En manos del “algoritmo”

Una tormenta de verano de pocos minutos sobre el aeropuerto de Boston fue suficiente para que el avión procedente de Madrid —y que yo tenía que tomar para mi regreso a España— no aterrizase en ese aeropuerto y se desviase a uno de los aeropuertos de Nueva York. Pasadas unas buenas horas el vuelo llegó a Boston, pero ya demasiado tarde. La tripulación del vuelo de regreso llevaba tantas horas esperando como los pasajeros pero, esa espera, junto al tiempo que suponía el retorno, era superior al estipulado como horas máximas de trabajo. Con esto el comandante, supongo que con el visto bueno de la compañía, canceló el vuelo después de seis horas de incierta espera en la sala de embarque.

Tenía que arreglar mi regreso y buscar un nuevo vuelo lo más pronto que fuera posible. No parece que hubiera mayor problema. Llamé a la compañía y muy amablemente me suministraron uno. A las pocas horas traté de obtener los pases de abordar accediendo a la web de la compañía, pero fue inútil. Me puse de nuevo en contacto telefónico con la misma y me acabaron confirmando que, aunque todo estaba en regla, y que yo tenía billete y asientos registrados, no sabían darme razón de por qué no podía obtener los pases. En realidad me confirmaron que “el sistema”, no sabían por qué (ese asunto ocurría, además, con bastante frecuencia) no respondía en forma adecuada cuando se presentaba un caso como el mío. 

¿No sabían darme razón? Es fácil conjeturar que alguien podría, en efecto, por lo menos aquel o aquellos que hubieran desarrollado el algoritmo que permite emitir los pases de abordar. Y yo debía aceptar, supongo que todo el mundo, que las personas que me atendían no podían estar al tanto o disponer de la formación o instrucción adecuadas como para poder explicarme qué pasaba ni, mucho menos, cómo solucionarlo. 

Una enorme inquietud me vino encima tras los comentarios de las personas que me estaban atendiendo al reconocer que el sistema “se comportaba” así de vez en cuando. Que algunas veces, cuestión de horas, se regularizaba, pero otras muchas no. Me mencionaron que no debía preocuparme porque, en cualquier caso, la situación estaba controlada, pues yo estaba registrado, en “el sistema”, y que mi pase de abordar me lo darían. Como no, en el mostrador de la compañía, porque el “sistema” ahí no fallaría. Pero: ¿por qué me voy a resistir a pensar que alguna vez podría darse un colapso total del “sistema”, al menos en lo relativo a mí, cuanto ni más a todos? 

El sistema, ese algoritmo en particular y cualquier otro, ha pasado a formar parte, como uno más de nosotros o, probablemente, mucho más que nosotros, de nuestras vidas. No podemos prescindir ya de ellos y si el sistema no ha funcionado, se ha caído, se ha parado, puede condicionar nuestra propia capacidad de acción. La golosina que supone que los algoritmos estén cada vez más para hacer todo de todo, se supone que con mucha más eficiencia que nosotros; en realidad se trasforma en droga deshumanizante. Los algoritmos nos sitúan por debajo de nuestras propias posibilidades de acción al otorgarles a ellos capacidades —aceptadas sin consideración crítica alguna por nuestra parte— que, siendo superiores a las nuestras, también facilitan que las vayamos perdiendo por falta de ejercicio; algo así como el fomento progresivo de la estupidez.

Pero el algoritmo, querido lector, no es un futurible; ya no podemos vivir sin ellos o, lo que es igual, es enorme el esfuerzo que se nos puede exigir para contrarrestar la enorme facilitación de la vida que nos proporcionan. No deja de ser esto un arma de doble filo y hemos de estar preparados e instruidos para saber qué podemos dejar y que no, en sus controladoras manos. Resulta sorprendente pensar que podemos vivir en un mundo plenamente algorítmico, aunque el algoritmo no sea consciente. 

Especulamos con lograr que la máquina algorítmica llegue a ser consciente. Sin embargo, ¿no será más necesario reflexionar sobre lo que ya está ocurriendo con los algoritmos no conscientes, pero portentosos en sus posibilidades, que sobre la humanidad en un mundo donde esa singularidad se haya alcanzado? En otras palabras, no dejemos de pensar sobre lo que ya está ocurriendo ahora mismo por querer concentrarnos en pensar en exclusiva en lo que pudiera ser el mundo dominado por los algoritmos conscientes. ¿Qué inconfesados intereses pueden estar detrás de todo esto y quiénes son sus reales beneficiarios? 

Deja un comentario

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.