David Marklimo

La victoria de López Obrador en julio pasado ha supuesto un verdadero torbellino en el sistema político mexicano, desatando toda clase de especulaciones sobre lo que pasará y sobre lo que se hará. Los datos muestran a un presidente electo activo, que le ha robado la presencia en los medios a Peña Nieto. Incluso, por primera vez en la Historia, se ha ido más allá: el presidente electo ha organizado una consulta popular para definir un tema que, de momento, no le compete … pero que puede dejar seriamente comprometido el inicio de su gobierno. La pregunta que este contexto suscita es si cambiará el país y hacia dónde. ¿Es un cambio para el futuro o hacia el pasado? Es más, ¿qué tipo de riesgos presenta lo que se ha llamado la Cuarta Transformación de la República? Si bien estos puntos no son exclusivos y habrá, seguramente, muchos más, si parece que son los que más han dado de qué reflexionar desde el día en que el Tribunal Electoral calificó la elección.

  1. El papel de MORENA. Lo de MORENA es histórico. Nunca se había visto que un partido, en menos de cuatro años de vida, llegara al poder en la forma en la que sucedió en 2018. El Partido creció porque se identificó con AMLO. Es difícil saber dónde termina AMLO y donde empieza MORENA. Pero dicho eso, también existe al interior una pluralidad que contrasta con la propia personalidad del líder. Se ve en el asunto del derecho a decidir de las mujeres o en la política de legalización de las drogas. La gran pregunta es qué papel jugará el Partido en el nuevo gobierno. ¿Será comparsa? ¿Hará critica? Durante mucho tiempo, desde la izquierda se criticaba que los gobernadores, presidentes municipales, diputados y senadores del PRI eran meros floreros del Presidente, ¿qué pasará ahora? Finalmente, a la larga, habrá que responder a la gran pregunta, qué pasará con MORENA cuando ya no esté AMLO.
  2. La estructura electoral. Se dice que ninguna victoria y ninguna derrota es definitiva. Nadie vive del pasado, por lo que al 2018 le sobreviene el 2021. ¿Cómo defenderá Morena todo lo que ha ganado? ¿Con qué? Si uno se fija en el mapa electoral, se verá que los triunfos de MORENA en el norte del país -pongamos Coahuila o Nuevo León- no están respaldados por estructura partidista. Si se ganó en esos sitios fue por la figura y el discurso de Andrés Manuel. ¿Quién construirá el partido en esos sitios? ¿Dónde se encontrarán nuevos liderazgos? ¿Qué pasará en el proceso electoral del 2021? Hay que tomar en cuenta que ya nunca más se dará el fenómeno AMLO: es imposible que Andrés Manuel aparezca en una boleta electoral nuevamente, por lo que ese trabajo debe tomar su figura y sus banderas, pero emprender un nuevo rumbo. ¿Es posible hacer eso? Si ampliamos la vista, veremos que a lo largo de la historia mexicana, la izquierda ha transitado por liderazgos personalistas (Campa, Castillo, Cárdenas y el mismo AMLO): ¿qué futura figura podrá aglutinar los cacicazgos? ¿Marcelo? ¿Claudia? ¿Martí? ¿Monreal? Pero esa discusión es más profunda. Ahora mismo, el gran riesgo es que sin una estructura electoral competitiva ese país que se tiñó de magenta se pierda.
  3. La conformación de una nueva burocracia. Morena tiene el control de las dos Cámaras en el Congreso. Gobernará Veracruz, Ciudad de México, Chiapas, Tabasco y ya lo hace en Morelos. Tiene mayoría parlamentaria en muchos estados. ¿De dónde se nutrirá? ¿Qué capital humano tendrá? Al igual que el Partido Acción Nacional en el 2000, el riesgo es agarrarse a la estructura del PRI. De hecho, podría decirse que ese riesgo no es tan nuevo. El mismo AMLO lo enfrentó en la Ciudad de México cuando fue Jefe de Gobierno. ¿El resultado? El PRD acabó engullendo al PRI. Muchas de las prácticas del PRD fueron copiadas, heredadas del control territorial que ejercía el PRI. ¿El cambio por el que se votó es para eso? ¿Para que el nuevo partido herede la vieja cultura corporativa? Incluso, si se observa con lupa, durante el proceso electoral muchos de los fundadores de MORENA se alejaron del Partido precisamente por ese fenómeno. No se crea algo nuevo para repetir lo viejo. El riesgo aquí es, evidentemente, confirmar la existencia de eso que llaman PRIMOR. Sin embargo, si ponemos la mirada en ciertos fenómenos de la burocracia local, los riesgos son más que nada operativos. Pongamos el caso de la Ciudad de México. Los altos cargos, todos ellos con probada actividad académica, ¿podrán operar los programas sociales o de movilidad? ¿Veremos al Secretario de Movilidad de la Ciudad explicarle a los microbuseros todo aquello relativo a la política de hubs y teleféricos? ¿A la Secretaria de Desarrollo Social lidiando con los caciques derivado de, pongamos, los programas de uniformes y útiles escolares? En ese caso, el principal riesgo es el abismo entre la cabeza y el cuerpo de gobierno. Descoordinación, pues.
  4. Las altas expectativas ciudadanas y el deseo de fracaso. El país no se ha alejado de una peligrosa grieta. Por un lado, las personas que votaron por AMLO esperan acciones concretas, contundentes contra aquellos que han ocupado el poder. Enjuiciar a los priistas como Peña, Robles, Videgaray, Nuño, Ruiz Esparza o Lozoya -ni hablar de los virreyes estatales como los Duarte- es exigencia diaria y semanal. Pero por el otro lado, aquellos que votaron en su contra han ido mutando del miedo a la frustración. Recién parecen entender que el discurso del miedo (México se convertirá en Venezuela) está lejos de hacerse realidad y esa sensación de no entender qué ha ocurrido produce un caldo de cultivo para el enojo. El mejor ejemplo es lo sucedido recientemente con la Consulta Popular del Aeropuerto de la Ciudad de México.
  5. Gatopardismo. En 1957, Giuseppe Tomasi di Lampedusa logró publicar la novela El gatopardo, que narra las aventuras de Tancredi Falconeri, un descendiente de aristócratas que combate a las órdenes de Garibaldi, en el proceso de reunificación italiana. El argumento central de la novela es el cambio y su naturaleza, expuesta en la frase de Tancredi: si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie. Desde entonces, gatopardismo es el fenómeno político que se inicia en una transformación política revolucionaria pero que en la práctica sólo altera la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente el elemento esencial de estas estructuras. La imagen, en México, podría aplicarse al PAN y a Fox. Y sobra decir que ese es el principal riesgo de la Cuarta Transformación. Pete Townshend lo definió muy bien: conoce al nuevo jefe, similar al viejo jefe. Durante la campaña, a AMLO se le reclamó el cambio en su relación los empresarios -particularmente el guiño a adversarios como Claudio X. Gonzalez- y su postura en relación con Televisa. Después, esos mismos parecen reclamarle que no convierta al país en Venezuela. Las críticas no han hecho más que empezar con las idas y venidas en torno al ya cancelado Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco. Lo cierto es que AMLO ha despertado la ilusión en millones de mexicanos y la sensación que parte de la población tiene es que la superación de la pobreza puede empezar a ocurrir. El discurso de MORENA y la Cuarta Transformación está basado en un cambio que cimbrará estructuras, transformando la ruta de desarrollo para iniciar otro camino hacia el bienestar social. Un terreno fértil para el gatopardismo, pues. Sin embargo, no es una discusión nueva en la izquierda: el propio Lenin sostenía que las reformas eran un subproducto de la revolución.

