Director y dirigido en ciencia

El estudiante que vaya a dedicarse a la ciencia combine una formación más particular sobre lo que será su área de dedicación en el futuro con otra más general.

Andrés Moya

Siempre he considerado que lo que debe alimentar la carrera de quien quiera dedicarse a la ciencia debe ser la emoción, la voluntad y la creatividad. Emoción por descubrir, voluntad para resolver todas las dudas e incertidumbres que van asociadas a la tarea de descubrir y, finalmente, creatividad para llegar al descubrimiento por vías o caminos nuevos o inexplorados. A la base de estos tres condimentos tenemos un cuarto que es trasversal a ellos: el estudio, la formación.

Debo reconocer que no hay una regla universal sobre en qué debe formarse alguien que quiere dedicarse a la ciencia, aunque alguna sugerencia puedo aportar. Si vamos por la vía de la especialización corremos el riesgo de limitar las capacidades creativas. Siempre he pensado que las ideas más rompedoras en un campo determinado suelen venir por el contacto, la lectura o la formación en otros. Ahora bien, también hay que considerar que si no estás al tanto de lo último que se está moviendo en tu campo corres el riesgo de reinventar la rueda. Por lo tanto, hay que lograr un cierto equilibrio formativo entre, vamos a llamarlo así, lo general frente a lo particular. Y se puede conseguir, de hecho es lo que se hace en los mejores centros de formación del mundo, que el estudiante que vaya a dedicarse a la ciencia combine una formación más particular sobre lo que será su área de dedicación en el futuro con otra más general, que pueda estar constituida por materias muy distintas entre ellas.

A la fase formativa sigue la fase que propiamente introduce al joven con interés por la ciencia en la ciencia propiamente: el doctorado. A esa nueva fase tan importante hay que acudir con las alforjas bien cargadas de los condimentos que mencioné al principio. Pero el doctorado no es algo que se inicia sin posibilidad de abandonarlo. Sin tratar de particularizar en cómo sea ese periodo doctoral en diferentes países e instituciones científicas de todo el mundo, a mi juicio es esencial que esté revestido de las mismas características facilitadoras de la carrera investigadora y orientado a ganar científicos para la ciencia. El estudiante puede echar marcha atrás y reconocer, como en muchas otras profesiones, que esto no es lo que desea hacer en la vida y decidir tomar otro camino.

Lo que aquí quiero traer a reflexión es la puesta en escena de las condiciones necesarias para que ese joven que viene con las alforjas repletas de vocación e ilusión no se frustren, al encontrarse con una realidad del quehacer científico que dista mucho de lo que es la auténtica práctica de la ciencia. E incluso también, por qué no, con esas alforjas no tan llenas de esos componentes, pero con cierta curiosidad por ver lo que pasa si uno decide entrar en ese mundo. Pues bien, son muchos los estudios que se han llevado a cabo durante la última década que ponen de manifiesto niveles muy altos de ansiedad y/o depresión, debido en buena medida a la falta de valoración de los estudiantes por parte de sus directores.

Hay que plantear este asunto, querido lector, desde la óptica de aquello en qué consiste hacer ciencia y, cómo afirmo al principio, las cualidades que deben alimentarla: emoción, voluntad, creatividad y formación particular y general. Nada nuevo bajo el sol, solamente aquello que uno aprecia en los grandes científicos de todos los tiempos, incluidos los primeros que desarrollaron la ciencia en el siglo XVI. ¿Por qué entonces tenemos ahora tanto fracaso y frustración? Aunque resulta difícil adjudicarlo a una sola causa, me atrevo a formular una que considero medular: el que no se contemple de forma adecuada que todos estamos haciendo ciencia, poniendo excesivo énfasis en la dirección del estudiante, algo que le resta independencia. El periodo formativo del doctorado no debe rebajar al estudiante a la condición de aprendiz. Al igual que los directores, los estudiantes son científicos practicando ciencia en un equipo. Es verdad que no todos sus miembros tienen las mismas condiciones para la elaboración de ciencia. Pues bien, aunque la diferencia fundamental, a mi modo de ver, entre director y dirigido, radique en la mayor formación particular del primero, el resto pueden ser diferencias bien favorables al estudiante para el desarrollo de ciencia. ¿Qué comporta esta forma de ver la ejecución de la ciencia en un grupo donde hay directores y estudiantes dirigidos? Pues que todos pueden contribuir al desarrollo de la misma desde sus condiciones particulares.

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