El Rincón de Daniel Estulin. La edad de la razón.

daniel estulin

Por: Daniel Estulin

La nostalgia es una cosa interesante: actúa como un pasado común que une a aquellos de una generación o tiempo particular. Cuando se usa correctamente, la nostalgia también puede ser muy práctica para manipular a las personas. Los publicistas descubrieron esto hace mucho, lo que podría explicar la razón del por qué ciertas modas y tendencias de las tres últimas décadas han reaparecido en los últimos diez años.

La publicidad es el proceso de fabricar glamour. Y ser envidiado es lo que supone este glamour. La publicidad, de esta manera, se fundamenta en la felicidad solitaria que nace de ser envidiado por los demás. Aunque la envidia tiene un lado oscuro que se ha perdido en el pensamiento del siglo XX.

Desde la época medieval, la envidia ha sido considerada el factor principal para identificar las causas del sufrimiento humano. Como la desesperación, la envidia deriva de la separación de la persona de su objeto de deseo, combinado con el sentimiento de impotencia para conseguir lo que deseamos. En la envidia, la necesidad de aceptación se convierte en impulso de destrucción.

Aún así, en la esencia de este odio, se encuentra la notable profundidad y simplicidad del deseo humano: el anhelo por la vida, por los ideales, por los valores, por la vitalidad y por el amor. Anhelo de conexión. Anhelo de belleza. Un anhelo que se proyecta a sí mismo con optimismo a través de símbolos, imágenes y conceptos idealizados. Como el mito, la publicidad roza cada faceta de la vida y, como el mito, se aprovecha de lo fantástico en su aplicación a lo mundano.

Debido a que los productos no proporcionan la clase de recompensa psíquica prometida por las imágenes de la publicidad, terminamos dudando sobre cualquier promesa. Si la inseguridad permanece, terminamos inmersos en un estado mental en el que un agujero negro  rodea casi todos los productos como un fantasmal negativo de su brillo: el agujero negro de las promesas incumplidas.

Y en ese agujero negro, cebado por la explotación publicitaria de múltiples imágenes ideales, se infiltra alguna religión que promete penetrar el círculo de la idolatría y conectarnos con un gran ideal que trascienda a los demás: Dios, inmortalidad, consciencia cósmica, esclarecimiento, el espíritu del mundo, la propia profundidad de sí mismo o cualquier nombre que tenga.

La publicidad, al usar técnicas que son fundamentalmente religiosas, inadvertidamente anuncia a la religión. Considerada en términos religiosos, la publicidad anima a la gente a creer que los ideales más vivos y atractivos de nuestra cultura se pueden conseguir fácilmente, sólo con encontrar el producto adecuado o, por extensión, el salvador, la filosofía, la iglesia, el gurú, el culto o incluso la droga embellecedora.

Éste es un riesgo inquietante, aunque más preocupante aún es otra posibilidad. ¿Podríamos estar produciendo una generación que desconfía de los ideales por completo, porque las presentaciones más impactantes, convincentes, vigorosas y seductoras de esos ideales ocurren en los anuncios televisivos, donde los ideales se prostituyen al servicio de la venta?

Nuestras ideas y fantasías sobre nuestro cuerpo son inseparables de las ropas que vestimos y los productos que utilizamos. Los productos de belleza presentan un ritual de la belleza como ocasiones trascendentales, y los productos de la dieta invocan las imágenes religiosas de culpabilidad y salvación. El cuerpo en sí mismo debe ser manipulado ansiosamente y trabajado sistemáticamente hasta que la consumidora convierta su cuerpo en un anuncio para ella misma, un complicado cartel publicitario para ser leído y admirado.

En el mundo occidental de la “igualdad de oportunidades”, el hecho de intentar lograr tales ideales, aunque fallemos, nos da derecho a sentirnos ennoblecidos por el esfuerzo. El “nosotros” del siglo XXI es una cultura guiada por ideales inalcanzables: libertad, igualdad, felicidad. Un fracaso noble mientras se persiguen grandes ideales es vital para nuestro espíritu perseverante, romántico, quijotesco. Para la mayoría de los occidentales de hoy, lo hiperreal es, a menudo, una manera de mirar hacia el futuro que ha excedido los sueños más salvajes de la ciencia ficción.

En nuestro amor por lo útil, por las mercancías materiales de la vida, nos hemos convertido en víctimas fáciles del negocio de la publicidad. La riqueza pedestre que emana de los anuncios no se debe a su exageración o invento de la gloria de tal o cual  artículo útil sino que, al sugerir que el cénit de la felicidad humana es alcanzable, y que se compra de alguna manera, ennoblece al comprador. La gracia, por supuesto, no es que se trate de un mundo en el que no prevalece nada espiritual excepto las sonrisas estáticas de la gente sirviendo cereales celestiales, sino que es una especie de mundo satélite de la sombra, en la existencia real de lo que ni los vendedores ni los compradores realmente creen en sus corazones.

El Occidente hoy es un lugar de imbéciles morales, de esclavos sonrientes y de pendencieros con cara de póquer, que han llegado a tal estado de “insensibilidad” que son incapaces de darse cuenta de lo pedestre de la situación porque sus países reflejan su sello personal: una mezcla de despotismo y pseudo cultura.

Para concluir, dudo al aplicar la etiqueta “políticamente incorrecto” a esta crítica. En algunos lugares, llamar a alguien “políticamente incorrecto” se ha vuelto un método popular de despreciar sus opiniones sin el inconveniente de prohibirles una audiencia. Aunque cobarde, es un truco retórico inteligente. Permite ignorar a alguien por el simple hecho de declarar que el argumento de alguien no está a su altura: “extremo” – es decir, indigno en el lugar del foro del intercambio público.

Ésta es mi cláusula de protección contra la autoincriminación en la que recurren los heréticos que se especializan en contar verdades que la mayoría de las personas quisieran no escuchar.

Sigue a Daniel Estulin en: