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¿Por qué le temes a estar solo?

En la entrega pasada hablamos sobre cómo la felicidad es una de las grandes aspiraciones de los seres humanos y uno de los ejes rectores de nuestra existencia misma. No obstante, querido lector, en esta ocasión nos toca tratar un tema que es controversial para muchos, puesto que no se le relaciona con sentimientos de felicidad y regocijo: la soledad.

Antes de entrar en materia, es importante señalar que, a diferencia de que podrían parecer sinónimos y complementos entre sí, existe una gran diferencia entre la soledad y el aislamiento. La soledad representa la posibilidad de mantener un encuentro íntimo con nosotros mismos sin la necesidad de que alguien más nos acompañe. En cambio, el aislamiento sí constituye una falta de capacidad (física, emocional o psicológica) para estar con otras personas.

Como podrás haber notado, querido lector, en el apartado anterior hablo de la soledad como algo que puede ser positivo, una idea que parece inconcebible si tomamos en cuenta que el hombre es un ser social por naturaleza, por lo tanto, necesita de los demás para sobrevivir. Siguiendo esta misma lógica, los individuos no podríamos avanzar y nuestra existencia misma no tendría sentido si no contáramos con alguien con quien construir nuestras vidas. Por otro lado, expandiendo aún más este razonamiento, se dice que el contacto con el otro representa una experiencia de autoconocimiento. Dicho de otro modo, me conozco y me reconozco a mí mismo como ser humano a través del reconocimiento y contacto con la sociedad, la cual funge como una especie de espejo que refleja lo que somos verdaderamente; en breves palabras no sabría quién soy sin los demás.

Sin embargo, existe un estado al que llamamos soledad, que generalmente es asociado con connotaciones negativas, que también nos permite conocernos a nosotros mismos. ¿No te parece curioso, querido lector, que ésta es una de las grandes paradojas de los seres humanos? Necesitamos de otros para vivir, de acuerdo con nuestra naturaleza de ser social, pero al mismo tiempo, requerimos estar solos para crecer a nivel personal.

Otra de las grandes distinciones que debemos de hacer para entender a la soledad como algo que no es necesariamente negativo, querido lector, es que existe una gran diferencia entre estar solo y sentirse solo. En algunos momentos de nuestras vidas estamos solos, es decir, no tenemos compañía. En cambio, podemos estar acompañados por muchísimas personas y aun así sentirnos solos. Por ello muchas veces relacionamos el estar solos con algo negativo, porque erróneamente lo confundimos con la emoción de sentirnos solos, incompletos, vacíos, faltos de aquel complemento que nuestra naturaleza humana requiere para sobrevivir.

Pues bien, una vez que ya hemos establecido que estar solos no es algo necesariamente malo (ya que no es lo mismo a sentirnos abandonados o incompletos), el siguiente paso es comprender que estar a solas trae consigo grandes beneficios para nuestro ser. Uno de ellos es que nos permite desarrollar la introspección, siendo ésta una experiencia que puede resultar sumamente agradable. La introspección se trata de conocernos, disfrutarnos, decidir en qué queremos ocupar nuestra vida. Dicho con un ejemplo más sencillo, la introspección es como si sostuviéramos un espejo dirigido a nuestro ser más íntimo para conocer quiénes somos, qué anhelamos, qué nos hace disfrutar, etc. Estar a solas nos lleva al encuentro con nosotros mismos: puedo sentirme, observarme, encontrar mi intimidad (siendo ésta una de las actividades que a veces tanta falta nos hace para conocernos mejor, sobre todo al estar rodeados de personas todo el tiempo), permitir que mis habilidades mejoren a través de la mirada al interior, conocer mis grandes ausencias y carencias, y en general, darme la oportunidad de escuchar las propias manifestaciones de mi ser y platicar conmigo misma.  A manera de resumen, querido lector, estar a solas es llenar la vida con uno mismo.

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