Misterios y límites

Por Andrés Moya 

Habría que mostrar cierta cautela frente a la afirmación frecuente de que existen asuntos que nunca podrán ser comprendidos. Llamemos “misterios” a tales asuntos. Son muchos los que podrían mencionarse; aquí dos de ellos: el extraño comportamiento de las partículas elementales, en concreto el que algunas de ellas puedan estar en dos sitios al mismo tiempo; o la relación mente-cuerpo, en concreto cómo es posible que, por ejemplo, se puedan dictar órdenes de acción sobre el cuerpo por parte de un ente, la mente, aparentemente inmaterial. Pero si la mente es material: ¿cómo llega a formarse? La lista de misterios puede hacerse interminable, podría incluso llegar a ser infinita. Ahora bien, no creo que estemos en situación de sostener que porque los misterios están ahí tenemos un límite a la capacidad de comprenderlos. Mi tesis es la siguiente: frente a la infinitud de los misterios podemos contraponer la infinitud de la ciencia.

Suele sostenerse, lo que constituye una tesis todavía más fuerte de corte negacionista, que dada la existencia de infinitos misterios hemos de reconocer que existe un límite a nuestra capacidad de comprensión o explicación de los mismos. Por ser más precisos: algunos podrán ser resueltos, pero otros definitivamente no, porque existen límites insuperables en “nosotros”, algo así como impedimentos estructurales que nos limitan a no poder comprender algo nunca. Solemos recurrir a lo que sabemos sobre los límites en las capacidades cognitivas de otras especies para formular sobre la nuestra algo parecido. El argumento es el siguiente: de la misma forma que alguna especie no podrá entender nunca qué es un número primo, nosotros “debemos” tener algún tipo de limitación similar respecto de otro tipo de asunto. Parece ser como una cura de humildad por la que debemos rebajar nuestro ego como especie y aceptar el hecho de que tenemos alguna limitación cognoscitiva.

Pero el argumento expuesto es falaz. Es del tipo: “todos los cisnes son blancos”, o “porque observamos límites cognoscitivos en las otras especies nosotros también los debemos tener”. La lógica del cisne blanco se vendría abajo en cuanto descubriéramos la existencia de un cisne negro. ¿Por qué no vamos a ser nosotros un ejemplo de cisne negro en cuanto a los límites del conocimiento?

Ciertos hechos pueden contribuir a dar sustento a nuestras posibles limitaciones al conocimiento. La primera es la cortedad de nuestra existencia individual. Y luego también, claro por otro lado, que no existe nadie con capacidad de entender o comprender todo lo que la ciencia, por ejemplo, llega a explicar. Es probable que, en el pasado, cuando la ciencia estaba emergiendo, pudiera contar con alguien del que pudiera afirmarse que dominaba toda la ciencia de su época. Esa época ya ha pasado. Es difícil poder imaginar a nadie, con la continua expansión que ha tenido desde el siglo XVI, que pueda abarcarla en su totalidad. Pero mi argumento antinegacionista, querido lector, viene precisamente de esta circunstancia. El límite al conocimiento hay que reflexionarlo desde otras perspectivas. La primera: la ciencia va más allá de lo que pueda abarcar nadie en su vida individual, y también más allá de lo que pueda llegar a conocer nadie dada su vastedad que, por otro lado, no deja de crecer.

No podemos afirmar que ninguna otra especie haya podido fabricar un producto tan complejo como es la ciencia para comprender y entender las cosas del mundo. Y ese es un factor importante a la hora de otorgarnos el calificativo de cisne negro. Pero es que hay todavía más porque, aunque podamos aceptar que existen límites absolutos a nuestra capacidad de conocer y explicar, no podemos decir lo mismo sobre la capacidad de conocimiento creciente que pudieran desarrollar productos fabricados o construidos por nosotros. No pensemos solamente en los desarrollos más recientes en inteligencia artificial; pensemos en la importancia que ha tenido la invención y el desarrollo de un arsenal de instrumentaciones para conocer lo infinitamente pequeño y próximo o lo infinitamente grande y alejado.  La especie humana de manos de toda esa instrumentación ha ido mucho más lejos, cuanto ni más lo lejos que pueda llegar cualquier tipo nuevo de instrumentación progresivamente más inteligente.

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