CON CHANFLE Y SAL

Cuando se contemplan los actuales procesos migratorios desde una perspectiva global, uno no puede dejar de pensar que el escenario óptimo sería aquel en el que todas las personas pudieran satisfacer sus necesidades básicas en su lugar habitual de residencia y no se vieran impelidas a tener que emigrar.

Al fin y al cabo, tan básico como el derecho a poder emigrar es el derecho a no tener que emigrar. Responder a la pregunta de por qué migra la gente es complejo: los flujos migratorios son, habitualmente, multicausales y los diversos factores desencadenantes se encuentran estrechamente entrelazados: la desigualdad entre los distintos países desempaña un papel destacado, que se ve reforzado aún más cuando confluyen situaciones de violencia o se hacen patentes los efectos del cambio climático.

A ello se une el hecho de que, como consecuencia del avance de la globalización en las comunicaciones y en los transportes, las personas son cada vez más conscientes de las diferencias de rentas entre los países – que en lo que respecta a los salarios por trabajos similares se convierten en una brecha abismal – y que los costes de emigrar sean cada vez más accesibles para un número creciente de personas. Todo ello ejerce un poderoso magnetismo sobre quienes buscan otro lugar donde sobrevivir con cierta holgura y un mínimo de dignidad. Es el caso de la Caravana Migrante. La paradoja de nuestro tiempo radica en un mundo interdependiente, pero cuyos habitantes disfrutan de manera desigual de los bienes comunes. ¿Cómo solucionarla? Aquí dos ideas:

  1. Una primera opción para cumplir con esos deberes sería desplazar recursos – empezando por el dinero – allá donde están las personas más necesitadas. Sin embargo, es fácil observar que no existe voluntad de poner en marcha esta opción, que para muchos sería la más cómoda, excepto en casos aislados y de limitada efectividad.

  2. La segunda opción sería permitir que las personas puedan desplazarse allá donde están los recursos y el dinero, pero parece que choca con la propia distribución tanto de la población como del control de los recursos. Sin embargo, bien pensado, la apertura de fronteras –el abrirse al mundo en vez de replegarse sobre los propios confines– se presenta como un modo efectivo de asumir las responsabilidades ante los más desfavorecidos del planeta.

Por ello, la actitud mexicana debe ser proactiva. En vez de quedarse cruzados de brazos y ver cómo crece el resentimiento, ya va siendo hora de que poner sobre la mesa opciones de desarrollo tanto aquí como en Centroamérica. El reto de la diplomacia mexicana consiste en preguntarse si el balance costes/beneficios que provocaría dicha apertura es más o menos favorable que el balance derivado de una política de contención de los flujos migratorios. También, derivado de esto, por supuesto, está el gran reto de comunicarlo al mundo y hacer una política pública de ello. Al tiempo.

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