Inteligencia y conciencia

Rosario Sarmiento

Durante mucho tiempo y en gran parte de la historia, se tuvo la seguridad de que la especie animal (sin considerar a los humanos) carecía de inteligencia, actuando exclusivamente de manera instintiva, siendo nosotros los únicos capaces de utilizar el razonamiento, la lógica y el pensamiento crítico. Sin embargo, querido lector, me parece que esta idea es inexacta y poco fundamentada, ya que la especie humana no tiene el patrimonio exclusivo de esta facultad, incluso podríamos decir de que los animales, en cierto grado, son seres inteligentes. 

No obstante, resulta imprescindible, querido lector, distinguir entre inteligencia y conciencia, ya que los animales, pese a ser inteligentes, no cuentan con este segundo concepto. 

La inteligencia permite a los humanos, en mayor medida que a los animales no humanos, entender el mundo que les rodea, distinguir entre diferentes objetos, aprender, comprender y razonar. Esta facultad es tan importante y relevante, que sin ella hubiera sido imposible el progreso de la humanidad: no habría ciencia ni investigación, los aparatos más simples y los más complejos nunca se habrían inventado, incluso probablemente seguiríamos viviendo en la prehistoria. La conciencia, por su parte, es muy diferente de la inteligencia, aunque por lo que se sabe, querido lector, para que la conciencia exista tendría que existir primero la inteligencia. En este aspecto, la conciencia hace referencia a la capacidad que tenemos los seres humanos de reconocernos a nosotros mismos y a nuestro entorno, ésta, hasta donde sabemos, es exclusiva de nuestra raza. 

Existen diferentes tipos de conciencia: intelectual, moral, social, ecológica y otras más. Una vez comprendido esta división, queridísimo lector, debido a la temática de esta entrega, me enfocaré en la conciencia moral, aquella que nos permite determinar lo que es bueno y separarlo de lo que es malo y la que usamos para juzgar el sentido de nuestros actos. De acuerdo con lo anterior, la conciencia moral, como todas las consciencias, tiene una graduación determinada: los muy conscientes (conciencia universal), que perciben y con criterio definido evalúan que está bien y que no lo está, y los inconscientes, los que no se dan cuenta o no quieren darse cuenta.

Podemos clasificar los niveles de conciencia moral preguntándonos ¿por qué actúa de esa manera? En el nivel más básico actuamos por miedo, hacemos el bien o no hacemos el mal por miedo al castigo. Escalando un poco más, en niveles más altos, actuamos por dignidad, es decir, por respeto a mí mismo y al valor que me doy como ser humano. 

En otros casos, actuamos con la conciencia moral del bien común, en donde ya no pienso sólo en mi propio interés o beneficio, sino que, a través de una conciencia moral más elevada, pienso en los demás y baso mis decisiones en relación con ellos. En este aspecto, la historia registra muchos personajes extraordinariamente inteligentes que, por desgracia de la humanidad, son completamente inconscientes del bien y del mal, basando sus decisiones únicamente en las repercusiones inmediatas: el placer, el interés, la fama, el reconocimiento, el respeto de los demás, la intimidación, etc. 

Por ello, es sumamente importante (vital, mejor dicho) tener muy en claro qué tipo de conciencia moral guiará nuestras acciones, con el objetivo de no caer en una terrible dinámica en la que actuamos, sin pensar dos veces, cómo podemos afectar a los demás y a nosotros mismos, a través de nuestras decisiones. Y tú, querido lector, ¿con qué nivel de conciencia moral actuarás hoy? ¿Tu “Pepe grillo” personal te hablará claramente? ¿Lo escucharás y le harás caso? Es un buen tema para reflexionar, lo dejo sobre la mesa

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