CALA

A veces, una imagen vale más que mil palabras, y siempre la espontaneidad tiene un valor incalculable. Si sumamos las lecciones que nos ofrecen los niños, tendremos un ejemplo redondo para constatar hasta dónde hemos llegado.

Hace unos días, un niño argentino interrumpió la audiencia general del Papa Francisco en el Vaticano y subió al estrado para jugar con un guardia suizo. El líder de la Iglesia Católica, que conoce el gran valor de los ejemplos, no dudó en extraer lecciones de aquel episodio. Después de hablar con su madre y conocer que el niño era autista y no podía hablar, Francisco dijo a los asistentes: “Es mudo, pero sabe comunicar, sabe expresarse. Y tiene una cosa que me hizo pensar: es libre, indisciplinadamente libre. Pero es libre”.

“Es libre”, reconoció el Papa. ¿Por qué? Porque no teme al ridículo, un concepto completamente subjetivo que siempre nos amordaza. Si para algunos el ridículo es no saber bailar, para otros es hablar en público, no conseguir éxito en los emprendimientos o interrumpir al mismísimo Papa durante una ceremonia. Como en todo, para conjugar adecuadamente libertad y responsabilidad, es fundamental medir bien nuestros actos.

Existen dos emociones básicas, el amor y el miedo, pero el miedo no es más que la falta de amor. En esas circunstancias, el miedo al rechazo siempre nos paraliza, porque nuestra mente está construida para compararnos con otros.

Aquel niño argentino puso a pensar al Papa, y a muchas otras personas. “Creo nos predicó a todos este chico. Y pidamos la gracia de que pueda hablar”, dijo el pontífice.

Mi reflexión va más allá del hecho religioso, del escenario o de la autoridad del personaje. Mantener vivo el niño que llevamos dentro es el antídoto perfecto contra la rigidez y la intolerancia. Un niño debe aprender los límites entre el bien y el mal, y actuar en consecuencia en el transcurso de su vida hasta la vejez; pero los seres humanos jamás debemos perder la frescura, la intrepidez, la curiosidad y el desenfado. Es cierto que en nada contribuyen la domesticación y el huracán de presión social que padecemos en la infancia, tal y como explico en mis conferencias sobre la Arquitectura del Ser. Estamos en la disyuntiva de ser libres o simular lo que otros esperan de nosotros.

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