Ser mujer y estrella deportiva: ser una gran atleta no es suficiente

Por Andrea Escobar

Durante la última semana, medios de comunicación y usuarios de redes sociales han estallado de indignación por la divulgación de un video donde aparece la estrella deportiva del momento, Megan Rapinoe, firmando un autógrafo a un niño previo al inicio de los premios ESPY el 10 de julio.

El video provocó una ola de comentarios negativos contra la capitana del equipo de la selección femenina de fútbol de Estados Unidos. Se juzgó su actitud como arrogante, porque a pesar de que accedió a firmar el balón del niño, Rapinoe no intercambia palabras con él y le devuelve su balón sin dirigirle la mirada. La grabación —de tan sólo ocho segundos— realizada antes de que diera inicio la ceremonia de premiación, bastó para que la futbolista fuera condenada severamente en medios.

El estricto escrutinio al que se somete a Rapinoe es comprensible, su imagen se ha convertido rápidamente en un símbolo de rebeldía que reta las convenciones tradicionales del género. Ella es abiertamente lesbiana, líder en una industria predominantemente masculina, incendiaria política y feminista. En resumen, todo lo que representa es un afrenta política para muchos.

Comparar las reacciones en medios por su breve desatención al pequeño aficionado contra las que han recibido otros deportistas hombres al ser captados siendo desatentos con sus fanáticos devela las disparidad en las expectativas que se tienen de los atletas con base en su género. Haciendo una búsqueda sencilla en YouTube descubrí  que si buscas las palabras “grosero niño” seguidas del nombre de alguna estrella del fútbol (masculina) seguramente encontrarás algún video donde se le tache de arrogante.

Sin embargo, por alguna razón, ninguna de las noticias de estos videos ha tenido la contundencia que el incidente de Rapinoe. Mi brújula apunta a que se trata de lo que la autora feminista Catalina Ruíz-Navarro dice con las siguientes palabras:, “Cualquier comportamiento por parte de una mujer que no sea excesivamente amable, sonriente, suave, dulce, se lee inmediatamente como agresivo, histérico, loco”.

A las mujeres se nos exige complacer eternamente, sonreír para gustar. Lo mismo sucedió cuando la tenista Serena Williams en la final del US Open femenino; cuando reclamó al juez de silla Carlos Ramos con tal enojo que acabó por romper su raqueta contra el concreto. La siete veces campeona de Wimbledon acabó siendo linchada en medios por una actitud que es muy común ver en deportistas masculinos: furia contra los réferis.

No tiene nada malo ser crítico con las figuras públicas, especialmente cuando éstas representan ideales políticos, pero por una cuestión de salud social, antes de compartir noticias sobre “malas actitudes” de figuras poderosas femeninas, vale la pena preguntarse ¿me indignaría igual esta actitud si se tratara de un hombre?

Andrea Escobar estudió Desarrollo y Gestión Interculturales en Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, ahora se dedica al periodismo.
andreaescobar.f@gmail.com

 

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