El extermino de una educación como proceso de emancipación I: (los profesores)

VIDRIO

Abro esta primera reflexión de tres posibles a tratar- la segunda será la sobre-exposición tecnológica y la última; los estudiantes– con relación a las supuestas necesidades educativas que se han “revelado” como urgentes y emergentes en lo conocido como el contexto de la globalización, en concreto la mirada dada desde este marco a los profesores en su identidad y práctica educativa.

Se sabe de antemano que cada cambio social e histórico en la realidad, “gatillea” a todos los demás sectores del quehacer humano, uno de ellos muy relevante es el profesorado, el cual en esta fase, no sólo sufre una crisis/mutación de su actividad, sino que en su “trance”, se ha instalado dentro su ser, es decir, de su autoconocimiento y valoración hacia sí mismo; algo así como la combinación de una personalidad hastiada y angustiada.

Me explico; durante décadas más o menos desde los años 50 hasta la actualidad, había dos grandes ideas acerca de los mentores: la de formadores y personas autorizadas para trabajar por la formación; desde la infancia a la juventud, la otra: individuos que ejercían su rol para imponer una forma de ver el mundo. Sin duda, ambas perspectivas pueden ser en retratos parciales del profesor, pero no por ello sentires particulares, sociales y/o culturales.

Con el fin del paradigma racional e ilustrado y el ascenso de una economía “dinámica”, se gestó un cambio en las directrices de la formación escolarizada, la cual repercutió en la autoconfiguración del profesor y de su quehacer profesional, se pasó de cohesionador y poder absoluto a “guía”, “facilitador”, “tutor” y “motivador” para la enseñanza y para los estudiantes, es decir, se le inflingió para sí; la ley de lo ligero y de lo líquido, cómo un “algo” más dentro del aula, la estructura escolar y la sociedad, fue el declive de él mismo como meta-relato.

Con ello su función sólo era usar métodos “suaves”, gestionar las emociones y dirigir procesos, sin meterse en la discusión profunda de las implicaciones escolares y mucho menos “maltratar” a los educandos. Muy bien el crear ambientes de trabajo donde lo afectivo como la confianza sea un sustento para ambos, pero…, el interés de generar estas condiciones educativas, no fue o es para que la comunidad escolar advierta sus problemas, necesidades y de soluciones, supone des-ideologizar a la educación con la idea de que eso es un asunto “político” y que la política es “grilla” y “corrupción”. También supone sustituir el saber duro y puro como la ciencia y/o las humanidades y reemplazarlo por una visión de que la “gente haga”, por qué y para qué es lo de menos.

Y finalmente para que exista un principio de “desocialización”, es decir, “surfear” y “adelgazar” el circuito de saberes del profesor y su condición de crítico del estatuo quo, implica distanciarlo de todos los demás para que su aislamiento se vea y practique como algo “normal” y necesario para la escuela. Claro no se trata de constituir satélites orbitando alrededor del docente como único viajero.

Mas bien ese principio de abandono de la vida pública escolar y de la cotidiana, representa el no poder hacer sinergía, reunión y/o participación con sus mismos alumnos e interesados para reflexionar y crear otras realidades, con el pretexto de que se vive una época de adelantos, de multiculturalidad, de flexibilidad, de asumir riesgos, de inteligencias emocionales, etcétera, dicho en palabras políticamente incorrectas; en una edad para engalabobos y de amantes de la esclavitud disfrazada.

Necesario es, reconstruir al profesor como parte de un ejercicio de inteligencias colectivas y de artesanos, dispuestos a desenmarcarar los artilugios de una lógica del goce que cada vez más destruye la posibilidad de edificar alternativas para vivir con bienestar y dignidad.

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