Pañuelo verde, glitter magenta: Los recursos de la “violencia” feminista

Por Katya Galán

Muchas han sido las movilizaciones feministas que han cobrado fuerza a nivel mundial en los últimos años. Es de esas movilizaciones callejeras y virtuales, que han surgido símbolos y consignas. De estos, probablemente el más relevante ha sido el pañuelo que, incluso, ya ha dado un nombre a determinado tipo de verde en algunos países, como Argentina. Se trata del verde característico del pañuelo que defiende la causa que enuncia: aborto legal.

Pero el distintivo no es inocuo para quien lo usa. No son pocos quienes interpretan el solo hecho de portarlo como un crimen, como una violenta afrenta social. Interpretación que usan de pretexto para responder con agresiones que van desde lo verbal hasta lo físico. Incluido el grito acusatorio “asesina” y ataques con arma blanca en plena manifestación. El pañuelo verde aborto legal o verde bandera, como se utiliza en México, es el símbolo feminista más transgresor y significativo porque la conquista de derechos de salud y autodeterminación reproductiva de las mujeres trae como consecuencia el ejercicio de muchos otros derechos, como el libre desarrollo de la personalidad o el desarrollo profesional, solo por mencionar un par de ejemplos.

En uno de los últimos acontecimientos que motivó a agrupaciones feministas a salir a las calles a inicios de la semana. El Secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, Jesús Orta Martínez, fue blanco de una colorida embestida por parte de activistas que integraban la marcha llamada #NoMeCuidanMeViolan. El nombre hace referencia al caso de la menor violada, presuntamente por cuatro policías pertenecientes a la corporación a cargo del funcionario: lo bañaron de diamantina magenta.

El momento se viralizó y en redes sociales no faltaron las expresiones a favor y en contra del baño magenta. Entre las más recurrentes, están las que reprochan a las mujeres la violencia ejercida contra el funcionario y el vandalismo que, dicen, fue ocasionado por las manifestantes. Algunos comentarios llegan, incluso, a señalar que estas acciones deslegitimizan la exigencia de justicia para la menor agredida. En una relación de ideas totalmente desproporcionada: la integridad física y psicológica de una menor de edad comparada con una puerta rota, paredes rayadas y un puñado de diamantina sobre la cabeza y el hombro de un funcionario público.

Los antecedentes del caso son contundentes: existe un parte médico que certifica lo que afirma la víctima y razones para creer que, efectivamente, los presuntos culpables pudieron haber sido los elementos a quienes ella señala. Aún con una acusación fundamentada y la investigación en proceso, en el momento de la marcha los policías continuaban activos y los datos de la menor habían sido filtrados y difundidos. Un caso más de violencia policiaca e institucional contra mujeres, respaldada por las autoridades de mayor rango. La exigencia era de justicia y el reclamo el mal manejo del caso, puesto que se privilegió la defensa de los acusados sobre los derechos de la víctima.

La menor y su madre habían seguido los protocolos y cumplido con los requisitos para hacer la acusación formal y, aun así, la autoridad volvió a ser criminalmente omisa al mantener en activo a los elementos señalados. Entonces surgió el enojo de mujeres que se solidarizaron porque saben cómo se siente la violencia sexual e institucional atravesando sus propios cuerpos de manera sistemática, sin haber obtenido justicia la gran mayoría de las veces.

Es claro que, del enojo, además de surgir la solidaridad también emana la frustración de saber que se repite la historia una y otra vez. La exigencia feminista radical —que sí, nos representa a todas—. Primero porque todas, de una u otra manera hacemos uso de los derechos que los feminismos radicales han conquistado a lo largo de la historia. Segundo porque, llegado el caso, son ellas las que removerían todo gritando nuestros nombres —al grado que muchos consideran violentas—, sin detenerse a considerar los antecedentes, no solo del caso, sino del sistema en el que debemos sobrevivir las mujeres.

De todo lo sucedido, probablemente por vistoso, fue el baño de glitter magenta lo que más parece haber indignado a ese sector de la población que demanda lindos modales y prudencia inquebrantable a las mujeres. En respuesta, los movimientos feministas han tomado el caso y a la diamantina, como un símbolo para gritar: “no somos violentas, no deseamos hacer daño, solo queremos que se sepa que nuestros derechos no están siendo respetados: nos están violando, nos están matando y la autoridad que “supuestamente” garantiza nuestra seguridad, es la primera en ejercer y fomentar esa violencia”.

Magenta, casualmente, el color de la compasión, la bondad y la solidaridad. Ojalá que hubieran sido polvos mágicos para cambiar la perspectiva del funcionario. Ojalá que la empatía y la sensibilidad social también vinieran en presentación en polvo para lanzarlos sobre sus cabezas. Por ahora, el glitter magenta se ha convertido en el nuevo símbolo de la protesta feminista y probablemente, con el tiempo, si llegue a cobrar poderes mágicos que cambien realidades.
Nunca se sabe…

Katya Galán Uribe es politóloga, analista, es maestra en Comunicación por la Universidad Autónoma de Chihuahua y co-conductora del programa Ellas sin filtro que transmite TV Regional Chihuahua.
katyagu@hotmail.com

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