senda correcta.
Al respecto, se me ocurre un eslogan: “piensa despacio”. No digo
“piensa poco” o “trabaja poco o solo lo justo”, por el contrario: el esfuerzo
y el trabajo continuo y sistemático, el que subyace a la convicción de
que estás frente a algo relevante, es una buena guía que debe acompañar a ese “pensar despacio” para hacer la ciencia de siempre

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