A todo esto, ya de por si complicado, habría que sumarle un elemento externo e inédito. El nuevo gobierno ha anunciado un drástico recorte al gasto de comunicación social, que además pasará a depender únicamente de la Oficina de Comunicación del Presidente. Es decir, las demás dependencias no contarán con presupuesto para anunciarse ni para comunicar. Ello llevará a que un sinnúmero de medios dejen de recibir la publicidad oficial y, con ello, se aboquen a su quiebra. Lo sucedido estos últimos días con Proceso es un buen ejemplo. Muchos medios han establecido una agenda oficiosa, interesada, en contra de AMLO. La sensación es que están a la expectativa de que se equivoque para dar pie de ello y celebrarlo. Como ningún gobierno es perfecto, se da por hecho que tarde o temprano esa equivocación llegará. El clima mediático, entonces, será feroz contra el gobierno. En los medios, AMLO posee pocos aliados. ¿Cómo, en un clima semejante, podrá un gobierno comunicar su visión? Es más, ¿cómo generar la percepción de un gobierno estable, legítimo en ese contexto? Eso sigue siendo uno de los retos en materia de comunicación. El no enfrentarlo puede hacer que el país entre en un clima de confrontación que sea, en el fondo, hueco y estéril, que no contribuya al desarrollo político y democrático que se requiere en estos nuevos tiempos.

David Marklimo es autor de la novela Limpio no te vas y el poemario Petén en Waterloo.

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