La sinfonía “acabada” de Schubert

Diferentes medios se hacen eco estos días de que científicos e ingenieros de la corporación Huawei han desarrollado un algoritmo que completa la famosa y maravillosa Sinfonía Número Ocho de Frank Schubert, mejor conocida como “La inacabada”. El genial músico murió a los treinta y un años, en plena vorágine creativa.

Teniendo en cuenta su país de origen, Austria, estoy convencido de que en los tiempos que corren hubiera tenido oportunidad de seguir con su obra creativa gracias a la ayuda de entes públicos o privados. Y esto me lleva de nuevo a pensar que la creación individual, fundamental para el sostenimiento y el desarrollo de la humanidad, no ha estado en general bien atendida; en realidad sigue sin estarlo. El caso de Schubert, como muchos otros a lo largo de la historia, y muchos más que están ahora mismo singularmente desatendidos, claman por la puesta en marcha de medios para que ningún talento se pierda. No obstante, aunque ni podemos ni debemos permitirlo –esto es como una doble máxima-, tengo la convicción de que seguimos mejorando para que el talento sea captado y adecuadamente ayudado.

Pero volvamos al asunto que aquí me trae, y vaya por delante que para mí particularmente la obra de Schubert no necesita de acabamiento alguno; es lo que es, producto de un muy amplio conjunto de factores. Ahora bien, la reacción de algunos intelectuales y profesionales de la música a este intento por acabar una pieza musical extraordinaria parece bastante unánime en la crítica; entre otras cosas manifiestan que es artificial, carente de alma, que existen muchos flecos en el acto creativo de Schubert, posibles saltos inesperados en esa o en cualquier otra pieza, amén de estados psicológicos, consideraciones éticas y estéticas, incluso sociales que, en modo alguno, pueden hacer pensar que la creación del artista pueda ser comparable a la supuesta creatividad del algoritmo. Incluso, y no sin cierta razón, manifiestan que este algoritmo “les resulta indiferente”. ¿Qué necesidad se tiene de acabar una pieza como esta o como muchas otras que no se terminaron, si ese fuera el caso?

La perspectiva que yo quiero traer aquí, querido lector, es otra. No creo, como ocurre con el tema de la conciencia, que estemos próximos a lograr –dudo ya si será factible- que una máquina llegue a ser consciente. Pero ya existen algoritmos que son más inteligentes que nosotros. Hace unos días escribía sobre uno con inteligencia de propósito general que, recurriendo a redes neuronales, y partiendo solo de las reglas de diferentes juegos de mesa, es capaz de llegar a jugar mejor que el mejor experto.

Simplemente, nos ganan en inteligencia. ¿Por qué una pieza musical, producto de un algoritmo, no puede llegar a ser tan excelente, maravillosa y provocar en los oyentes las mismas emociones que cualquier otra pieza escrita por un humano genial? Se puede argumentar que una pieza musical es más que la mera inteligencia del que la ha compuesto y, como reflexión general, que la creatividad es una capacidad humana más próxima a la conciencia que a la inteligencia. Personalmente no lo veo así. Si bien es cierto que el conocimiento de las circunstancias particulares, históricas, ideológicas, sociológicas, de corrientes artísticas, etc., son elementos que nos ayudan a entender mejor la grandeza de lo que se está escuchando, o incluso a valorarla más, lo cierto es que la pieza en sí, al margen de todas esas circunstancias, produce en quien la escucha –repito- unas emociones que nos llevan a sostener su particular grandeza. Se puede argumentar que se trata de un engaño, que la pieza descontextualizada, producto de no se sabe quién, no tiene la misma calidad ni puede producir en quien la escucha las mismas emociones que la pieza de un autor que la ha creado en un contexto particular que, sin lugar a duda, está presente en la misma. Pero también el algoritmo de la pieza tiene su contexto, no viene desde cero y, al menos, tiene un recorrido en el campo de la inteligencia artificial. A buen seguro que ha habido intentos previos similares, con esta sinfonía de Schubert, y con muchas otras, por orquestar un procedimiento algorítmico cada vez más eficiente, de forma tal que un músico profesional pueda concluir que la pieza tiene las características de una obra maestra. ¿Por qué, entonces, reaccionamos tan negativamente contra este tipo de logros? ¿qué miedo nos produce?

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