¿Te sientes encadenado a la vida?

Por Rosario Sarmiento

En nuestras últimas entregas hemos estudiado preguntas filosóficas referentes a la felicidad, la soledad, la lucha por la igualdad, por mencionar solo algunas; no obstante, en esta ocasión es pertinente cuestionarnos sobre un concepto tan abstracto que ha llenado la cabeza de grandes pensadores con más preguntas que respuestas: ¿estoy determinado por la vida y el destino, o soy quien tiene las riendas para escoger el camino que me permita crear mi propia historia fuera de lo establecido?

Como podemos observar en esta interrogante existen tres posibles resoluciones para encontrar quién es el verdadero juez de nuestras vidas.

La primera tiene que ver con aceptar que existen en nuestras vidas destinos que, a pesar de tratar de esquivarlos y tomar caminos diferentes, siempre nos alcanzarán. Los clásicos griegos conocían bien este fatalismo, lo conocían tan bien que lo expresaban en grandes tragedias como Edipo Rey, en la que se retrata la historia de un rey que, a pesar de tratar de escapar de su destino, de no matar a su propio padre y mantener una relación con su madre, eventualmente es apresado por él, consumando así su perdición.

Lo interesante, mi querido lector, es que no sólo los griegos pensaban así; por ejemplo, Freud pensaba firmemente que nuestro carácter se determinaba en los primeros siete años de nuestra vida y que lo que llamamos comúnmente como “libertad”, no era más que una cuestión de conocer dichas determinaciones y aprenderlas a manejar en la vida.

Por si fuera poco, los conceptos del determinismo y la libertad no solo se hacen presentes en los cuestionamientos y posturas de los grandes filósofos y psicoanalistas.

En este aspecto, siempre he pensado que en los dichos mexicanos se encuentran todos los grandes conceptos de la filosofía de una manera popular, simplificada y pegajosa, incluyendo los que estamos tratando en esta entrega.

Para ejemplificar lo anterior, he aquí dos dichos que quedan como anillo al dedo: “el que nace con maceta no pasa del corredor” y “genio y figura, hasta la sepultura”.

La segunda postura es la que piensa que somos totalmente libres, es decir, lo mejor y lo peor que nos sucede en la vida es porque así lo hemos decidido. No hay futuros establecidos, ninguna fuerza divina que establezca las reglas del juego, nosotros somos quienes las creamos a cada instante, haciéndonos dueños de nuestros propios destinos, amos de nuestras vidas.

Para ejemplificar esta idea, qué mejor manera que con la famosa frase de Sartre que nos condena: “Estamos encadenados a nuestra libertad”. Paradójica frase, considerando que términos tan opuestos como las cadenas y la libertad no suelen ir de la mano, aunque si soy sincera, en ciertas circunstancias de la vida pareciera que nuestro amigo Jean Paul Sartre tuviera razón.

Para concluir, nos encontramos con la tercera y última postura filosófica, la cual admite que nuestras vidas están marcadas por el libre albedrío, aunque, seguramente te preguntarás: ¿a qué se refiere este término tan llamativo?

El libre albedrío hace referencia a la capacidad que tenemos de tomar decisiones únicamente a partir de las condiciones de nuestro pasado. Es importante señalar, querido lector, que estar condicionados no es lo mismo a estar determinados.

La determinación genera necesidad, mientras que la condición permite mayor movimiento en la vida. Dicho de otro modo, el libre albedrío nos permite elegir, pero solamente dentro de ciertas opciones. Por ello, la libertad no es absoluta, ya que estamos envueltos en condiciones que nos limitan, sin embargo, aún tenemos algún tipo de poder de decisión dentro de estas.

Retomando esta idea, podemos establecer que nuestras infancias están estrechamente relacionadas al destino. Debido a esto, nos quedamos con poco espacio para movernos libremente.

Al filósofo Henri Bergson le debo este conocimiento, el cual nos recuerda que estamos condicionados por nuestras circunstancias pasadas, no obstante, es a partir de aquella historia personal donde surge nuestro poder de elección.

No quisiera terminar esta entrega, querido lector, sin antes preguntarte: ¿tú qué piensas de la libertad? 

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