Inocentes en prisión

"Estos pequeños que viven en un ambiente adverso, donde se encuentran bajo las restricciones y normas que viven sus madres, padecerán en un futuro estrés tóxico."

Por Mónica Romero

Cae la tarde, se escuchan las risas, los rayos del sol aún rosan la lámina de la resbaladilla y Emmanuel y Carlos juegan a ser el capitán América y el hombre araña, los dos salvan al mundo, corren, se tiran al suelo, por unos momentos no importa nada, solo ellos, nada más.

Ambos, uno de cinco años y el otro de cuatro tienen algo en común, los dos viven en prisión, duermen en celdas, tras las rejas, con la crudeza que implica el encarcelamiento, los mismos horarios, la misma comida, las celadoras y qué decir del hacinamiento.

Son héroes a ratos, libres por un instante, pero el resto del día purgan condenas sin haber cometido delito alguno.

Se codean con mujeres acusadas de homicidio o secuestro, otras por delitos contra la salud o extorsión, forman parte de los cientos de niños y niñas que viven con sus madres en alguna prisión mexicana.

A Emmanuel le queda un año, 365 días para quedar en libertad, pero eso de ninguna manera es un alivio, pues es un niño y a los seis años será separado de su madre y tendrá que enfrentarse a un entorno familiar no apto, vivirá la misma escasez, la misma desintegración familiar, pero afuera.

Su madre fue sentenciada a más de veinte años de cárcel, al igual que su padre, quien también se encuentra recluido en un centro penitenciario.

La organización Reinserta documentó en su ¨Diagnóstico de maternidad y paternidad en prisión 2019¨ que en México hay 436 menores de entre 0 y 6 años de edad que viven en centros penitenciarios junto con sus madres, a pesar de que únicamente 37 de las 360 prisiones mexicanas cuentan con áreas de maternidad y educación temprana.

Los menores que viven en las cárceles apenas cuentan con los servicios básicos, solo el 61% reportó tener el esquema de vacunación completo, 54.7% ser beneficiario de campañas de salud, 51.4% recibir atención del pediatra y 32.4% contar con atención psicológica.

El informe también reveló que solo el 32.1% tuvo acceso a medicinas específicas para su edad, el 23% tuvo atención psicológica y el 22.9% se benefició de servicios de nutrición.

Además de las carencias físicas y económicas, estos pequeños que viven “en un ambiente adverso, donde se encuentran bajo las restricciones y normas que viven sus madres”, padecerán en un futuro estrés tóxico, trastornos emocionales, baja autoestima y en la adolescencia muy probablemente adicciones y la adopción de estilos de vida riesgosos.

A esto se suma que únicamente el 76% de estos menores de edad están legalmente registrados, es decir 331, mientras que los 105 niños restantes, no existen en el registro civil.

En cuanto a la necesidad básica de una alimentación balanceada y nutritiva se preguntó a sus madres cómo conseguían el alimento para sus hijos. Más del 60% de las mujeres señaló que éstos son proveídos por familiares o personas externas, el 37% de las mujeres compran los alimentos dentro de la misma prisión y sólo el 25% de las madres dijo que el centro de reinserción proporciona a sus hijas e hijos el alimento adecuado para su edad.

Respecto a otros servicios básicos relacionados con espacios dignos para las niñas y niños que viven en prisión, los resultados del estudio indicaron que más de la mitad de los centros cuentan con espacios recreativos. Sin embargo, menos del 10% cuentan con espacios como comedores, camas o dormitorios y baños exclusivos para niñas y niños, y menos de la mitad cuentan con Centros de Desarrollo Infantil (CENDI).

Así es el panorama de casi quinientos niños y niñas en el país, que como Emmanuel y Carlos lidian con problemas que solo deberían vivir aquellos adultos que cometen un delito.

El caso de Fátima

“Mi bebé es chiquito y a veces llora mucho en la noche. Eso me ha traído problemas con mis compañeras de dormitorio. El otro día una de las chicas que consume droga se puso muy mal porque mi bebé no paraba de llorar, me amenazó con que si mi bebé no se callaba lo iba a matar. Yo no le dije nada para no tener más problemas, pero sí me da miedo que algún día le haga algo”.

Fátima, 22 años.

El caso Itzel

“Me da tristeza ver a mi niña con tan pocas cosas y sin poder comer lo mismo que un niño afuera, a veces no tengo ni un pañal qué ponerle. Cuando se me enferma no tengo para sus medicinas. Es difícil porque el centro no nos ayuda con nada para ellos y a veces nuestra familia tampoco puede mandarnos nada”.

Itzel, 31 años.

El caso de Sara

Sara es una mujer de 36 años que se encuentra recluida en un centro de reinserción social mixto. Sara y su esposo de 42 años, quien también cumple una sentencia en el mismo centro, han esperado más de 9 años para enfrentar el juicio por un delito que aseguran no haber cometido. Esperan ansiosos su audiencia pues esperan salir juntos en poco tiempo.

Durante estos 9 años, han procreado dos hijos, un varón de 2 años y una niña de apenas un par de meses, ambos viviendo con Sara en internamiento.

Respecto a su salida, Sara comenta que tiene miedo, le preocupa no conseguir trabajo por sus antecedentes, pero también espera ansiosamente empezar a ser “mamá de afuera” y llevar a sus hijos al parque, ir a la tienda y mojarse en la lluvia.

Sara vende comida y maquilla para obtener ingresos, comenta que la vida adentro no es fácil, pero espera salir pronto, extraña a su familia y sueña todos los días con salir y cuidar a sus hijos afuera. Nos comenta: “Éste no es un lugar para los niños, pero esto me tocó vivir, y algo tengo que aprender”.

Deja un comentario

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.