Gobierno y gobernanza de la ciencia

"Tendríamos que pensar, ahora, si en nuestra actual civilización se están dando nuevos cambios en la forma en cómo pensamos el mundo y nos relacionamos con él."

Por Andrés Moya

La ciencia, por su importancia social y económica, ha dejado de estar en manos de aquellos que la crean. Aunque no guiados por los mismos intereses, la ciencia es gobernada por actores ajenos a ella que pertenecen tanto al sector público como al privado. Vaya por delante, no obstante que, en sociedades democráticas, la ciencia debe desarrollarse contemplando el general beneficio de la sociedad y, por lo tanto, nada mejor que un gobierno y una sociedad democrática para garantizar que la ciencia alcance a todos.

Pero hay que saber que ‘gobernar’ y ‘gobernanza’ de la ciencia no son equivalentes. Porque el gobierno de la ciencia puede ser o no el adecuado para su desarrollo y alcance social. En cambio, la ‘gobernanza de la ciencia’ implica el desarrollo institucional duradero y equilibrado de la misma debido a la acción del Estado, la sociedad civil y la economía. En síntesis: si hoy en día no parece existir duda alguna sobre el gobierno de la ciencia por parte de determinados agentes no creadores de ciencia, cuestión muy otra es si existe gobernanza de la misma.

Permítaseme que haga una pequeña reflexión sobre el contexto donde la ciencia se originó, que podrá ayudar a entender la tesis que aquí voy a defender. Suele decirse que la ciencia moderna nace con Galileo (1564-1642) y que tiene en Bacon (1561-1626) y en Descartes (1586-1650) dos grandes apoyos filosóficos a esa nueva forma de aproximarse al conocimiento del mundo. Pero hay que ir algo más atrás en el tiempo para buscar no tanto su nacimiento como aquello que lo permitió. Los promotores del movimiento renacentista –con personajes como Leonardo da Vinci (1452-1519) o Copérnico (1473-1543), por citar dos de calibre- que se inicia en Italia en el siglo XV y se expande al resto de Europa, ilustran a buena parte de la intelectualidad de la época por medio de sus obras esa forma nueva de relación y entendimiento del mundo. Como podrá notarse por la extensión del periodo que comento, querido lector, se puede entender que la ciencia moderna no nace de un día para otro. Tuvieron que darse determinadas condiciones, en realidad una profunda transformación metafísica sobre la relación del hombre con la naturaleza y con Dios, que tardó tiempo en implantarse.

Es conveniente, a mi juicio, hacer esta pequeña reflexión histórica sobre el contexto y el tiempo que fueron necesarios para la aparición de algo tan fundamental como la ciencia, para entender qué pueda ser de ella en la actualidad y en un futuro más o menos cercano. Porque he comentado que fue necesaria una profunda transformación metafísica para darle origen. Tendríamos que pensar, ahora, si en nuestra actual civilización se están dando nuevos cambios en la forma en cómo pensamos el mundo y nos relacionamos con él, incluyendo la propia sociedad humana en su conjunto, como para concluir que la ciencia podría verse afectada, máxime cuando es clara la dependencia que los agentes que la controlan tienen sobre ella. Esos cambios deben ser averiguados y reflexionados, porque son de alcance.

Veamos uno de ellos, entiendo que relevante. La ciencia mantiene en su origen una relación con la divinidad. El mundo que trata de explicar es un mundo perfecto y organizado que debe descubrirse leyendo, eso sí, en el libro de la naturaleza. Una segunda fase, muy extensa, culmina con la idea de que las leyes de la naturaleza a descubrir poco o nada pueden arrojarnos sobre la divinidad. Es más, algunos sostienen que es totalmente prescindible. Pero ahora ya estamos en una nueva fase, esa en la que algunos afirman que el mundo está en nuestras manos y que tenemos la capacidad de cambiarlo –esperemos que no sea destruirlo-. Se trata de nuevos planteamientos, de un nuevo contexto, que puede afectar a la ciencia y cómo se hace, porque no es ya cuestión de entender cómo es la realidad y cómo funciona, sino decididamente orientarnos a cambiarla. Si a esto le añadimos que la ciencia está gobernada por agentes con intereses, unos más legítimos que otros, tenemos el coctel servido.

De ahí la importancia que a mi juicio tiene adentrarnos no tanto en el gobierno de la ciencia, como en su gobernanza, es decir permitir que su desarrollo sea duradero y equilibrado, aunque dependiente de terceros. Debo indicar que no se me ocurre mejor forma para contribuir a la gobernanza de la ciencia que los agentes creadores de la misma, los científicos y los pensadores de la ciencia, se impliquen más como colectivo universal en el control y desarrollo de la misma, sin por ello obviar la interlocución necesaria con los otros agentes.

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