Ciencia y arte

Todas las mañanas laborables me dirijo desde mi apartamento en Fresh Pond hacia la estación de metro en Alewife, línea roja del metro de Boston, bajo en Harvard Square y luego caminando me dirijo a mi oficina, cruzando Harvard Yard. Por la tarde hago el mismo camino de regreso, pero en sentido contrario. No me lleva más de una hora ambos recorridos. 

Es una rutina que aprovecho para alimentarla con lectura; en realidad no veo nada mejor que hacer que leer en los tramos de metro, al igual que hacen muchas otras personas. Y el libro que llevo entre manos, que sólo leo en esos momentos, son unas conferencias del escritor y matemático argentino Guillermo Martínez sobre el interés y la presencia en la obra de Borges de las matemáticas y la ciencia en general. Compruebo, de forma palmaria, cómo las inquietudes intelectuales de Borges le hacían aproximarse a la ciencia, aunque no me siento capaz de decir con qué profundidad. 

Es probable que en el escritor hubiera un sustrato filosófico, de corte platónico, que le acercaba a la ciencia, particularmente a las matemáticas, y es por ello que lo que no resulta tan sorprendente observar el paralelismo que existe entre los mundos que el genial escritor construye con aquellos otros que la ciencia intenta explicar.

En un escrito reciente mío, una colaboración para un número de la revista Arbor aparecido en 2018, que lleva por título “Humanidades y pensamiento científico. La literatura y la imagen ante las ciencias”, y que fue editado por el Prof. Manuel González de Ávila, de la Universidad de Salamanca, tuve oportunidad de reflexionar sobre las mismas cuestiones que Guillermo Martínez nos va narrando en su detallado estudio sobre las componentes matemáticas del mundo de Borges. Por ello me reafirmo en lo acertado de llevar a cabo labores de aproximación entre las ciencias, las humanidades y el arte.

Mi tesis fundamental la expongo al principio de ese trabajo, en una introducción que denomino “De la intuición al oficio”. Si hacemos abstracción de lo que la ciencia representa en el momento actual, algo así como una estructura social fundamental que contribuye a la economía desde el conocimiento y, por el contrario, nos quedamos con la idea del científico creador, pronto podremos apreciar la enorme correspondencia que guarda con el artista. También este, probablemente en menor escala, puede contribuir a la economía desde la perspectiva del arte como negocio. 

No tengo nada que objetar a ambas aproximaciones: ciencia y arte como generadores de riqueza. Sin embargo, querido lector, la convergencia que aquí quiero traer a colación entre el artista y el científico es otra y más fundamental e íntima: la de la satisfacción y, por qué no reconocerlo, el placer espiritual que se obtiene por el proceso de creación en sí. Recordemos que la doctrina hedonista sostiene que el placer es el supremo bien. Aunque hay diferentes interpretaciones al hedonismo, aquí me refiero a la versión de placer espiritual producido en el individuo concreto que lleva a cabo la actividad creativa. En ese artículo escribo:

“En el fondo, sean reales o figurados sus respectivos mundos, y con independencia también de si por la ciencia accedemos o no al único mundo real posible, cuestión de eterno debate, la ciencia y las artes convergen, a mi juicio, en un hedonismo palmario y consustancial en sus practicantes: los científicos y los artistas. De nuevo, sean reales o figurados, a los mundos se accede en primera instancia a través de la intuición, la idea y la voluntad de comprenderlos”.

Sea real o figurado el mundo que el científico construye, el proceso creativo guarda estrechas relaciones con los mundos figurados del artista. Es más, lo cierto es que en el estado actual de la ciencia el científico crea mundo figurados; ahí tenemos por ejemplo la realidad virtual. Y el arte o, más bien, algunos artistas, han visionado el mundo real de múltiples formas, recreándolo, por lo tanto. Bajo estas consideraciones, en efecto, advertimos una importante convergencia objetiva por parte de ambos oficios. 

Pero la mayor de ellas probablemente radique en la irrenunciable satisfacción que el acto creativo produce en quien lo realiza. También podemos pensar en el beneficio que los actos creativos de científicos y artistas producen en otros, a escala social, lo que nos lleva de nuevo a la tesis anterior sobre la utilidad -el utilitarismo- de la ciencia y el arte; pero esta variante del hedonismo la pienso más como derivada del hedonismo esencial que supone la creatividad espiritual individual. 

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