A cada uno lo suyo

La compleja situación que se plantea en torno a la universalidad de la ciencia y el adecuado reconocimiento de los descubrimientos científicos a lo largo de la historia de la misma: tiempo y geografía

Andrés Moya

Querido lector, en estas columnas siempre he defendido la idea de la universalidad de la ciencia. Al contrario de lo que suele admitirse como ejemplo de la misma, que los grandes centros de investigación del mundo reciban las mejores mentes del planeta para desarrollarla, mi apuesta de universalidad iba en otra dirección, aunque complementaria con la anterior: que la ciencia pueda desarrollarse en cualquier parte. Es posible que usted no esté conforme con esta tesis porque probablemente implique un esfuerzo económico inasumible por parte de los gobiernos y del sector privado de las naciones donde la ciencia no tiene suficiente presencia. Mi argumento a favor es que ese esfuerzo debe ser proporcionado y dirigido a promover el desarrollo de una ciencia factible en cada lugar.

Un elemento adicional relacionado con la reclamación de la universalidad de la ciencia es la consideración de qué ciencia se ha hecho a lo largo de la historia desde que apareciera tal y como la conocemos ahora allá por el siglo XVI. Y cuando digo “qué ciencia se ha hecho” me refiero, de nuevo, a en cualquier tiempo y lugar. Buen trabajo para los historiadores de la ciencia, que deben traernos lo que se ha descubierto en según qué momento, quién lo hizo e, incluso, quien lo hizo “antes”. Corremos el riesgo de tener una visión de los grandes hallazgos de la ciencia vinculados a los países que han venido a convertirse en los más avanzados en ciencia si son historiadores de los mismos las que la escriben. No es una cuestión que debamos adjudicar con ligereza a cierto chauvinismo nacional, sino a que es posible que los historiadores de los países actualmente menos avanzados en ciencia no hayan hecho su trabajo o no hayan podido hacerlo. Y no lo olvidemos: las grandes hazañas en ciencia cambian su ubicación geográfica con el tiempo.

Me consta, aunque no soy historiador, de grandes innovaciones en el ámbito Iberoamericano, en Argentina, Brasil o México. Pero aquí voy a ilustrar con tres ejemplos de la historia de la ciencia en España que parecen haber sido descubiertos por otros científicos en fechas posteriores. Fueron astrónomos y matemáticos de la Universidad de Salamanca, en el siglo XVI, los primeros en establecer el calendario que hoy utilizamos. Se atribuye a un cirujano de “Royal Navy”, James Lind, el tratamiento de los marinos afectados por el escorbuto, tal y como documenta en un libro suyo allá por el 1753. Pero en 1579 fray Agustín de Farfán ya escribió al respecto dando las indicaciones apropiadas de cómo tratar el problema incorporando a los barcos fresqueras con cítricos y derivados. Más recientemente la invención de la epidural por parte del médico militar español Fidel Pagés, con la publicación del efecto de este tipo de anestesia en 1921 en una revista de cirugía en español. Años más tarde, en 1931, fue redescubierto por el cirujano italiano Achille Mario Dogliotti, que pasó por ser considerado el descubridor oficial. En este caso, sin embargo, Dogliotti reconoció el descubrimiento previo por parte de Pagés años más tarde.

Me he servido de estos tres ejemplos para escenificar la compleja situación que se plantea en torno a la universalidad de la ciencia y el adecuado reconocimiento de los descubrimientos científicos a lo largo de la historia de la misma: tiempo y geografía. En primer lugar, el tiempo, pues cuanto más atrás nos vamos más difícil se hace disponer de la documentación apropiada, por no mencionar los casos de descubrimientos totalmente perdidos en otras culturas y civilizaciones. En segundo lugar, el de la historia escrita por parte de aquellos que han buscado solamente en sus propios países, especialmente en los que ahora son los más avanzados en ciencia. Y, finalmente, el caso de la restitución, el reconocimiento de que alguien antes aquello ya lo había descubierto y su ejemplar aceptación por parte de la comunidad científica.

De lo que se trata es de reconocer a cada uno lo suyo; y aunque considero muy saludable esta práctica para aminorar los sentimientos de superioridad de unas naciones sobre otras, no debemos dejar de considerar la importancia que tiene que cada país ahonde en su propia historiografía y, lo que es más importante, que las crucemos para dejar las cosas en su sitio.

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